MOCCHI Y LUCÍA ANDREOTTI

 

 

 

 

Texto: Agustín Llorca

Fotografía: Santiago Rìos / Adriana Segabache 

 

 

 

 

El viernes 10 de diciembre en el espacio Caranday, tuvimos la oportunidad de presenciar una noche inundada de música. Primero, llegada desde las islas del Tigre, empujando su arte con su voz fuera de borda y entre medio del amor hecho de barro y masa madre cantó Lucía Andreotti; después, desde el Uruguay, cargando miles de historias, de balcones y abrazos, y vestido de un río hecho de la gente que lo sigue, Mocchi. Les dos cruzaron ríos y desembarcaron sus canciones en medio de una noche en la que se detuvo el tiempo para darle lugar a esa peculiar sustancia que genera la movida cultural independiente.

 

 

 

 

 

 

 

 

Lucía abrió la noche literalmente, armó un aquelarre con su voz luminosa, sus sonrisas tímidas, su guitarra con cuerdas de nylon y sus canciones hechiceras. Abrió la noche como un tajo en el silencio por donde la gente entró y se acomodó sonriente dispuesta a escuchar. Cantó y tocó canciones viejas y otras que están naciendo. Cantó y tocó hermosamente, sola, con el público y con Julián, el percusionista que suele acompañarla. Abrió la noche y dejó al público latiendo. Se despidió más luminosa que cuando llegó, pero igual de sonriente. Sus canciones, ante los oídos que la escuchaban por primera vez esa misma noche, dejaron huellas. Alguien que no la conocía no esperó a que baje del escenario para preguntarle: “¿Cómo te llamás?”. “Lucía Andreotti”, dijo siempre riendo, “no me gusta que me digan Luci, pero en Instagram me anoté así: luciandreotti, ¿que va a ser?”. Después la gente se siguió riendo por Caranday, en el patio, en las sillas, comiendo y esperando que siga la música.

 

 

 

 

 

 

 

 

Mocchi entró por entre medio de las sillas, algunas distraídamente vacías y otras ocupadas por personas que ya esperaban sentadas. Nadie lo vió venir, apareció caminando con su guitarra en la mano, silencioso y con la mirada profunda saliendo de sus ojos enormes. Se paró en frente del micrófono y la gente que andaba distraída por el patio se apuró a buscar una silla donde sentarse. Se llenó todo, las sillas de personas y el aire de Mocchi. Apenas empezó a hacer sonar la guitarra con cuerdas de acero se sintió cómo cambió el aire y, cuando el sonido empezó a salir de su cuerpo por su boca ladeada, el tiempo, que ya había empezado a irse cuando empezó Lucía, se resignó a esperar en la vereda. Se fue. Solo quedó la música y la gente con Mocchi flotando en la atmósfera que se elevaba siguiendo el guión en la carpeta foliada que Mocchi agitaba como las alas de un pájaro hecho de canciones. A veces dejaba la guitarra y contaba historias a la gente que se reía y le charlaba como si estuvieran todxs recostadxs en el living de su casa; también cantó sin guitarra, sin micrófono, sin escenario, sin preocupaciones, sin tiempo, sin cargas, volvió a poner todo en la canción. Cuando sintió que era el momento, se mezcló una vez más en el público y subió las escaleras que lo alejaban de la sala mientras la gente lo siguió con la mirada, se sentó al lado de la consola de sonido en el primer piso y se quedó mirando al público, que no paraba de pedirle que no se fuera. Siguió cantando desde ahí un rato más. 

El tiempo volvía a aparecer tímido, había estado esperando afuera, acechando impaciente, adentro no había lugar para él; Mocchi y Lucía Andreotti habían llenado el espacio Caranday de risas y canciones, nadie se puede olvidar de esos momentos donde el tiempo desaparece.

Lucía volvió a tocar en Caranday con su grupo vocal Vibratil al día siguiente, Mocchi dijo que quería volver a Tigre; el público lucha y se amiga con el tiempo mientras espera que le entreguen las empanadas, que empiece el show o que toquen de nuevo por acá cerca.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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