UNA LEYENDA DEL TIMBÓ

 

Ilustración: Vale Lamat

 

 

Saguaá era un viejo cacique guaraní: alto, musculoso, de melena tirando a gris y de plumas rojas bajo la vincha. La mujer que compartía su toldo le había dado varios hijos varones seguidos y, recién al final, una hija, que fue criada como una princesa; salvaje, es cierto, pero con mimos de princesa. Tacuareé era su nombre, melodioso y entrañable como su belleza. El amor de Saguaá por su pequeña era tal que se desvivía día y noche por satisfacer cada uno de sus deseos.

La hermosa Tacuareé crecía en gracia e inteligencia y llegó el día en que se enamoró perdidamente. Pero una gran tristeza le oprimía el corazón: su amado era un guerrero de una tribu lejana, enemiga a la de su padre. Fue entonces cuando Tacuareé tuvo que decidir, y así lo hizo: seguiría a su guerrero. Pero, sintiéndose incapaz de enfrentar el dolor que iba a causar a Saguaá, convino con su amado en que partirían sin avisarle. La desesperación envolvió con un manto gris al atormentado cacique, quien tras descubrir la ausencia de su hija, se internó en la selva cegado por la angustia, llorando y gritando el nombre de Tacuareé.

Vanas resultaron las súplicas y los consejos de lxs indígenas. Saguaá continuó adelante, hiriéndose con las zarzas a cada paso, pero insensible al dolor que le causaban, porque todos los males le parecían pequeños en comparación con aquel que le desgarraba el corazón. Y, en su delirio, creía sentir los pasos de su adorada hija. Por eso se arrojaba al suelo y, con la oreja pegada en la hierba húmeda de rocío, ansiaba escuchar la llegada de su pequeña. Y así continuó Saguaá hasta que la muerte cerró sus párpados en la esperanza de reunirse alguna vez con Tacuareé.

Tras varios días de ardua búsqueda, lxs miembros de la tribu hallaron el cuerpo yaciente del cacique. Pero cuál no sería la sorpresa al querer llevarlo al campamento y descubrir que su oreja estaba adherida a la tierra y, al intentar separarla, quedaron maravilladxs: ¡la oreja de Saguaá había echado raíces!

 

Leímos en Cultura de la naturaleza esta leyenda con la que lxs guaraníes contaban el origen de ese árbol al que llamaron cambá nambí, que significa oreja de negro. Hay otras versiones de la leyenda, que algún día quizás contaremos.

 

 

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