EL AMOR Y LA VIDA PROPIA

 

 

Texto: Agustín Llorca

Ilustración: Sofía Chaskita

Fotografía: Héctor Serres 

 

 

¿Cómo nos damos cuenta que nos estamos amando?

 

Cuando uno se siente totalmente libre y feliz. Obvio que a veces tenemos oscuridades, pero yo me despierto a la mañana y me siento un ser totalmente libre. Y soy totalmente consciente que esos momentos de oscuridades también son elecciones mías. Por eso hablaba de tener al inconsciente como aliado. Yo sé permanentemente que estoy eligiendo, esa es la base de la libertad, la posibilidad de elegir. Esa es la definición de la palabra, porque lo único que es común a todas las libertades es eso, la posibilidad. No todos queremos elegir lo mismo, pero la posibilidad es lo que nos hace libres. Yo soy consciente que estoy eligiendo y, cuando estoy oscura, también es una elección mía y sé que lo que va a venir de eso va a ser bueno aunque me cueste. Por ejemplo, me enojo en una discusión con una persona. Yo ya sé que me voy a equivocar porque en una discusión cuando nos enojamos seguramente se digan cosas feas, a veces uno lo puede modificar, otras no. Pero yo sé en el fondo que eso es necesario y que estoy eligiendo eso por algo mejor,  que aún no lo veo. Como confío tanto en ese amor que hay dentro mío por mí misma, yo jamás querría lo que no es mi mejor bien. Y eso sí está pulsando en mi inconsciente, y mi inconsciente no es un inconsciente malo, el mío es bueno. Entonces, por más que me equivoque, esa equivocación es para mi mejor bien. Solo tengo que navegar sobre eso y yo después descubro cuál fue mi mejor bien. Yo no creo en la “cocreación” plena. Por momentos puede ser, pero yo me creo una creadora. A veces comparto creaciones con otros. Pero yo soy una creadora y la otra persona trabajará su creación como quiera. En el ejemplo de la discusión solemos preguntar: “¿Y qué le pasa al otro?” y yo digo: “Es problema del otro, no mío”.  Yo no tengo el concepto de “Pobre, se va a sentir mal”. No tengo idea lo que le va a pasar, por ahí mi reacción ni la registra. Yo no tengo ni quiero tener control sobre lo que le pasa al otro. En esta sociedad moderna está instalado el constante cuestionamiento de la mirada del otro. ¿Qué va a pensar el otro? ¿Y cómo se lo digo? ¿Y si le cae mal? ¿Y si le pasa esto o lo otro? Y le va a pasar lo que pueda elegir que le pase. Yo no soy responsable de esa elección.

 

¿Y la culpa?

 

En la cosmovisión andina no existe. Ancestralmente no existe ese sentimiento, es algo inculcado. Hasta yo a veces pienso que cuando en una discusión uno dice cosas que dejan a la otra persona muy dolida, yo en el fondo creo que lo hace para su mejor bien. Que creamos incluso una realidad dolorosa para nuestro mejor bien. En muchos casos, después me doy cuenta que ha sido para su mejor bien y cuesta darse cuenta. Seguimos creyendo que fue algo malo. Porque cada situación buena o mala es solo un eslabón en la historia de una persona, imprescindible, para que después suceda lo que viene después. Entonces, negar que eso que pasó era necesario y agradecer, por más doloroso que haya sido, es ir en contra de poder reconocer mi mejor bien. Una vez vino a verme una pareja que deseaba tener un hijo. Así como me vinieron a ver a mí también habían ido a un cura, a un brujo, médicos y posibilidades de adopción. Con tanta construcción, el día que se entera que queda embarazada, los llaman de un juzgado para avisarles que había posibilidades de adopción. Cuando van no era un nene, sino dos. 

 

El caso tuvo una trascendencia tal que un día los invitan a un programa de televisión a que cuenten la experiencia y, entre bromas y risas, la entrevistadora del programa y la pareja concluyen descalificando y hablando en forma de burla, haciendo mención a “brujos y brujas” a los que acudieron y no dieron resultado. Yo le hablé después para decirle: “Vos descalificaste a un montón de gente, sin saber que fueron parte de la creación de esa realidad”. Ese brujo “chanta”, como lo habían llamado (y no sé ni quién era ni si era o no era brujo), también tuvo que ver con la construcción de esa realidad. Aunque sea desde la acción de ir a buscarlo. Algo pasó. ¿Cómo no podés confiar en la creación de tu realidad? Puede haber funcionado la visita al tal brujo chanta como un efecto resorte que empujó la energía. Todas las acciones, el brujo, el médico, el cura, yo incluida, una amiga que prendió una vela, todo. No podés desestimar nada, porque no vas a poder crear nunca más. Por suerte lo tomó muy bien. Entonces, que vos decidas no ir nunca más a recurrir a alguien a quien creés que es un chanta también es parte del aprendizaje. Y lo agradezco, porque nunca más voy a hacer eso que no me sirve. No podemos desestimar nada, porque eso está creado por nosotros desde una sabiduría ancestral, cósmica, la cual ve toda la realidad y eso lo tenemos todos, no algunos, todos. En todo momento de tu vida, aunque te esté pasando algo que sientas tremendamente doloroso, tenés que tener presente que detrás hay una geometría cósmica que yo estoy creando, una sabiduría que desconozco conscientemente. Entonces solo me queda confiar.

 

Hay muchas ideas instaladas referidas al amor, como por ejemplo la de los celos, que uno puede intelectualizar, pero no tanto pasarlas por el cuerpo. Otra de esas ideas es la responsabilidad que uno debería afrontar a la hora de ser padre o madre. Es una idea tan pero tan inabarcable que resulta imposible pensar que la madre o el padre van a perder por completo la posibilidad de vivir una vida propia, porque si no la condena con carátula de “malos padres o madres” es insoportable, ¿no?

 

La responsabilidad sobre la vida del otro es la responsabilidad sobre la vida propia. Volvemos otra vez a lo mismo: ¿Por qué yo soy responsable de que un bebé coma? Por mí, no por él. Podemos plantear la misma situación de alimentar a un hijo que tenga tres o uno que tenga trece años y vos podés tener el mismo sentimiento de culpa o responsabilidad y desde ahí lo hacés o no lo hacés. Es por vos, no por él. El de tres no se puede hacer la comida, el de trece sí, pero la decisión de seguir haciéndolo es tuya, no de él. Después es por él. Cuando yo digo: “No quiero que le pase nada a mis hijos”, primero es por mí, por este sentimiento de dolor, pero es por mí. Después, por el otro. Seamos sinceros. Esa sinceridad el ser humano no la pone sobre la mesa, ni siquiera sobre la mesa propia. Porque si yo me pregunto: ¿Por qué quiero que mi hijo esté bien? La verdad es que primero es por mí, después por él. El concepto de la libertad y el amor están muy encadenados. Al ser humano le cuesta mucho aprender de la libertad. Aún cuando hay un regocijo en la libertad. Tenemos instaladas muchas mentiras respecto a la idea del amor, sea hacia un hijo o hacia una pareja. Nadie da su propia vida por amor, no es sano. El amor es algo más liviano, es una sensación placentera y tampoco tiene un condicionante. Yo creo que una madre puede no amar a sus hijos y no me parece fatal.

 

Después vamos desencadenando temas, como por ejemplo: ¿qué nos pasa hoy con el aborto o con la adopción? Comparando con los pueblos originarios, yo por ejemplo tengo un montón de hermanos “adoptivos”, chicos que han sido criados durante mucho tiempo en mi casa, que su papá se quedó sin trabajo y se tuvo que ir a trabajar a otra provincia, o su mamá se murió, mil casos hay. La adopción es una asistencia durante un tiempo y después el chico puede seguir su vida. Hicieron de la adopción una cosa tan terrible. Yo hablaba con una chica que quería ser madre y le sugería: “¿Por qué no vas a alguno de esos lugares de tránsito que te dan a los chicos por el fin de semana?”. Y me responde: “Yo no sé si voy a poder. ¿Cómo me voy a llevar un chico un fin de semana y después lo devuelvo?”. Y yo no entiendo. ¿No decís que tenés amor para un hijo?, ¿por qué no podés tener un rato para un chico? Como si el amor si no es para toda la vida no es amor. O si es amor, tenés que vivir conmigo todos los días, sino no es amor. ¿En qué desencadena esa idea de amor? Termina siendo una catástrofe. Sobre todo por el juicio de la gente. Pero el amor es una capa que se expande y los seres entran y salen. Esto, que podría parecer utópico, no lo es tanto. Uno va aprendiendo a llevarlo. Porque hay una sociedad que te imprime. Porque cuando un originario, por más que no crea en la propiedad privada, se pone a reclamar por la propiedad de la tierra, es porque hay una sociedad que imprime sus leyes. Entonces el originario tiene que salir a luchar contra un papel que es válido para la sociedad. Ahora lo que no se tiene que olvidar el originario es que para él no tiene el mismo valor, porque sino después, cuando habita esa tierra que logra recuperar, corre el riesgo de convertirse en lo mismo contra lo que luchó. 

 

 

 

 

Desde 2019 hasta hoy Agustín Llorca conversa con Marcela Guerra sobre la cosmovisión andina. Buscando desnaturalizar un sistema que nos enferma, encontró en esta cultura otras respuestas, una forma de descolonizarse y vivir.

 

 

 

¿Querés seguir leyendo la Conversa? 

 

En 2 semanas sale la continuación de esta Conversa sobre la cosmovisión andina. Mientras podés leer la Conversa anterior: Munay

 

Cosmovisión Andina es una serie de conversaciones con Marcela Guerra que nos gustaría seguir publicando. Contale de estas conversas a alguien o podés apoyarnos tocando estas palabras.

 

 

 

 

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