
Hace un tiempo me vengo sintiendo distinto. Pienso mucho, pero mucho. A veces me duele la cabeza de tanto pensar. No creo que se imaginen qué pienso. Igual tal vez con esto que les cuente comiencen a entender. Estas vacaciones me hicieron bien porque comprendí. Hace unos días terminé de hilar todos los cabos. ¡Ahora entiendo todo! ¡Eras vos el que me estaba llamando sin darme cuenta! Sos un sinvergüenza, atrevido, pero sobre todas las cosas, sabio. Vos me estabas llamando para que fuese a prenderte una vela chimberguencha. Qué suerte que me rescate de toda la secuencia. Si seré pelotudo, che. Todo este tiempo con señales y yo como si nada. Esto me pasa por hacerme el canchero, por pensar que nada se cumple, por ser un cachito arrogante (tal vez). Igual les cuento que aún no fui a visitarlo. Ya voy a ir. Se lo prometí y las promesas se cumplen. Además gracias a él mi vida es mucho más feliz. No les voy a contar qué le pedí. Qué les importa a ustedes qué ando o no ando pidiendo. Lo que les vengo a contar es otra cosa. Acá vine a relatar todas las situaciones que me llevaron a darme cuenta de que él me estaba llamando. Siéntense tranquilos y ármense de paciencia porque este relato es bastante largo.
Todo comenzó hace un año atrás. Estaba en mi casa, re tranqui, tomando unos tienzos con mi compañera. Entre mate y mate le digo que tenía ganas de comprarme una remera. Ella me dice: ¿Por qué no vamos a comprar la remera del gaucho, que tanto te gusta? A lo que yo me le niego rotundamente. No sé si estaba preparado para usar una remera de ese estilo. Hay que ser creyente de verdad para portar semejante imagen en el medio del pecho. Ella sabía que un tiempo atrás le había prendido la primera velita en casa. Era la primera primerísima vez que le prendía una vela al gaucho. Estaba desesperado. No sabía qué hacer para que se cumpliera mi deseo. No se ilusionen. No les voy a contar qué le pedí. Además no piensen que soy cristiano o que creo en alguna de esas religiones nuevas. Igual, si ustedes quieren creer en Jesús, Buda, Maradona o McDonalds, está todo bien. Acá solamente se le prenden velas al Gauchito o cuando a Edenor se le ocurre hacer esos cortes sin previo aviso. Son unos atorrantes. Siempre te cortan cuando estás escribiendo o cocinando algo rico. Igual ustedes me hacen desviar del relato. Continúo. Como les decía, me había negado a comprar esa remera. Un día sin previo aviso mi compañera llegó con un regalo. Antes de abrir el paquete ya sabía que era la remera del Gauchito Gil. Cómo no me voy a dar cuenta si desde el momento que recibí el paquete los ojos del gaucho atravesaban el papel de regalo brillante que había seleccionado mi compañera como envoltorio. Esa fue la primera señal, pero como soy bastante pelotudo no me rescate.
Unos meses más tarde me fui de gira con el grupo de teatro de mi barrio. Perdón. Nunca les conté. Hago teatro con dos amigos. Nos va bastante bien. Habíamos pegado cuatro funciones en ese entonces. Tres en Río Cuarto (Córdoba) y una en Carpintería (San Luis). Para los viajes soy bastante colgado, como en la vida. Una hora antes de irme estaba a las corridas preparando todo. Cuestión, agarré lo primero que ví y lo metí adentro del bolso. Encaramos el viaje. Bizcocho va, bizcocho viene, llegamos a Río Cuarto. Los que nos habían comprado las funciones nos prestaron una casita bastante copada cerca del centro. Los tres estábamos con muchas ganas de conocer el pueblo pero teníamos un olor a chiveta que ni te cuento. Nos turnamos para la ducha. Hicimos campeonato de piedra, papel o tijera para ver quién se bañaba primero. Como era de esperar, ¿a qué no saben quién se bañó último? Sí, yo. Igual todo esto comparado con lo que sigue no es nada. Mis compañeros habían usado toda el agua caliente del calefón. Me tocó agua fría. Muy fría. Además, cuando entro al baño, escucho un portazo. Listo. Cartón lleno. Me dejaron solo. Salí re chinchudo del baño. Agarré el bolso. Lo abrí y me puse lo primero que ví. Me miré al espejo y pegué un grito, como esos de las películas de terror. Tenía puesta la remera del Gauchito y otra vez me estaba mirando a los ojos. Esa fue la segunda señal, pero como soy bastante pelotudo no me rescate.
Al toque que volví de la gira de teatro, mis viejos me invitaron un fin de semana a Mar Del Plata. Esta vez llevé la remera del Gauchito conscientemente. Inclusive me la puse para el viaje. Esto de que me mirara era bastante extraño. En mi cabeza decidí creer que era porque quería que lo lleve a todos lados. Encaramos para MDQ con mis viejos. Paramos en Atalaya, ese lugar donde dicen que las medialunas son espectaculares. Para mí son medialunas comunes y corrientes. Acá viene la parte importante. Estate atento. Atento. Atento te dije, che. Me bajé del auto para cambiar la yerba del mate y de paso estirar las patas. Cuando estaba yendo a buscar agua caliente para el mate, me agarra bien fuerte del hombro un chabon fortachón de un metro noventa. Todo cuadrado, re trabado, tipo Titanes en el ring. Me pegué un julepe bárbaro. Grité como desaforado. Tiré todo a la mierda. Mate, termo, plata, dignidad. Todo. El tipo me dice Qué cagazo, compa, cagándose de risa. Acto siguiente se levanta la remera y me muestra su panza. Estás loco, le digo. Cuando miro bien su panza, veo un tatuaje. Mejor dicho, una obra de arte. Un Gauchito Gil hecho y derecho. Con su bigote, su vincha y sus colores distintivos. Rojo y azul. El tipo me abrazó, me ayudó a levantar todas las cosas que tiré y siguió su camino. Esa fue la tercera señal, pero como soy bastante pelotudo no me rescate.
Las vacaciones en Mardel fueron increíbles. Rabas en lo de Chichilo, foto con los lobos marinos, cervecita en la playa. Todo un lujo. Hasta que llegó el día. Sí, ese día. El día que me dejó pensando hasta hace poco. La cosa fue que una mañana mi vieja se despertó con ganas de desayunar facturas. Como buen hijo, me calcé las ojotas y fuí en busca del antojo de mi querida madre. Una docena y media de medialunas de grasa. Esas son las preferidas de ella. Cuestión, volvía caminando chocho de la vida y lo ví a él nuevamente. Mirándome fijamente, como pidiéndome algo. Esta vez lo vi en forma de estampita. En un principio pensé que era una sola, pero no. No era una sola. Eran cientos de estampitas pegadas en una esquina. Todas mirándome al mismo tiempo. Traté de esquivar las miradas cruzando de vereda pero cuando estaba por llegar al otro lado escucho un auto tocar bocina al grito de Vamos, gaucho querido. Después de ese día no paré de pensar qué mierda me quería decir. Esa fue la cuarta señal, pero como soy bastante pelotudo no me rescate.
Recién hace unas semanitas comprendí todo. Ahora puedo dormir tranquilo pero lo pelotudo sigue estando. Con todo lo que les conté no quiero que piensen que el gaucho es malo. Al contrario, él es bueno. Bueno de verdad. Creo que mi cabeza tenía y tiene mucha culpa por no haber ido a visitarlo. Ya voy a ir. Se lo prometí y las promesas se cumplen. Todo a su tiempo. Con respecto a lo que le pedí al gaucho, fue algo diminuto, ínfimo. Seguramente por eso me lo cumplió porque era algo sencillo. Ustedes son re chusmas. ¿Qué se piensan que pedí?, ¿un auto?, ¿una casita en Ingeniero Maschwitz?, ¿un laburito nuevo? No. Solo le pedí una estrellita para el Matador. Una sola.
Texto: Franco “Pepe” Lopez
Ilustración: Lucas Maeder
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