
Advertencia:
Cualquier similitud con la realidad no es coincidencia.
Es pura realidad.
Crónica de un acoso anunciado:
Lunes, 7.30 a.m. Voy al colegio, tengo 12 años. Un cara de nada con traje se aprovecha de que el vagón es una lata de sardinas y me apoya. Primero un arrimín, a ver si grito, luego un apoyo completo. No sé cómo reaccionar. Miro a la gente, nadie me mira, todos nos aprietan, me asfixio. Sosteniendo el vaivén del tren, con el tipo y el resto del vagón encima, pienso que lo estoy flasheando y que en realidad es su rodilla. Cuando llego, la maestra me pregunta si me pasa algo, estoy medio pálida. Como no lo puedo expresar porque no entiendo ni lo que siento, no digo nada.
Miércoles, 2 p.m. Tengo 14. El silencioso desierto de la siesta pesa y da libertad al mismo tiempo. Disfruto la caminata en soledad hasta mi casa por las arboladas calles de La Horqueta en primavera. Una 4×4 negra se arrima a la vereda. El vidrio polarizado baja y asoma el que maneja con la chomba a rayas medio torcida, está temblando. Le pregunto si está bien. Me dice que sí y me consulta, con lo que parece una sonrisa entre dientes, cómo salir a Panamericana. Al fondo y a la izquierda, le señalo. Arranca. Hace dos metros. Frena. Vuelve marcha atrás. Se ríe nervioso porque se equivocó. Yo no entiendo ni por qué sonríe ni por qué sigue temblando. Él aclara que no era Panamericana, que quiere salir a Acceso Norte. Estamos en una horqueta entre autopistas, no es rara su desorientación, pero lo miro. Lo miro bien. Tiembla que da calambre. Un toque jadea. Mis inocentes años tardan en entender que el muy desagradable se está haciendo una paja, en mi cara. Lo puteo en colores y salgo corriendo. El corazón agitado en una mezcla de miedo e impotencia, sólo pienso en llegar a casa, taparme la cara con la almohada y nunca volver a nombrar el vomitivo asunto.
Jueves, 5.30 p.m. Tengo 15. Camino por Sucre, yendo a entrenamiento con uniforme de hockey, pollerita y todo eso. A contramano y en bicicleta viene un guachín. En mi nube de pedos ni lo registro. Pero cuando veo que la bici viene hacia mí a toda velocidad me paralizo. Pienso que me quiere robar el palo de hockey pero el pibe me manotea la concha con la misma inercia y velocidad de la bicicleta. Apenas puedo reaccionar. El alambrado de la cancha a mis espaldas me ataja evitando que caiga de culo al suelo. Asimilo despacio, el dolor en el pubis evidencia lo que pasó. No entiendo sus razones, ¿qué placer puede causar sopapearme la entrepierna de esa manera? Camino descolocada, como si me hubiera bajado de un caballo. Llego tarde. Ante los gritos del entrenador decido bloquear mi mente. Me pongo a correr con el resto del equipo e intento olvidar.
Martes, 11 a.m. Estoy en la parada del bondi, tengo 16 años. Voy con mi hermanito de 11. Pasa el camión recolector de la poda. Los dos pibes que cuelgan del acoplado me gritan cualquier barrabasada por la pollerita azul reglamentaria del colegio católico al que voy. Mi hermano, machito en potencia, indignadito, se pone rojo de la furia, me agarra fuerte de la mano y me defiende a los gritos. Los chongos del camión se le cagan de risa y lo felicitan por cuidarme así. Ninguno de los dos volvimos nunca a hablar de este evento.
Viernes 7 p.m. Tengo 19 años. Camino por Santiago del Estero, en Capital, volviendo de ver a una amiga nueva en mi vida de casi adulta. Hasta ahora, caminé pocas veces por la urbe y todo me marea un poco. El tráfico se estanca, estallan bocinazos, gritos, mal humor, me aturdo. Un libidinoso con la baba al cuello asoma por la ventanilla de un auto parado y me sonríe. Sus anteojos a lo Poncherello y su aburrimiento me repugnan.
—¿Te llevo, mamita?
Y por fin estallé. En el caso menos “peligroso” de todos los que había vivido hasta el momento, cargando toda esa ira e impotencia contenida de años, frente a la pavada tan grande como una línea de diálogo al peor estilo Olmedo y Porcel… por fin dejé de callarme y contesté, accioné, puse un freno.
Le pongo terrible cara de orto y le grito:
– ¿Sos pelotudo? Estás parado en medio del tráfico, acorralado, estéril, inútil, ¿y lo único que se te ocurre decir es “te llevo”? ¿De verdad te creés que me voy a subir a tu auto estancado que no me puede dejar en ningún lado con esa cara de viejo verde y desesperado que tenés?
– Loca de mierda, ¡hacete ver!
– Vos hacete ver, imbécil. ¡Chupame una teta!
– Dale, sacala.
* * *
Una vez por año, mínimo, durante mi infancia, adolescencia y más, tuve que cinturear este tipo de machiruleadas que no se comparan ni un poco con la verdadera violencia física y sexual que le sucede a diario a miles de mujeres y disidencias.
No le hagamos esto a las pibas.
Texto: Vicky Crespo
Ilustración: Bianca Mozzón