
La palabra «amor» ya casi que parece el nombre de un tirano. Todo en nombre del amor se convierte en una acción ineludible, quien lo traiciona traiciona casi a la vida misma. Porque para la historia cristiana, el que repartía la palabra dio la vida por amor. En nombre del amor.
La realidad es que nadie tiene ni la menor idea de cuál es la definición del amor, como las definiciones en general de las palabras, por eso vamos al diccionario de la Real academia española, a las propagandas o a Google y nos iluminamos. La cosmovisión andina nos trae otras palabras («munay», «munaiky», «kuyay») y nosotrxs le preguntamos a Marcela cómo se dice el amor.
Texto: Agustín Llorca
Ilustración: Sofía Chaskita
Fotografía: Rocío Turci
“Libertad” es, en mi país, el nombre de una cárcel para presos políticos y “democracia” se llaman varios regímenes de terror; la palabra “amor” define la relación del hombre con su automóvil y por “revolución” se entiende lo que un nuevo detergente puede hacer en su cocina; la “gloria” es algo que produce un jabón suave de determinada marca y la “felicidad” una sensación que da comer salchichas. “País en paz” significa, en muchos lugares de América Latina, “cementerio en orden”, y donde dice “hombre sano” habría que leer a veces “hombre impotente” (*)
Eduardo Galeano
¿Qué es munay en la cosmovisión andina?
La conformación de la palabra tiene un espíritu y esto tiene una intención mental. Hay una equivocación en la traducción de la palabra munay, muchos creen que munay es la traducción de la palabra amor. Escucho gente de la cosmovisión andina despotricar mucho contra la lengua española de una manera casi ofensiva. Y yo digo, es un idioma que nos constituye a diario. Más allá de lo que podamos pensar del castellano como un idioma impuesto, si vos a eso no lo constituís, poniéndole vos el contenido y la intención, claro que va a tener esa fuerza. Si yo digo que el castellano es un híbrido como idioma, que me fue impuesto, que no es mi lengua original, estoy imprimiéndole una fuerza a mi palabra que está armada por ese concepto. Todo lo que yo diga pasa por ese concepto que tengo del idioma.
Entonces, el reconocimiento de que es un idioma impuesto, un híbrido, manipulado, es un concepto que yo tengo que desprender de alguna manera, porque si no contamino mi palabra. Por ahí arrancamos. Un claro ejemplo es cuando las personas se quieren cambiar el nombre. Si vos primero no honrás tu nombre, no ves su origen, no vibrás, la verdad que el cambio de nombre me parece que no tiene sentido. Es cambiar una palabra por otra más bonita contemporáneamente, porque dentro de unos años ya no es más bonita. Hay que pensar en el idioma madre que uno tiene, no el idioma como idioma madre, sino el idioma de uno. Si cuando vos naciste, lo primero que te dijeron fue: “Qué bonito bebé”, ya plantaron una vibración, no podés desconocer eso. Ahora, el munay es una recopilación de prácticas que hace un antropólogo de una comunidad ancestral. Ve una cantidad de ceremonias, activaciones, ritos de pasaje y conforma una secuencia. Esa secuencia podríamos verla como la conformación del camino andino espiritual.
Para que una persona se conecte espiritualmente con el camino andino, está bueno que pase por todas estas activaciones. Esas activaciones se dan en la vida de una persona, no en esa secuencia y en ese tiempo. No es que en un fin de semana tus abuelos y tus padres te sientan y te tiran todas esas activaciones; eso se va dando a lo largo de la vida. Es como si yo encontrara a una persona en el medio de la selva y le quisiera dar el camino espiritual católico; entonces en un fin de semana lo bautizo, le hago tomar la comunión, la confirmación, etc. De todas formas, el catolicismo tiene ciertas posibilidades de ritualización más fáciles que el camino andino, porque en el camino andino, como en todos los caminos ancestrales, muchos de los ritos de pasaje, de consagración y de activación no son tan explícitos. Es decir que vos te das cuenta después de que fuiste iniciado. Entonces, el munay es una recopilación.
Si vamos al runasimi, significa querer. Si yo quiero este elemento, utilizo ese verbo que es munay. Pero si yo quiero hablar del amor hacia una persona, la palabra es kuyay. Es decir que la palabra está errada, posiblemente esté sacada de un uso que nosotros en el castellano podemos decir: “te quiero” o “te amo” y es más o menos lo mismo, pero no es lo mismo querer que amar. Son palabras muy diferentes. Y creo que occidente mete la pata ahí en ese querer, porque cuando yo quiero, quiero algo para mí. Cuando yo amo, no amo para mí. El concepto es diferente. Que los hayamos usado como sinónimos es otra cosa diferente. Entonces, ya de por sí, con el munay está equivocada la palabra. Y ahí sí yo creo que los idiomas madres que nacen de la vibración de la tierra tienen otro aspecto diferente que los idiomas que han sido armados por el ser humano. Ahí sí el pulso de esa palabra es diferente. A veces digo: ¿Será intencional haberle puesto munay? No lo sé. Y menos munaiky, como originalmente lo escuchamos, porque munaiky significa originalmente “te quiero”. Y la verdad que el principio del camino espiritual andino es “Me quiero”, en realidad “Me amo”. Occidente tiene mucho esa idea del servicio, amar a los otros, que nos constituye como seres humanos buenos si queremos a los otros. En la cosmovisión andina es al revés: si yo no me quiero, si no me amo a mí, si yo no me cuido, no me protejo, no me limpio, no puedo hacerlo hacia nadie. Y ese mismo hecho de hacerlo hacia mí ya expande la realidad diferente. Cuando yo me estoy sahumando, eso ya expande a los otros. Y no siempre cuando yo estoy sahumando a otros eso se expande, porque ya se mete la mente.
Yo siento que tengo muy impresa en mi cuerpo, más que el intelecto, la idea de que el amor está muy ligado a la posesión. Quizá la palabra se imprimió sin ser nombrada, escondida en otras ideas y otras palabras que representan la idea del amor. Lo terrible de la pérdida, el alejamiento, los celos, la responsabilidad sobre el otro. Que no sé si es tan casual la significación que tiene ese concepto del amor en el inconsciente colectivo occidental y su relación con la posesión territorial. Como si esa idea de amor y posesión se ligara tanto a las personas como a la tierra, ¿no?
Cuando yo veo originarios peleando por la posesión de la tierra, es contradictorio. No hay posesión de la tierra. La tierra no es mía. La tierra soy yo cuando estoy acá. Yo soy de acá, de esta porción de tierra que estoy pisando. En cuanto me voy, ya no soy más de acá, porque ya no soy yo. Ya no soy parte. Y creo que eso no es tan fácil de pensarlo ni de sentirlo.
Como si en los vínculos pasara lo mismo, ¿no? Esto es mío, porque te amo nos pertenecemos el uno al otro.
O ¿qué está haciendo el otro cuando no está conmigo? Está haciendo su vida. ¿Por qué tengo que estar pensando o sabiendo lo que está haciendo? Y no es fácil. Yo lo identifico en mí, que ni siquiera pasa por lo mental. A mí me pasa con mis hijos. Yo no me siento dueña de sus vidas. Pueden pasar un montón de días sin saber qué es de su vida. Y es aprender la confianza de sentir que va a estar todo bien. No me parece que tengo que saber si comió o si durmió. Yo creo mucho en la creación de la realidad de la otra persona y que yo no tengo que intervenir. No es fácil, pero es importante que las personas reflexionemos acerca de eso.
Yo puedo entender con el pensamiento y decir: “No me importa lo que esté haciendo la otra persona”, pero siento que hay huellas que hacen que, si por alguna casualidad se me cruza la imagen de la otra persona en una situación cualquiera “peligrosa”, el cuerpo empiece a vibrar involuntariamente de una manera negativa, muy difícil de frenar. Sin embargo, son mecanismos que yo aprendí a identificar como emociones del amor.
Está muy implícito en el amor. Es decir, si vos no tenés celos, incluso cuando se habla de “celos normales” (como si existieran los celos normales), entonces parecería que no se llama amor. Incluso se adoptó como consejo para resolver problemas del “amor” decirle a alguien: “¿Por qué no le das un poco de celos?”. Ahí vemos como la libertad plena del ser humano no está implícita, no está hecha carne. Mi libertad es lo más precioso que tengo y como es la mía, es la tuya. Como en ese canto que dice: “Serás libre palomita como soy yo”. Eso es lo maravilloso. La verdad es que la otra persona puede hacer lo que quiera de su vida, como yo puedo hacer lo que quiera de la mía. Sin embargo, hay algo detrás de esto que me parece que a veces falta la reflexión: la conciencia de la creación de la realidad. Porque esa persona y esa situación es una creación mía. Si yo pasara por una situación de engaño de la otra persona, es una creación mía. ¿Cuál es la confianza en la creación de mi realidad? Muy pocas personas tienen esa confianza, porque nos han hecho creer que nuestro inconsciente es un monstruo malo, que nos acecha en la oscuridad, que nos va a cagar. Y no es así. Yo creo que todos y sobre todo los que estamos en caminos espirituales, cada día abrazamos un poquito más el despertar de esa conciencia. Cada vez más el inconsciente es más pequeño, cada vez está más a nuestro servicio, más aliado. El inconsciente no me puede fallar. Cuando decimos: “Lo hice inconscientemente” es muy grave. No puede ser que el inconsciente te domine. Al contrario, el inconsciente tiene que ser un impulsor de avisos que te dice: “Ojo con lo que estás por hacer, no es eso lo que querés crear“. Cuando te aparece en la mente la imagen de la otra persona en una situación “peligrosa”, yo diría: “Pará pará pará. Yo no necesito crear esto. ¿Por qué lo crearía?, ¿para qué?, ¿qué necesidad tengo? Si estoy acá viviendo mi vida”.
¿Y los animales que tienen celos?
Yo creo que porque están humanizados. El reflejo de la posesión es algo muy fuerte. Nos marca. A nosotros como a cualquier continente o población que haya sido conquistada, ya está implícito, la conquista ya es algo implícito en el ser humano. De hecho la palabra “conquista” se usa como algo bueno. Desde conquistar a una mujer hasta conquistar un sueño. Si hasta suena como quitarle algo a alguien la palabra.
(*) Defensa de la Palabra, de Eduardo Galeano, publicado en Nosotros decimos no (Crónicas 1963 -1988), Editorial Siglo XXI.

Desde 2019 hasta hoy Agustín Llorca conversa con Marcela Guerra sobre la cosmovisión andina. Buscando desnaturalizar un sistema que nos enferma, encontró en esta cultura otras respuestas, una forma de descolonizarse y vivir.
¿Querés seguir leyendo la Conversa?
En 2 semanas sale la próxima. Mientras podés leer la anterior acá: Crianzas y todas las conversaciones anteriores en Cosmovisión andina.
Cosmovisión Andina es una serie de conversaciones con Marcela Guerra que nos gustaría seguir publicando. Contale de estas conversas a alguien o podés apoyarnos tocando estas palabras.