
A treinta años del histórico disco de Fito Páez, interpelamos tres de las canciones más íntimas de Facu Dip, Lu Restelli y Perro Segovia. De Rosario a San Martín, el amor todavía se parece a este rayo de sol.
Texto: Emmanuel Lorenzo
Junio fue el mes del amor. Pero no por la celebración de alguna festividad romana exportada con rouge y sobreprecio por Estados Unidos ni por otra fanfarria publicitaria del estilo: el motivo es argentino, imperecedero y con tonada rosarina. El amor después del amor, el disco que Fito Páez grabaría al principio de la caótica década de los 90 sin sospechar que se convertiría en el más vendido de la historia, cumple treinta años de vida.
Lejos de canónicos debates sobre la filosofía del amor, si Kant o Sztajnszrajber, y del repertorio normativo y catastrófico del paradigma Cris Morena, desde Timbó elegimos traducir este aniversario al lenguaje que mejor nos sienta y más nos representa: el de la voz de nuestrxs artistas conurbanxs.
Acaso más conscientes del amor que ciegos, Facu Dip, Lu Restelli y Perro Segovia desnudan una trama de canciones que pulsan miradas cómplices y felicidades libres sin negar el infierno de los domingos que asoma demasiado humano detrás de cada estrofa. Amores conurbanos, viscerales y sobrevivientes, amores en trama, de madres y padres a hijxs, de retornos y despedidas, de crecimiento y transformación. Amores que nos narran mucho más que la historia de dos.
Tres décadas después de la épica rosarina, te traemos esta selección de canciones de amor acompañadas por las confesiones de sus autores conurbanxs. ¿Querés espiar el entretelón de la maquinaria de la intimidad? Descorchá ese vino, atenuá las luces, dejá atrás los prejuicios y descalzate. Estamos por entrar en el territorio de la fragilidad.
Un río que baja, de Facu Dip
Fotografía: Aldana Suárez (tocá la foto y dejate llevar por la música)
La melodía de Facu Dip esconde un ritual pequeño. Y cuanto más la escuchamos más y más sutil parece, como si una fuerza invisible bajara el volumen, anulara los graves e hiciera arena de los decibeles. Una plegaria que más que una canción es un secreto.
El tema fue compuesto durante 2017: la parte musical en la ciudad de Rosario y la letra y los arreglos en Buenos Aires. “En ese momento estaba profundamente enamorado e inspirado por eso. Sin embargo quería conservar el conocimiento adquirido de lo que yo sentía era una relación sana: ‘Un río que baja’ funciona a modo de recordatorio de algunas cosas que creía importantes”, precisa Facundo.
En relación al núcleo de complicidad que atraviesa la canción como un código, confiesa que “la nueva melodía es un pacto de intimidad pero también una propuesta que puede leerse más allá de esa relación en particular. Es el deseo de que todxs creemos la melodía juntxs. Es escuchar la melodía que se crea y recrea en cada vínculo y que a su vez ya tiene una dirección armada que podemos −o no− cambiar”.
“La música más genuina es una representación del amor; querer nombrarlo, en cambio, es algo más del mundo de las palabras. Las canciones juntan esos mundos que pueden llegar en conjunto a generar sensaciones de amor muy lindas. Creo que expresar el amor en música es una de las maneras más bellas, muy catártica y sanadora”, reconoce.
Abrazar lo posible, de Lu Restelli
Fotografía: Profana.ph (Tocá la foto y escuchá ?)
Hay en “Abrazar lo posible” la potencia de una eternidad atomizada. Como un ovillo que rueda escaleras abajo e inunda las habitaciones de su color. Es la celebración de lo efímero lo que hace que la canción de Lu Restelli se convierta de pronto en un instante, uno lento y decisivo, como uno de esos raptos en los que a mitad de una conversación nos damos cuenta que quizás eso es la felicidad. Y está ocurriendo frente a nosotros.
Lu alumbró la canción apenas una semana después del segundo cumpleaños de su hija Luna. “Bailar diariamente formaba parte del cotidiano como muchísimos otros instantes preciosos del estar maternando/cuidando. No sé si sentí o salió esa celebración en forma de canción; sí que disfruté tanto cantarla que decidí que se materialice, oído compañero mediante de Diego (su pareja) que me banca en este quehacer. Estaba inspirada por ese cotidiano que acontecía y allí estaba la canción lista para ser cantada”, recuerda.
La lírica de Lu atraviesa la finitud de lo posible y se arriesga a trazar un camino entre la tirana bifurcación del pasado y el presente, el aprendizaje y la expectativa: “La celebración del instante esconde años de terapia de estudiar, de recorrido y de comprender que para habitar el presente, hay que estar presente. Resulta una obviedad pero para el tiempo del capital que va a mil, es ir en contra del fulgor al que nos arrastra. Observar, hacer pausa, degustar el silencio, respirar, escuchar, disponerse. Captar ese cachito de alegría que está ahí, en un baile colectivo, en un encuentro con alguien que hace mucho no veías o en un abrazo”, reflexiona.
“¿El tiempo es efímero o parte de un devenir? ¿El tiempo es una frontera para vivenciar el amor? Es muy interesante pensar al tiempo y al amor en una misma oración. El amor es el primer sentimiento. Escapa al tiempo, es como la armonía en música, que atraviesa al ritmo y a la melodía. Los compone, los contiene”, insiste.
Lu no tiene dudas: “La música lo puede todo”. Y redobla la apuesta al asegurar que “el arte es un acto de amor, que queda anclado en nuestro espíritu y en otro plano diferente al temporal”. “Amar con o sin fronteras se ama igual. Amar efímero o para siempre en algún punto se tocan. Amar siendo niñx o adultx, se ama igual”, aclara.
Quiero ser libre, de Perro Segovia
Fotografía: Club Cultural Matienzo (tocá la foto y… ?)
Si la soledad, dicen, es una forma de libertad, ¿acaso un vínculo es una jaula? ¿Dónde terminan las fronteras de unx cuando todo se piensa de a dos? ¿La felicidad de unx alcanza para ambxs? El Perro Segovia desarma sin miramientos uno de los principales miedos de la generación del soltar: ¿comprometerse es sacrificar libertad?
“Quiero ser libre” fue compuesta en 2015 en medio de una relación de pareja que atravesaba la creación de un lenguaje distinto. “Buscábamos nuevas formas de vincularnos más sanas, tras muchas charlas y discusiones”, rememora el Perro Segovia, aunque admite que “el momento social y político de ese momento (inicio de la presidencia de Mauricio Macri y de la gobernación bonaerense de María Eugenia Vidal) aceleró el proceso de deconstrucción”.
“La canción es un llamado de atención para mí mismo. En ese momento escribí la letra con todas las cosas que me costaba mucho llevar a la práctica. Es un recordatorio para poder seguir siendo libre junto a otra persona que también lo sea, sin intentar apagarse unx a otrx”, explica.
Para evitar que la libertad se ahogue en las esquinas de la rutina de pareja, el Perro asegura que “es importante comunicarse con el otrx, aunque sean conversaciones incómodas, para conservar esos espacios y momentos para estar con uno mismx”. “A mí, particularmente, me cuesta un poco, pero sigo trabajando en eso y creo que es muy sano y humano disfrutar de los momentos compartidos y colectivos sin perder jamás el foco de nuestros momentos individuales”, confiesa.
El Perro Segovia no considera que la música pueda darle nombre al amor, pero sí “a una percepción del amor según experiencias y construcciones propias”. “Creo más que el amor puede darle nombre a la música, sea desde la ternura o el enojo, porque a través de las canciones defendemos todo lo que nos genera amor. Creo que la música puede darle nombre a esa concepción o a lo que percibimos que nos genera amor”, dimensiona.
|
¿Querés escuchar a más músicxs del conurbano norte?
En Qué viva la música hay más de 100 canciones de músicas y músicos del conurbano norte. Podés escucharlas en nuestras listas de Spotify y Youtube. Y con
|


