CRIANZAS

 

El tutor tiene que ser duro para que se entierre firme bien cerca al tallo todavía blando y se los ata para que crezca derecho. Mantener un lugar y una dirección recta requiere mucho esfuerzo, esfuerzo que no requiere la naturaleza cuando crece libre y despareja lejos de la mano civilizadora. La rigidez tiene una sola forma de perpetuarse en su lugar y esa forma es: la violencia. La rotación de roles, de cultivos y de liderazgos, sobre todo, pone en jaque a los sectores de poder opresivo que repiten de la única forma que se puede resistir a los cambios verdaderos: con más violencia. Violencia física, psicológica, emocional, institucional o en cualquiera de las formas que evite cambios verdaderos. Desde la crianza se empieza y sobre eso le preguntamos a Marcela Guerra.

 

 

Texto: Agustín Llorca

Ilustración: Sofía Chaskita

Fotografía: Vale Lamat

 

 

 

En algún momento te escuché hablar en torno a las crianzas, acerca del liderazgo rotativo.

 

En la mirada occidental, se premia a quien tenga primero la respuesta mental. Es abanderado, mejor alumno, un ejemplo para el resto y se castiga de alguna forma a quienes supuestamente no son tan “veloces”. Yo lo que siempre trato de transmitirle a las maestras es que, cuando hay un grupo de gente trabajando, el primero que termina es el que trabajó con la energía de todos. No voy a ponerlo como dicen ahora como un “vampiro energético”, no, sino que es alguien que tiene esa capacidad. Cuando un grupo de gente se junta a trabajar, niñxs o adultxs, se genera un plafón energético que sostiene el trabajo que se está haciendo, ya sea manual o intelectual, no importa. Todxs recurren a ese plafón. El que termina primero es el que más tomó de ese plafón. Pero el que termina último es el que menos agarra y es el que tal vez está siempre entregando a ese plafón y agarrando poco, lo cual después se traduce en un estigma, porque aprende ese lugar y se queda ahí y el otro aprendió el otro lugar. Y cuando esto termina, las maestras no son capaces ni de reconocerlo ni de equilibrarlo, que sería por ejemplo sentar a quien terminó primero al lado de quien terminó último a devolverle esa capacidad energética. De esa manera se equilibraría, que es lo que sucede cuando hacemos círculos de mujeres. ¿Por qué empieza la mayora? Porque tiene la mayor capacidad de sabiduría y de manejo energético en general.

 

Pero cuando llega la menora, también tiene su palabra y su palabra también va a modificar. Y esto es lo que equilibra el círculo, que las mayoras terminan siendo lo mismo que las menoras, que cualquiera puede cerrar el círculo, no siempre una mayora. En los niños es lo mismo y hay que posibilitar esto, porque los niños no están acostumbrados a esto. Y las maestras aún no se dan cuenta. Es importante darle a los niños una práctica que los empodere, no solo a nivel grupal, también a nivel individual. Por ejemplo, en la ceremonia de Chujcharut’huy, que en algunas comunidades se hace al año, en otras a los 3 años, en otras a los 7 años, en donde se hace el primer corte de pelo y hay muchas comunidades en las que hasta el año o hasta los 3 años no tienen nombre los chicos. Se les dice wawa, no está encarnado todavía, es como un ser. Por ejemplo, en el norte argentino se hace a los 3 años; en Salta y en Jujuy, al año; en Bolivia lo he visto hacer a los 7. Es la ceremonia en donde los padrinos, que son todos los invitados que van, algo le regalan al niño que van a tener que cuidar. Un pato bebé o un manojito de maíz, un plantín de una planta; es decir, todas cosas pequeñas de las cuales se va a tener que ocupar, cuidar, alimentar y que se vuelva eso existente, digamos. Esto le da muchas herramientas al niño porque no solo lo capacita internamente, sino también le da la oportunidad de elegir, porque se da cuenta si le gustan más los animales o las plantas, las lanas, los lápices o lo que fuera. Eso ayuda a capacitar a una persona para ser líder en sí mismo. 

 

Y en la cosmovisión andina, las autoridades son rotativas. Todos los años se cambian las autoridades, no son siempre los mismos y no deben ser los mismos. Entonces esos niños, ya han tenido una forma de transitar el liderazgo en su crianza. Y en algún momento le va a tocar como rol, no como esta forma de ganar y sustentarse en ese puesto ni gozar de un privilegio, sino como una responsabilidad que en algún momento le va a tocar, que va a durar un ciclo de la naturaleza y que va a tener que entregar a otro. Esto que vivimos en la actualidad, de los liderazgos que son lugares de poder enquistados y que sólo van cambiando entre dos o tres partidos políticos, es una locura.

 

A mí cuando la gente me dice: “Vos sos mi maestra, sos mi guía”, yo le digo que no, que yo no soy su maestra, soy circunstancial. Soy quien te está ayudando a abrir un espacio, dándote un empujoncito, trayéndote una semillita de luz o llamalo como vos quieras, pero soy un momento y va a estar buenísimo que en otro momento mires otro camino y lo transites y que en algún momento hagas tu propio camino y seas tu propia guía. No es bueno sentir que uno necesita esa permanencia para poder ser. No nos olvidemos que tanto en la cosmovisión andina como en muchas otras cosmovisiones del mundo hemos sido colonizados. Tenemos que asumir que nosotros también tenemos perpetuidad adentro, no nos podemos mentir que eso no es así. No hay que idealizarnos, hay que trabajarlo. Yo siento que con todo lo que digo al mismo tiempo lo estoy trabajando. ¿Por qué yo tendría que guiar todas las ceremonias? Y eso es un trabajo interno para mí también. Hay, por ejemplo, un grupo de chicas en el Delta de Tigre que arranqué llevando una caja y enseñándoles algunos cantos y hoy son un grupo de copleras que ni me avisan donde van, y está buenísimo que así sea. ¿Por qué tendría que estar yo? Porque en las escuelas se crean esos roles en donde los abanderados salen creyendo que toda la vida van a tener que vivir llevando la bandera. Y eso crea competencia constante con los otros, porque en el colegio hay muy pocos abanderados y cuando salga del colegio se va a encontrar en la vida con un montón de otros abanderados, y ahí va a empezar su lucha. La verdad es que es una lucha en desventaja. La abanderada del grado de mi hija está segregada del resto de los chicos. No juega con el resto ni tampoco va a los cumpleaños, no la dejan. No digo que pase en todos los casos, pero en general sucede. Le dicen: “No pierdas tiempo”, “No descuides tu estudio”, “No veas cosas que te saquen de este camino” y eso va forjando a los jefes y jefas que después tenés en los trabajos. Y viven con un miedo a que le roben el puesto, tremendo. Que se dispara hacia todos, porque vos ves que hasta en el último puesto de una empresa hay un miedo constante a que te echen y mucha manipulación en dirección a creer que es una empresa la creadora de tu realidad. Entonces, uno termina creyendo que sin la empresa no puede vivir. Y es mentira, hay miles de formas. Solo hay que crearlas y crearla también implica fijarse qué tipo de sustento querés, porque si vos vas a querer ir a comprarte la ropa a un shopping, seguramente vas a necesitar un trabajo que te reditúe de una manera que quizá trabajando independiente no sea tan comparable. Entonces, hay que empezar a nivelar la vida, empezar a ver cómo vivo, qué consumo, qué quiero, qué me gusta y ahí sí podés decidir, sino no podés. Si vos querés carteras de dos mil pesos, bueno, no estás pudiendo elegir.

 

 

 

 

Desde 2019 hasta hoy Agustín Llorca conversa con Marcela Guerra sobre la cosmovisión andina. Buscando desnaturalizar un sistema que nos enferma, encontró en esta cultura otras respuestas, una alternativa para descolonizarse y vivir.

 

 

 

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En 2 semanas sale la continuación. Mientras podés leer la anterior: El contrato álmico.

 

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