ALIMENTO

 

 

 

Desde 2019 hasta hoy Agustín Llorca conversa con Marcela Guerra sobre la Cosmovisión Andina. Buscando desnaturalizar un sistema que nos enferma, encontró en esta cultura otras respuestas, una forma de descolonizarse y vivir.

 

¿Por qué pensás que se dan las diferencias entre lo occidental y lo andino?

 

Las diferencias con la cultura occidental se dan porque la estructura de pensamiento es diferente. La forma de llegar a una idea es diferente. Los conectores son diferentes. Las miradas se posan sobre estructuras diferentes y las estructuras se modifican o se vuelven rígidas también a través de la forma en las que las miramos. Pienso en algo muy estructural: la alimentación. Para el occidental, la alimentación es la comida. Para el andino, todo es alimentación. Lo que comemos, lo que pensamos, lo que hacemos, lo que miramos. Todo.  Y eso, al mismo tiempo, hace que la estructura física que compone nuestro cuerpo también se modifique. Entonces, el concepto sobre la conformación de mi salud también se modifica. Porque no es solamente de aquello que como o que hago, de si tenés o no tenés actividad física, sino también de qué sentís, qué incluís en tu vida de la vida del otro, qué mirás, qué escuchás, todo. Cuando una persona me dice que se siente mal, yo le pido que piense en todo su día, en qué hubo de bueno y de malo. Y si hubo poco de lo bueno, es a eso bueno lo que hay que florecer. A eso bueno hay que constituirlo en su alimento, no a todo lo demás. Se va a ir a dormir diferente. Antes de dormir, nosotros agradecemos el día. No solo lo bueno, agradecemos todo, lo bueno y lo malo, pero a lo bueno lo florecés.

 

Es como el Munay, que también es una reunión o una extracción de ciertas cuestiones importantes en la vida. Yo no sé si cuando nosotros vamos creciendo lo primero es la existencia, no lo sé. En algún momento aparece o vos registrás que permanentemente todos están pidiendo existencia, haciendo un lugar para el que no está, la silla vacía, la persona que partió. Nadie te dice: “No te sientes ahí”. Vos ya sabés, ya sentís que tu abuela está ahí. Cada día es una iniciación. Esas estructuras ciudadanas nos sirven para poder de alguna manera entrar. Son como puentes para entrar en esa cosmovisión diferente. Una vez escuché una conversación entre mi abuelo y su hermano. Habían sembrado tabaco y una noche cayó un granizo que destruyó todo. Y la conversación fue cuando ellos salieron a mirar lo que había quedado del granizo. No quedaba nada. Se armaron un tabaquito entre los dos. Había que verlos con una paz enorme mirando y uno dice: «Bueno, parece que este año la Pacha no necesita tabaco, seguro que el año que viene va a ser más alto» y eso fue todo. Nadie se agarró de los pelos. No era la producción que tenían que vender para sostener su casa, era el tabaco para sostener al pueblo. Esto crea realidad; y está en mí la decisión de si la realidad que creo es una realidad favorable o desfavorable.

 

 

¿Puede ser que una de las grandes diferencias entre la mirada occidental y lo andino es que la mirada occidental tiene la ambición o la creencia de que tiene que construir o reproducir determinado modelo de vida que es el que va a traer felicidad? Y eso hace que se fuerce todo, la tierra, los vínculos, la energía laboral. Mientras que, por otro lado, ¿la mirada andina va construyendo sobre lo que va aconteciendo?

 

Sí, porque la confianza es que vos estás construyendo Sumak Kawsay. Y esa es la confianza que yo tengo. No necesito que me expliques nada, que nadie me venga a decir: “Te voy a salvar”, “Yo te ayudo”. Si yo estoy construyendo con el pulso de Sumak Kawsay, esto es para mi buen vivir. Y solo tengo que verlo. La mirada occidental se cierra: si no es el resultado que buscaba, entonces está mal. Acá no. Acá yo no busco el único resultado. Eso es anecdótico. Podría ser cualquier otra cosa y estas cosas son las que a mí me hacen encontrar adónde está el pulso, el mío hoy que vivo en una ciudad.

 

Mi hija tiene 11 años, el año que viene tendría que entrar al secundario, entonces voy y miro los colegios secundarios y digo: “Yo no puedo dejar a mi nena acá”, pero no es cuestión de que le van a hacer algo, sino que están en otra cosa. Entonces digo: “¿Qué puedo hacer? Puede que sea un año sabático, que este año no la mande al colegio” y ahí abro mis posibilidades. Y una vez que abro mis posibilidades se me acerca alguien que me dice: “Mira que hay un colegio en la isla que tienen hasta octavo año”. Yo no cierro, solo dejo que ese Sumak Kawsay en el que confío me empiece a traer información hacia dónde puedo ir. Es un diálogo, no es: “El año que viene tiene que ir a la secundaria y tengo que resolverlo como sea”; no, puede ir a la secundaria, puede no ir, puede ir a otro tipo de colegio. Y empieza esto a ablandar, porque empezás a hablar, empiezan a aparecer propuestas, empiezan a aparecer las negativas también, como “le retrasa el proceso”. Entonces empiezo a pensar: ¿Qué hago con esto, lo tomo, no lo tomo?, ¿esto constituye mi verdad o no constituye mi verdad? Estamos todo el tiempo en eso.

 

 

¿Y cuando uno no confía le da más entidad a las voces negativas?

 

Obvio, y te parece que se te cae el mundo. Y no. Hay un millón de posibilidades. Yo empiezo a enriquecerme de las verdades que vibran, y las que no no las tomo, no es el fin del mundo. Eso a mí me sirve mucho constantemente, porque yo estoy contaminada de la ciudad, porque es muy fuerte. Eso fue traspasado desde que naciste en planos sutiles, en palabras, en acciones y así se sostiene. Pero cuando tomás conciencia de eso, esa conciencia se despierta y está todo bien. Esa es la base del Sumak Kawsay, “la conciencia”. Esa conciencia es la que genera o constituye una estructura maleable o adaptable. También, en gran parte de los andinos esa conciencia se durmió. Vas a cualquier provincia o a cualquier pueblo y lo vas a ver también. Pero hay otra cosa que aún se sostiene por debajo. Por eso hablamos de las personas puente, para que esto sea flexible, que no sea ni una cosa ni la otra. Tal vez estemos en un punto de creación de una nueva estructura de pensamiento. ¿Por qué no? Una fusión. Pero que sea una fusión para una mejor vida, no para una peor. ¿Qué es lo que está sucediendo? No lo sé. Lo que sí estoy segura es que tiene que haber conciencia. Si yo no despierto mi conciencia, si yo no soy capaz de ver con qué herramientas, con qué mirada construyo mi realidad, estamos en problemas.

 

 

 

Texto: Agustín Llorca

Ilustración: Sofía Chaskita

Fotografía: Gabriela Sorbi

 

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En 2 semanas sale la continuación de esta Conversa sobre la cosmovisión andina.

 

Mientras podés leer la Conversa anterior: Los ritos internos

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