
La librería y editorial de San Martín, dirigida por Sebastián Alvaredo, cambia la piel pero nunca la identidad: cuando hablar de libros es narrar al Conurbano, a sus vecinos y a Chacarita.
Texto: Emmanuel Lorenzo
Fotografías: Los Confines
Todo en esta historia podría ser un retrato de realismo delirante escrito por Alberto Laiseca: una inauguración en el Día de la Memoria, una librería de identidad conurbana que nace en Capital Federal, una pandemia que impide la circulación pero nunca la lectura y libreros devotos del fernet y Los Gardelitos que parafrasean a Tolkien mientras cantan una rola del Pity.
Pero si de folklore de barrio se trata, esta historia podría ser una más del Negro Fontanarrosa, porque Los Confines es la única librería del mundo que cierra cuando juega Chacarita.
El 24 de marzo de 2013, en vísperas de una nueva marcha por la Memoria, la Verdad y la Justicia, Sebastián Alvaredo y su padre Hernán inauguraban el primer espacio de Los Confines, sobre las calles Bucarelli y Olazábal. “Nació como una pequeña librería familiar que llevamos adelante con mi viejo por casi cinco años hasta la crisis económica del gobierno macrista”, relata Sebastián. Y amplía: “Esos años, si bien fueron de mucha lucha, también de mucha felicidad: vimos pasar amigues y gente que admiramos, conocimos una infinita cantidad de lectores con los que compartimos mates y charlas literarias (y no tan literarias)”.
Entre las postales de esos años porteños, La Noche de Los Confines ocupa un lugar de privilegio: las veredas de Villa Urquiza se poblaban de vecinos del barrio y del Conurbano que cruzaban la General Paz para comprar libros mientras las jarras colectivas de fernet giraban al ritmo de los Gardelitos. La literatura también sabe de rituales.
La familia de Los Confines no termina en Sebastián y Hernán, sino que incluye a una extravagante troupe de personajes que parecen extraídos de un mundo ricotero delineado por Dolina: Julieta Alvaredo, Maca Exposto o Macambole, ElManijaPaciente o el Aleh y Nacho Rivillo o El Sonriente Funebrero.
Pero la experiencia porteña llegaría a su epílogo a finales de 2017: era hora de migrar, mudar la piel en viajes y repensar dónde reinaugurar la librería. La decisión se demoró, pero no fue difícil. Los Confines volvió al ruedo en el partido de San Martín, el hogar de Chacarita, amor incondicional de Sebastián. Esta vez la experiencia se tramó junto a La Bemba, un centro cultural y social de Villa Ballester.
“La pandemia fue un período intenso y fructífero para Los Confines. Los primeros meses fueron confusos, pero una vez que se habilitó la venta de libros con envío a domicilio el panorama fue bastante alentador”, cuenta Sebastián. Y dimensiona: “La lectura es una actividad que requiere, convencionalmente, una persona y un libro, y que no genera peligro alguno de contagio. Creo que al estar cerrados los centros culturales, los cines, los teatros, etcétera, los libros tomaron una ventajita respecto al resto de los dispositivos artísticos y/o culturales”.
Durante los meses de restricciones, Los Confines no sólo aceitó su distribución de libros, también agilizó la marcha de su propia editorial artesanal y autogestiva: desde esta plataforma, se gestaron los libros Poema para tiranos, una antología de poetas mujeres de la Generación Beat; El mito de la noche lluviosa, escrito por los integrantes de la editorial; la novela El grito, de Matías G. Schmidt; y Flor de Loto, el poemario de Aldana Osso que pronto verá la luz.
La relación entre la literatura y el Conurbano siempre fue visceral, desde la poesía de Ioshua hasta la narrativa del espanto de Mariana Enríquez. En este sentido, Sebastián elige a Juan Diego Incardona como un espejo de esa sinergia de militancia, precariedad y fantasía que caracteriza a estos pagos. “Tiene dos libros descomunales: El campito, que es una novela que mezcla el peronismo de La Matanza con la literatura fantástica, y Villa Celina, el mejor libro de cuentos barriales y rolingas jamás escritos”, describe.
Como toda librería que intente ser más que un repertorio de estantes ordenado alfabéticamente, Los Confines consagra su identidad a través de su catálogo: “Trato de que sea lo más diverso posible sin perder esa curaduría que considero innegociable. No sé si diría que nos especializamos en algo en particular, pero sí hay una clara decisión de trabajar con editoriales pequeñas e independientes, y de acudir a los grandes grupos editoriales sólo para traer los libros que nos encarguen”, introduce.
“La literatura argentina contemporánea es algo que está muy presente en Los Confines. Dagas del Sur, Nulú Bonsai, Ediciones Godot, Sigilo, Tusquets, Orsai, Blatt & Ríos son algunas de las editoriales que tienen colecciones de narrativa que me resultan realmente interesantes”, adelanta, aunque el listado de sellos under y de mediano alcance que contacta Sebastián parece inagotable: Alto Pogo, Años Luz, Conejos, Santos Locos, Audisea, Llantén y la histórica Bajo la Luna, varias de ellas nucleadas bajo la cooperativa de editoriales independientes conocida como La Coop.
Como en cada cuento de Laiseca o Fontanarrosa, todo parece a punto de reinventarse. En noviembre, la librería inaugurará un nuevo espacio dentro de la emergente sede de La Bemba que funcionará sobre Agüer 4757, entre José Hernández y Vicente López.
Los Confines, inspirado en la saga de Liliana Bodoc, no conciben una frontera natural: editan, venden, se mudan, distribuyen y vuelven a nacer. Un pequeño sistema de almas en bicicleta que gira alrededor de un libro. Todes están invitades a tocar las puertas de este ritual. A menos, por supuesto, que esa tarde juegue Chacarita.
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Un comentario
Aguante los confineees. Hermoso texto❤️