LA BELLEZA DEL JUEGO COMO RESPUESTA

 

 

Ana Clara del Moral y Hernán Regueiro son los artífices de la Elefanta Rodante: una propuesta lúdica para chiques y adultes que atraviesa el Conurbano para reivindicar el derecho a jugar.

 

 

Texto: Emmanuel Lorenzo

Fotografías: La elefanta rodante

 

 

¿Cómo se juega? ¿Quién nos da las instrucciones del primer juego instintivo que improvisamos en el amanecer de las infancias? Este artículo no responderá esas preguntas, no tiene la pretensión de demarcar fronteras. En su lugar presentará un medio, que es un animal pero también un vehículo, un carromato de 1989 que volvió a nacer en 2017, que pudo trasladar herramientas o archivar oficios judiciales pero cierto destino de la ternura le deparó otro uso, el del juego: con ustedes, la Elefanta Rodante. 

 

“La Elefanta Rodante es un proyecto autogestivo de arte y juego itinerante que busca generar un puente entre adultes y niñes a través de juego y el arte”. La cita es de Ana Clara del Moral, une de les dos fundadores del proyecto. Mientras habla salta de la academia que absorbió como profesora de Expresión Corporal (UNA) al desparpajo de su oficio como Titiritera (UNSaM). Sus propias palabras se funden en la rayuela que representa la Elefanta: “Lo que buscamos es salir a jugar en el espacio público, la esquina, las plazas y las calles, porque pensamos que hay una necesidad y un deseo de que vuelvan a ser un lugar de encuentro para vecines, seguro para jugar, que sea reapropiado”.

 

 

 

 

La Elefanta Rodante llega a los barrios conurbanos y se despliega como una estructura de juegos, un recorrido lúdico en el que chiques y adultes pueden involucrarse con las diversas propuestas que contiene el dispositivo: baleros, laberintos, espejos que devuelven el reflejo de otre, cajas, tubos y argollas de cartón, paletas de colores, trompos poéticos, canaletas y superhéroes que se ensamblan a partir de viejos muñecos desarmados. El universo de la propuesta alberga decenas de pequeñas galaxias distribuidas en lonas que dialogan entre sí. 

 

Si la Elefanta fuera un montaje –en parte, lo es–, su realizador sería Hernán Regueiro, una suerte de herrero de la alquimia: músico y profesor de Dibujo y Pintura (ESEA Yrurtia), se encarga de materializar la mayoría de las piezas lúdicas y de los elementos que componen cada estructura. Si Ana Clara es la teoría y el concepto del proyecto, Hernán es el instrumentista. El hombre orquesta detrás de bambalinas.

 

“Lo que nos interesa es que haya verdad en lo que hacemos. Hay dedicación en el armado y en las propuestas: las pensamos, las diseñamos, hay amor en cada instalación lúdica. Además, para muchos de los juguetes empleamos material reciclado: nos interesa promover una educación no consumista relacionada con las cuatro R (reducir, reutilizar, reciclar, recuperar)”, resalta Ana Clara.    

 

La Elefanta fue adoptada en mayo de 2017, una casa rodante en desuso como cualquier otra en el hacinado mercado de rodados. Más de un año después haría su debut en el Veredazo de la Biblioteca Popular Alberdi de San Andrés, en el partido de Gral. San Martín. Ya no era ese viejo carromato a rayas: se había transformado en la Elefanta Rodante, una propuesta de intercambio comunitario que venía a reivindicar el derecho a jugar. Desde entonces se multiplicaron los viajes y las instalaciones, tanto en Argentina como en países limítrofes. La Elefanta lleva el juego a donde la convoquen.

 

 

 

 

“Todo gira en torno a la Rodante: un dispositivo con espacios de libre circulación en el que cada niñe o adulte puede elegir con qué jugar y por cuánto tiempo. No hay una dirección consignada ni estamos animando, la propuesta la ofrece el material y cómo está armada esa invitación en el orden de lo espacial”, explica Ana Clara. Pero de inmediato agrega que “para jugar hay que romper el orden” y que “cada niñe rompe la estructura y la transforma”. Recién cuando el chique se siente convocade por otra actividad, la estructura se rearma para que otres puedan emprender su propio recorrido a su gusto y necesidad. 

 

Pero… ¿por qué jugar? “Creo que el juego no se puede separar de la cultura, es el primer hacedor de la cultura y la cultura no se puede separar de la educación. Jugando se ensaya la vida, se prueba, se transforma. Jugando se aprende. Por eso nos gusta que los juegos tengan un contenido al margen de la recreación, esto permite la trascendencia del juego, le da al juego otro sentido”, señala, y pone como ejemplo a los rompecabezas que permiten armar trece tipos de familias distintas, con dos mamás o dos papás.

 

En ese mismo orden del por qué, Ana Clara grafica que el juego es el escenario del descubrimiento y está directamente ligado al deseo: “No se puede jugar obligade, el juego siempre parte del deseo. Por eso intentamos generar ese equilibrio entre la libertad y el deseo, para que haya elección y haya verdad”.

 

El proyecto se presenta como una alternativa a la tecnología, una propuesta que exige el cuerpo presente y el establecimiento de relaciones con otres para la construcción de la identidad propia. Hacer juego del camino. Ana Clara mira a su alrededor, mide distancias, imagina rayuelas y da el salto: “La Elefanta es la vida como viaje, la vida como transformación. Es una forma de responder desde la belleza a todo lo que está pasando”. 

 

 

 

 

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