NOS JUNTÓ EL ARTE

 

 

Texto: Soledad Clavell de Colectiva Matriz

Fotografía: Aleema Curri

 

 

 

Nos juntó el arte y las diferencias que parten de una construcción cultural históricamente naturalizada: el género para nuestra sociedad. No siempre ni todes le llamamos feminismo a intentar cambiar las reglas de juego, porque para cargar esas banderas tenemos que arrancar por revisitar espacios individuales y colectivos de dolor. Dolor por nuestras propias experiencias, dolor por las experiencias de quienes nos anteceden, dolor cuando comprendemos que no es sólo una broma, no es nuestra biología, no tiene que ver con nuestro desempeño; dolor porque la diferenciación basada en el género se traduce en una muerte cada treinta horas.

 

Restituir nuestras identidades en el arte requiere de al menos dos cuestiones: echar luz sobre el pasado y promover otras formas y contenidos en la actualidad. Entonces, primero hay que arremangarse y traer al presente a cada una de las que quedaron ocultas en la historia, porque el patriarcado siempre fue hábil para esconder a “les otres”. Compositoras que firmaban con nombres de varón, músicas que sólo tenían permitido tocar en sus hogares, genias creativas que fueron tildadas de “locas” y muertas o encerradas por ello, obras sin registro, artistas obligadas a dedicarse a tareas que sus familias —y la división sexual del trabajo— impusieron como un don irrenunciable y no remunerado. Cuando hablamos de promover otras formas y contenidos, hablamos de —aquí y ahora— trabajar por la distribución equitativa —simbólica y económica— de los reconocimientos en la música y el arte. Para ello es necesario derribar estereotipos que amedrentan y persuaden a quien no cuadra en el hegemón de la masculinidad machista.

 

Como la rebeldía es intrínseca a la subsistencia para nosotres, nos juntamos a pesar de los mandatos que rezan que las mujeres —y por carácter transitivo también las identidades ⥯feminizadas— competimos entre nosotras, que no hacemos otra cosa que rosquear para ver quién es la princesa, la primera dama, la que se sienta al lado del tipo que la tiene toda. Pero no, nosotres nos juntamos para trabajar, porque una vez que nos pusimos los anteojos que reconocen estas construcciones —y por ende este dolor— no nos quedó otra que la organización, ¿de qué otra forma podríamos transformar la realidad si no es proyectándola?

 

La colectiva Matriz venía prototipando formas de producción y gestión cultural colectiva potenciadas por un profundo respeto por las subjetividades, formando comisiones con objetivos y proyectos específicos pero sin dejar de tener en cuenta el compromiso de cuidarnos. Saber cómo está la beba de tal después de la fiebre del otro día, hacer un fondo solidario para las compas que se quedaron sin laburo en cuarentena, poner a disposición los recursos técnicos con las que cada una cuenta, agitarnos en los vivos de Instagram cuando la soledad de nuestras casas nos comía crudo el corazón, compartirnos música, acercarnos materiales sobre feminismo, compartir las heridas viejas, reírnos mucho, acompañarnos y sobre todo trabajar juntas lidiando con nuestra propia diversidad. Sin decirlo, aprendimos a ser una organización feminista de base anclada en el arte, y en particular la música.

 

El festival Pachamama y Glitter mutó desde su origen, aún lo hace. Comienza con la presentación a un subsidio para la realización de acciones virtuales en pandemia, y se reconstruye como híbrido de conciertos, entrevistas, talleres y conversatorios virtuales y presenciales streameados. Lo visible y cuantificable: locaciones que incluyeron un centro cultural local, salas en Bolivia, Colombia y México, un paseo peatonal al aire libre, y las pantallas desde las cuales muchas personas pudieron acompañar, y aún pueden seguir haciéndolo. El festival duró cuatro días, lo difundimos en una decena de medios locales y regionales, la red que colaboró activamente con los eventos fue de más de sesenta personas incluyendo referentes de otras colectivas por la reivindicación de la diversidad en el arte, el trabajo y la cultura. Pasaron más de treinta artistas en escena —mujeres y diversidades— se estrenaron discos y videoclips, se exhibieron fotografías, esculturas y performances de danza y teatro, entrevistamos a representantes del colectivo travesti-trans de San Fernando, muralistas intervinieron paredes con la intención de dejar plasmado el espíritu del festival.

 

Todas las actividades, en mayor o menor medida, requerían de condiciones técnicas que hoy —con el diario del lunes— podemos dimensionar como proezas con los tiempos y recursos que contábamos. Pudimos, porque además de los conocimientos que traíamos sumamos la gestión en red, apoyándonos con paciencia y voluntad, cuidándonos. Y pasaron un montón de cosas que son difíciles de cuantificar porque no tienen que ver con el impacto objetivo: nos abrazamos y lloramos un montón, laburamos muchísimo, dormimos poco, nos enojamos, nos reencontramos y nos llenamos de orgullo de estar siendo una producción colectiva, de estar siendo lazos comunitarios, feministas y populares.

 

Por todo, gracias a todes. Nos estamos viendo.

 

 

Un comentario on NOS JUNTÓ EL ARTE
    Cecilia Gabriela Gauna
    26 Nov 2021
    5:06pm

    Que maravilla esta nota!! Todo y cada una de las palabras u pensamientos aqui volcados son
    certeros..y el Festival fue una belleza .del más puro amor feminista..ese que sigue creciendo dia dia aunque nos sigan matando..gracias Sole y Colectiva Matriz.

¿Qué te pareció lo que recién viste/leíste? Tu comentario sincero es un abrazo compañere, no lo dudes.

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