COSMOVISIÓN ANDINA – MARCELA GUERRA

 

Desde 2019 hasta hoy Agustín Llorca conversa con Marcela Guerra sobre la cosmovisión andina. Buscando desnaturalizar un sistema que nos enferma, encontró en esta cultura otras respuestas, una forma de descolonizarse y vivir.

 


Desde que nacemos y a lo largo de la vida, nos vemos en fotos en las que nadie nos preguntó si queríamos salir, paisajes con sonrisas forzadas y escenarios artificiales. De a poco aprendemos a no cuestionarlas e incluso a repetirlas hasta que un día la naturaleza, que pujaba oprimida detrás de la escenografía, vuelve a salir a la luz. Ahí me crucé con la cosmovisión andina y todo lo que las fotos escondían detrás.

 

 

Somos ecosistemas creados con engranajes, cadenas y poleas automatizadas, disfrazadas de hábitos. Desde que nacemos, las formas de comer, vestir, temer, amar, ser felices, relacionarnos, estar limpixs, tener sexo, celebrar, escuchar la historia, habitar la educación, la naturaleza, la cultura, adquirir el sustento, la salud, la justicia, las carencias y todas las microcreencias que conforman estos ecosistemas que somos, las vamos aprendiendo e incorporando con más violencia que consentimiento. Va pasando el tiempo y a través de la repetición cotidiana de hábitos y de los tentativos castigos por incumplimiento los ecosistemas artificiales nos fatigamos, endurecemos, resignamos, acostumbramos y alimentamos de artificios que nos fuerzan a seguir con vida. Consumimos ilusiones generadas por el entorno a lo largo de la historia reciente, para mantenernos en aparente movimiento. Algunos de sus nombres (aunque no se nombren tan habitualmente) son: posesión, sobreexcitación, acaparamiento, acumulación, consumo, competencia e intelecto. Las ilusiones, ya desgastadas y descoloridas, no motivan más, mutan como paliativo y así consumimos otras ilusiones, porque a fuerza de frustraciones y promesas de futuro, el ecosistema artificial se mantiene vivo (como la zanahoria y el burro). El ecosistema se tiene que seguir manteniendo incuestionablemente activo, trabajando, sudando y cumpliendo exigencias. ¿Las exigencias de quién y para quién? La respuesta está grabada en nuestro aprendizaje de vida: hay que mantener en funcionamiento a otro sistema mucho más grande, “organización social” o “civilización” aprendemos a nombrarlo. Un sistema que usa la energía de estos ecosistemas que somos, para alimentar las ilusiones de unxs pocxs que explotan y denigran casi absolutamente la vida de las otras especies que habitan el planeta.

 

 

Sin embargo, como en todo ecosistema, existen organismos escondidos que tienden a crear caos. La duda forma parte orgánica del ecosistema aunque se le intente “curar” con respuestas acabadas. La incomodidad de dudar me trajo más duda. Dudé de todo: de la comida que como, la ropa que uso, el miedo que me frena, la felicidad que busco, las relaciones que creo, la higiene que idealizo, el sexo que intento disfrutar, las celebraciones que festejo, la historia que me cuentan, la educación que me conforma, la naturaleza que desconozco, la cultura que me cultiva, el sustento que me obliga, la medicina que me enferma, la justicia que me injuria, las carencias que me sobran, las creencias que me mienten y todas las microcreencias que se disfrazan en mis hábitos. Y el virus de la duda busca respuesta. Buscando y buscando en libros prohibidos, en pedagogías de oprimidxs o en expresiones improductivas para la “civilización”, se deconstruyó delante de mis ojos el significado de la palabra “colonización” que tantas veces había leído de forma benévola en miles de manuales de historia que acompañaron mi educación “formal”. Y resonó en mi cuerpo, como el terremoto que atraviesa el ecosistema al que irrumpe. Y una grieta de angustia se abrió tan pero tan honda, que su profundidad no se detuvo en mi infancia, ni en mi crianza, ni en la de mis padres, abuelos y tatarabuelos.

 

 

La palabra “colonización” trajo otras dudas que hasta hoy no logro interpretar con claridad resolutiva: propiedad privada, civilización, medicina, celebración, competencia, ambición; palabras tan viejas que no tuve otra opción que seguir profundizando la grieta hasta llegar a cuestionar mi lenguaje. Y ahí llegué a un nudo. La lengua española, colonialismo, clasismo y racismo fueron las puntas de un paño que escondía otra historia. Y caí en que todos los elementos que conforman el ecosistema son herencias de otra lengua. Todas las definiciones de las palabras tenían su raíz en otro continente. Habían nacido y crecido en otras geografías, otros climas, otros aires, otros soles, otras lunas, otras historias, otras leyes, otras fisonomías y se instalaron acá a la fuerza. Reprodujeron microecosistemas como yo, autómatas y artificiales al servicio de ese sistema foráneo que usa indiscriminadamente la energía de la tierra y de todos sus ecosistemas.

 

 

Entonces decidí ir más atrás en la historia y más acá en la geografía, revolver las raíces aplastadas bajo el cemento sobre el que se levanta el sistema actual y descubrí que aquellas definiciones que habían sido impuestas violentamente durante mi infancia y sobre mi naturaleza, ya habían sido impuestas con peor e inimaginable violencia durante la llegada de los españoles a esta parte de la tierra hace más de 500 años. Y que a pesar de eso, hoy, en este momento de la historia, la gente que vivía antes y que padeció la violenta llegada española sigue estando. No desapareció. No se extinguió. Sigue viva con otras verdades acerca de las creencias y microcreencias que conforman otros ecosistemas. Esa otra verdad se llama Cosmovisión Andina.

 

 

Un día, buscando algunas respuestas, me encuentro en un salón escuchando una charla con una señora de la cosmovisión andina. Una mujer muy hermosa, sonriente, de pelo negro y grueso que conversó, respondió preguntas, abrió otras y compartió sus historias sentada como una más entre la concurrencia, con soltura y sensibilidad. Hubo llanto, risa y una información que yo nunca había escuchado en primera persona de forma consciente y viva. Habló de la crianza, de liderazgos, de la tierra, de los úteros, de las mujeres, de la violencia, de la espiritualidad, de las estrellas, el campo, la siembra, del gracias y perdón. La mujer se llama Marcela Guerra, warmi jampiri (mujer medicina).

 

 

Al tiempo la contacté y me anoté en un taller de Cosmovisión Andina en su espacio. Cuando llegué, lo primero que puso en manos de todxs lxs que estábamos ahí reunidxs fueron unas láminas con imágenes de arte precolombino. A mí me tocó una foto de una escultura de un brujo o chamán con el pecho en lo alto de su cuerpo arqueado, el cuello colgando hacia atrás y su propia cabeza decapitada, colgando entre los dedos de su mano que la agarra de los pelos. Marcela me preguntó qué palabras se me venían a la mente al ver esa imagen. “Sacrificio”, dije yo.

 

 

 

Fijate vos, dijo Marcela, para el andino, sacrificio es tener a alguien entubado a la “vida”, nada más lejos de la vida que eso. Lejos también de sus afectos, sus cositas, sus ropas, sus olores, sus plantas, su vida. Eso que ves ahí en esa foto de una escultura del decapitado es un símbolo. No había decapitaciones, esa es una historia contada para condenar al andino. Esa imagen simboliza una profecía que dice que en un momento la humanidad va a tener que elevar el corazón por sobre la cabeza. Sintonizarlo con el universo, poner la cabeza en las manos. Pensar menos y sentir más. Y ese momento es ahora. En el cosmos hay ciclos también, que duran aproximadamente unos 500 años de la tierra. Se intercalan 500 años de luz con 500 años de oscuridad y así infinitamente.

 

 

Ahora estamos en los inicios de un Pachacútec (así llamamos a estos ciclos) de luz, y trae energía femenina. El anterior, que era un Pachacútec de oscuridad y de energía masculina, coincide con los 500 años de invasión española. La historia de los pueblos originarios la conocimos a través de relatos de los colonizadores. Hasta las más bien intencionadas investigaciones arqueológicas interpretaron con lógica europea. La concepción es otra, la vida, la muerte, la salud, la relación con la tierra, con los animales y entre todos. Entonces, se interpreta desde otra lógica. ¿Cuál está bien y cuál está mal? En la cosmovisión andina existe el concepto de “multiplicidad de verdades». No hay una sola cosa que esté bien ni otra que esté mal. Cuando alguien dice que la cosmovisión andina es la única verdad, es porque no la conoce. Podés tranquilamente no sentirte cómodo con la cosmovisión andina, lo que está bien para vos, es lo que te hace sentir bien a vos…

 

Texto: Agustín Llorca

Ilustración: Sofía Chaskita

Fotografía: Héctor Serres

 

 

 

¿Querés leer la continuación?
Esta es la segunda Conversa sobre la Cosmovisión Andina: El vuelo del cóndor: Marcela Guerra

 

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    h
    22 Apr 2021
    9:17pm

    Gran conversa Agus!

¿Qué te pareció lo que recién viste/leíste? Tu comentario sincero es un abrazo compañere, no lo dudes.

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