EL CONTRATO ÁLMICO

 

 

Desde 2019 hasta hoy Agustín Llorca conversa con Marcela Guerra sobre la cosmovisión andina. Buscando desnaturalizar un sistema que nos enferma, encontró en esta cultura otras respuestas, una forma de descolonizarse y vivir.

 

 

Texto: Agustín Llorca

Ilustración: Sofía Chaskita

Fotografía: Yurak Quilla

 

 

Si durante tantos años los pueblos originarios no fueron más que seres “atrasados” en todos los aspectos bajo el lente de la civilización occidental, ¿por qué se acerca hoy la gente a la cosmovisión andina?

 

Yo creo que porque hay un pulso. En algún momento aparece un pulso, algo adentro tuyo que vibra diferente, el Sumak Kawsay. Es inevitable que en algún momento nos preguntemos por qué me pasa lo que me pasa y por qué eso genera cosas peores. Pero, ojo, a mí también me pasan cosas, lo mismo que le pasa a cualquiera. Pero ¿cuál es la diferencia del andino? Es que no hay una estructura que forzosamente tengamos que hacer que todo entre ahí, sino la posibilidad constantemente latente de que todo puede cambiar y [de que si así fuera] no pasa nada. Cierta distensión en la realidad, como cierta posibilidad de ocupar mayor espacio. Creo que hay muchos pensamientos que han sido muy carceleros como: ¿cómo dejo de trabajar en una oficina?, ¿cómo dejo a mi marido?, ¿cómo me dejo de preocupar por mis hijos de la manera que me estoy preocupando?, ¿cómo dejo de preocuparme por mi cuerpo, por la ropa que se dice que tengo que usar? Entonces, cuando una persona empieza a mirar todo lo que le sucede en el día, se da cuenta que viene desde un concepto externo. Hay algo que sucede que creo que deben de ver cuando van a una ceremonia, cuando leen algo o cuando ven mujeres cantando, como una sensación de que “se puede disfrutar”. Me parece que cuando empiezan a ver la posibilidad de “No es todo para tanto”. Se muere alguien, un abuelo, un recién nacido, no hay agua en el río… No hay nada para tanto, nada es tan terrible. Creo que parte de este concepto es la conciencia de que esto lo creé yo primero; segundo, si lo creé yo, es para algo, no es para lo peor de mí. Hasta cuando «creo mal» es para algo, solo tengo que verlo. Ahora, si yo me niego a verlo y tomo eso como una tragedia, y esa tragedia trae otra tragedia, es siempre el mismo camino. Yo creo que eso llama la atención, lo más simple, lo más verdadero y creo que eso nos pulsa a todos.

 

Si yo tuviera que hacer una estadística, ponele, por la cantidad de gente que viene acá por problemas de pareja, por tema de trabajo, problemas de hijo, problemas de plata, creo que sería en vano esa estadística. En realidad todo eso es distracción, está sucediendo algo con ellos mismos que tiene que ver con: ¿quién soy?, ¿qué me gusta hacer?, ¿qué quisiera hacer? Hay gente que cree que no va a poder hacer nunca lo que le gusta. Como si hubiera un enunciado inquebrantable: “Esta es la vida que me tocó”. Ese padecimiento puede tener cualquier cara, un problema con un hijo, la plata, etc. Pero en realidad es una ventana para ver que hay una desconexión consigo mismo, que no sabe ni siquiera quién es, qué le gustaría hacer. ¿Sabés la cantidad de gente que yo le pregunto: “¿Qué te gusta hacer?” y me responden: “Nada” “¿Cómo nada?, ¿algo con lo físico?”. “No”. “¿Te gusta leer?”. “No”. “¿Cerámica?”. “No”. “¿Y cómo no sabés lo que te gusta?”. “No, no sé, yo hago lo que hay que hacer”. “¿Vas al cine?” “Sí”. “¿Y te gusta ir al cine?”. “Y qué sé yo…”. “¿Nadar?”. “¿Qué?, ¿nadar?”. Ni se pusieron a pensar. Entonces yo le digo: “Bueno, andate al club más cerca de tu casa y mirá las cosas que hay para hacer y elegí una, probá. Como para despertar qué es lo que te gusta”. No puedo entender que no sepan lo que les gusta, lo que quisieran. O lo que quisieran está lejísimos, como: “Y, me gustaría no trabajar”. Pará, pará, mirá tu vida primero. Mirá ahí adentro de tu realidad. Claro que podés crear lo que quieras vivir, pero primero mirá ahí adentro, no más allá. Creo que reencontrarse con lo más básico de uno es la gran clave. Hay generaciones que me parece que no se han mirado. No se les ha ocurrido que hay que mirarse, encontrarse, entenderse, escucharse y respetarse. Pero ¿qué van a respetar si ni siquiera saben lo que quieren ellos?

 

Había un encuentro de mujeres que habían abortado voluntariamente y mujeres que habían acompañado a mujeres que hubieran hecho abortos decididos. Yo no podía ir, entonces me pidieron si podía mandar un escrito. Les mandé un escrito que les rompió la cabeza, porque estamos discutiendo banalidades, y no estamos viendo lo esencial. ¿Por qué a una mujer se le ocurre abortar? “No, porque no era mi tiempo, porque quería estudiar, porque soy chica, porque no era el hombre que elegí…”. Y no, no hay nada de eso. Si miramos internamente lo que pasó, desde occidente es muy juzgado. “No quería ser madre”. Eso desde occidente es horrible. Dicen: “Se lo hubieras dado a otra pobre mujer que no puede tener hijos”. Y en realidad lo que pasó es que, cuando fuiste al contrato álmico, esa alma te dijo: “Mi experiencia de vida es de 3 días o de 30 días o de 45 días. Te elijo a vos”. Y vos dijiste: “Acá estoy”. Eso pasó. Pero se perdió esa lectura. La mujer siente el pulso y lo único que sabe hacer es recurrir a pastillas o a un médico trucho. O ¿por qué otras abortan naturalmente? Y es lo mismo, eh. Solo que en ellas algún pulso apareció que hizo que su cuerpo respondiera a esa alma. Por eso cuando se habla de las plantas abortivas, no son abortivas, son plantas que acompañan un proceso que ayuda a que el cuerpo despierte, escuche ese proceso y se habilite para eso. Nada más. Pero si no está en el contrato álmico, no hay perejil ni nada que valga. Entonces, hasta en esas cosas que nos parecen tan progresistas de las mujeres se olvidan eso, no piensan en eso, no piensan en el origen de eso. ¿Desde dónde nace? No puede nacer desde algo externo, de que no está el padre o que no tengo plata. No podemos olvidarnos de eso y de absolutamente todo lo que decidimos y elegimos.

 

¿Qué es el contrato álmico?

 

El punto de individuación es un punto que divide el mundo invisible y el mundo visible. Cuando hablamos de los animales de poder, la víbora está bajo en el Uku pacha, el puma camina la tierra en el Kay Pacha, el cóndor vuela en el Hanan Pacha y el colibrí pasa ese mundo invisible, el Haway Pacha, que es otro mundo más grande del que solemos hablar poco, que está más arriba de Hanan Pacha, que contiene los otros mundos, las galaxias, los otros soles, vendría a ser el universo en sí mismo. El colibrí pasa el Hanan Pacha y llega a esos mundos pero no en forma física, pasa su energía; por eso trae mensajes de otros mundos. La mujer cuando se está por embarazar es que su alma se ha encontrado con otras almas y hay un alma que le dice que la elige para encarnar. La mujer acepta o no acepta. Si acepta esa alma, llegado su momento vibratorio, que es la fecha de nacimiento, baja. Pero en ese contrato álmico, hay un montón de cosas, es un gran misterio todo lo que hay. Yo sí creo que lo que está establecido es el tiempo que va a estar esa alma, la que necesita de ese cuerpo, no de la vida, del cuerpo. Puede ser que solo venga a hacer una experiencia de vida uterina, puede ser que necesite vivir 6 meses, o 3 o 2 días. De hecho vos podés en tu próxima vida necesitar vivir nada más que ese corto tiempo. Y no es malo, no es nada más que un contrato álmico. Pero la mujer ha sido tan bastardeada que hasta le han hecho olvidar eso. Porque vos sabés que estás haciendo un contrato álmico. Vos hablás con una embarazada y te dice: “Sí, yo hay momentos en los que me pierdo, estoy como tonta” y está viajando, eso le pasa.

 

 

 

 

¿Querés seguir leyendo la Conversa?

En 2 semanas sale la continuación de esta Conversa sobre la Cosmovisión Andina.

 

Mientras podés leer la Conversa anterior: El miedo.

 

 

 

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