VOLVER A ESCUCHAR EL PULSO NATURAL

 

 

Desde 2019 hasta hoy Agustín Llorca conversa con Marcela Guerra sobre la cosmovisión andina. Buscando desnaturalizar un sistema que nos enferma, encontró en esta cultura otras respuestas, una forma de descolonizarse y vivir.

 

 

 

¿Qué crees vos que la cosmovisión andina nos viene a decir?

 

Creo que de volver a escuchar el pulso original de los seres humanos. Volver a confiar en ese pulso. Ayer estuve con una chica que no tenía ni idea de la cosmovisión andina. En un momento me dice que estaba de 6 meses de embarazo y yo le pregunto si ya estaba pensando en su parto y me empieza a contar de todas cuestiones administrativas y en un momento yo largo una frase y digo así como al pasar: “Bueno, lo que pasa que es muy distinto, porque para las andinas el parto es solitario, es la mujer sola”. Ella me mira y me dice: “Eso es lo que yo quiero, pero no sabía cómo decirlo, no sabía a quién decírselo porque todos van a pensar que yo estoy loca”. No, ese es tu pulso. Después vemos cómo lo acomodamos.

 

 

¿Cómo sola?

 

Las mujeres paren solas. Nadie las asiste. Los hombres están afuera de la casa, están fijándose las cosas que se necesitan: agua, leña, esas cosas. De hecho, sostienen el trabajo, están atentos, pero están afuera y las mujeres que van a acompañar están dentro de la casa pero no están con la mujer, la mujer está sola. Muchas veces pasa cuando la mujer por ejemplo va a cuidar sus tropas y tiene su bebé en medio de la montaña, la tropa de ovejitas, de chivos o lo que tenga, y vuelve con su bebé kepido. Es un paso natural. No hay esa cuestión romántica que trae occidente y esa espectacularidad hacia afuera porque es un hecho interno, interno de la tierra y el universo. Es como la tropa: nace una cabrita, se levanta y camina al lado de su mamá y ya está. Creo que lo más maravilloso y lo más mágico es tan sencillo que no nos sorprende. Occidente hace toda una cuestión que distrae a la persona, entonces la mujer termina no conectada realmente en ese momento. Ahora hay un momento de transición donde la mujer vuelve a su casa a tenerlo, pero sigue una asistencia, una partera, una obstetra. Es decir, todavía hay miedo, no hay confianza, todavía está el saber puesto afuera. Y es un acto tan natural. Pero, además de que sea un acto natural, conlleva un respaldo ‒si queremos hablar de una filosofía de vida‒ donde la vida y la muerte es lo mismo. Entonces, en un nacimiento está tanto la vida como la muerte. Si la guagua muere, no pasa nada. Acá, muere una criatura en un parto y son años de terapia…

 

Cuando doy un taller o una charla, todo esto que escuchan, algunas cosas van a poder tomar y les van a vibrar, otras no. Y está bien que así sea. Yo creo que sirven como despertadores, como disparadores, como para ver, por ejemplo en este caso, ¿yo me animaría a tener un hijo sola? No, pero tengo el pulso. Algo me apareció que empecé a no querer a nadie al lado mío pero aún tengo miedo, tengo estructuras que me dicen que mi mamá tiene que estar, que es muy bonito que esté mi marido. Está bien, lo transito. Pero yo sé que hay un pulso. Y eso es lo que después va a resonar en otros aspectos de mi vida, porque en otro momento, cuando escuche un pulso, ya no voy a desoírlo. Por ejemplo, ¿por qué a mí se me ocurre que mi niño tiene que dormir conmigo? Más allá que ahora hablen del colecho y toda la filosofía que hay alrededor de eso. ¿Yo lo necesito o no lo necesito?, ¿por qué se me ocurrió? O ¿por qué me parecía que no tenía que tomar leche? Cualquier cosa que aparece en la vida cotidiana, que aparece muchas veces desde afuera y que no reconocemos el pulso interno. Llamalo percepción, llamalo pulso, llamalo origen. Instintivo me parece que suena más que intuitivo porque lo instintivo tiene que ver con el origen aunque yo lo desconozca. Yo a veces veo por ejemplo en esto de lo instintivo, fíjate que un niño, vos le das de una presa de pollo o un pedazo de carne, lo primero que va a hacer es tratar de agarrarlo con la mano y no con una mano, con dos manos, y eso es instintivo. Después viene todo lo social que dice: “No, no se agarra con la mano”. Como prenderse de la teta. Pero hay algo instintivo en la persona que le muestra un camino, después está nuestra elección, si escuchamos eso o no escuchamos eso. Por ejemplo un niño también, le ponés un plato de sopa y no agarra una cuchara, agarra el plato. Después viene de afuera: “No, esto es con cuchara”.

 

 

Y todos esos “no” o todas esas estructuras que invaden la forma de hacer las cosas, que dicen lo que está bien y lo que está mal según argumentaciones que no nos cuestionamos, ¿no? Por que ¿cuál es el argumento que justifica el uso de un tenedor para una comida que instintivamente agarramos con la mano?, ¿la suciedad?, ¿la enfermedad? Y otra vez el miedo, ¿no? Como si la estructura estuviese construida de miedos al servicio de tapar el instinto. Como si el instinto fuera algo “primitivo, salvaje y peligroso”.

 

Ese es el gran paradigma que cambia desde civilización o barbarie. Ideas de alejar a ese mundo más simple, diría yo, más que primitivo, y más genuino a un mundo más armado desde afuera. La mayoría de los “no” creo que el gran problema que tienen es el fundamento. Vos decís ¿cuál es la diferencia entre la mano y un tenedor? Si el tenedor debe tener la misma mugre o bacterias que tiene una mano. El tema es que no hay fundamento. En cambio en los mundos ancestrales o en los más sencillos, hay un fundamento para cada cosa. Porque también hay “nos” y hay “sís”, esto se hace o no se hace. Pero siempre con un fundamento. Hay un fundamento que a veces la gente lo que no logra con las cosmovisiones ancestrales es acercarse, porque se ha naturalizado tanto ese fundamento que el abuelo no te va a dar el fundamento. Si viene una mamita a dar un taller de hilado, no va a explicar muchas cosas porque cree o entiende que vos lo tenés que saber. Ella entiende que vos tenés que haber dormido con una oveja, saber cómo es el olor y la textura de la lana, y que tenés que saber qué hay que hacer con eso. No puede entenderlo, por eso no te lo va a explicar. Muchos se quejan: “Y es que los abuelos no te explican nada”. Y sí, es cierto, porque no pueden entender que vos no sepas cosas que para ellos son básicas. Pero, en realidad, el problema está cuando no está el fundamento, es engañoso o solamente habla de la creencia de una persona sin tener una relación genuina con eso que está pasando. Porque seguramente las personas que le dicen a ese chico: “No tenés que comer con tenedor” tienen un pensamiento acerca de lo que es un protocolo sobre una mesa y creen que eso es un fundamento. Creo que el tema está en la pérdida de los fundamentos. La gente repite cosas y acepta normas sociales, familiares, hasta normas emotivas que no tienen fundamento. El amor, la conformación del amor, de cómo una niña o un niño, un adolescente se enamora de otro en la ciudad o en occidente la verdad que es patético.

 

 

Y es muy extraño lo que sucede, porque quizá no le pasa por el intelecto, sino por el cuerpo, que muchas veces no es sano. Y no solo a los chicos o chicas, también a les adultes.

 

Claro, después eso se va a potenciar. Creo que lo que falta es eso, una revisión. Cómo revisar, escucharse: cómo vivo cada día, qué hago, qué creo, qué escucho, qué digo. Y ahí, cuando te das cuenta, decís: “Pará. ¿Qué estoy creyendo?”.

 

 

Me pasa que siento en la gran cultura occidental, que tanto propone y sobreestimula y condena lo que está bien o lo que está mal constantemente, una opresión sobre las verdades que no entran en esa estructura. Siento que me agrede a mí en lo personal no elegir las “bondades” que lo occidental impone. Entonces, cuando yo le hablo a alguien de la cosmovisión andina, siento el menosprecio (“Deja de joder con eso, es una pavada”) y me siento oprimido.

 

Es porque está flaco tu paradigma para la creación de tu realidad. El otro está creando su realidad. Yo me asomo a su realidad y le muestro una figurita y el dice: “No”, y yo la figurita la dejo acá. Sea mi padre, sea mi hijo. Yo no puedo modificar la realidad del otro. Lo que puedo hacer es modificar mi realidad y a través de eso se empiezan a modificar otras realidades, porque al modificar mi realidad y ofrecerle algo quizá la primera vez haya un rechazo, pero quizá aparezca más adelante, incluso en otro tema, una escucha distinta. Y los caminos del pensamiento humano son tan misteriosos, de la emoción humana, que yo no me hago ni cargo. Si al otro le sucede algo o no le sucede, ¿qué sé yo? Es su realidad.

 

 

 

 

Texto: Agustín Llorca

Ilustración: Sofía Chaskita

Fotografía: Gabriela Sorbi

 

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