EL REMO Y EL JEFE DE SEGURIDAD

Septiembre de 2020. San Fernando, calle 9 de Julio y el río Luján. En medio de la pandemia, los pocos metros de la costa del río que todavía no fueron privatizados de repente se llenan de camiones, rejas, cemento y, de un día para el otro, un portón. Les vecines que hace más de 50 años dejan sus botes de forma gratuita se alarman, se preocupan y se organizan. El municipio dice que va a hacer mejoras, pero les vecines se enteran después que ya les pusieron un portón. El 17 de septiembre, el concejo deliberante votaba una ordenanza para “emprolijar” la costa, adicionando una tarifa a la amarra. He aquí una crónica del día de la votación.

 

 

Se abre una puerta lateral y periférica de Concejo deliberante de San Fernando y salen como huyendo un concejal y una concejala, antecedidos por el jefe de seguridad de San Fernando y precedidos por unos seis policías, corretean con pasos cortos, encorvan los cuerpos y ponen sus carpetas sobre la cabeza, como para  parar la lluvia. Pero era una mañana soleada, lo que le llovían eran consignas de isleños, isleñas, ribereñes y vecines usuarios de la amarra pública de la calle 9 de julio. “¡La amarra no se toca!”, “¡La amarra no se toca!

Hacía unos 15 minutos que se había armado un festival, y en el momento de la salida de los concejales sonaba una canción con mucho ritmo, cuyo estribillo  decía “amarra pública y gratuita” repetidas veces. El tema musical fue compuesto por una niña de trece años, isleña, música y luchadora, que acompaña el reclamo desde el primer día ¡y nos hacía bailar a todes!

En la calle se jugaba haciendo una coreografía con las palas de las canoas (remos), mientras una batería y un bombo, junto a las palmas y el coro de 80 personas, marcaban el ritmo.

No les alcanzó con sesionar a espaldas de la gente, en medio de una pandemia, la privatización de la amarra, no; también tuvieron que salir “disimulados”, por el costado, justo en medio de la fiesta. Fiesta de la organización, fiesta de la lucha… ¡con lo lindo que estaba!. Justo ahí salieron, rodeados de policías, se escabullían, y entonces de la alegría de luchar y bailar, se pasó a la indignación, a gritar, y correr hacia elles pidiendo explicaciones. Isleñes con remo en mano salieron de la coreografía improvisada y se adelantaron atravesando el remo en plena vereda, frenando la huída y encontrándose cara a cara.

 

 

De un lado, pobladores del Delta, como siempre remándola, quienes llegaron en sus pequeñas embarcaciones hasta la costa y marcharon hasta el Concejo deliberante, ya que, a pesar de que el día anterior el jefe del bloque peronista les había prometido escuchar sus demandas e incluso ir con ellos a ver la amarra la semana siguiente, se habían enterado de la sesión “secreta” que el funcionario omitió comentar. Indignados e indignadas mirando a los ojos a quienes traicionaron y quedaban atónitos del otro lado del remo, el jefe de seguridad del municipio, dos legisladores que acababan de votar a escondidas y seis policías.

Lo que llamamos “las amarras” son en verdad unos diez metros o menos de tierra y escombros, que por ser el último resquicio de costa sin privatizar o sin ser regulada por el Estado municipal, -quien en varias otras zonas costeras ha concesionado dicha regulación a privados-, queda libre y es de uso verdaderamente público.

De pronto un desorientado remo de canoa, se veía como frontera. Frontera de dos culturas, una originaria del lugar, la otra conquistadora. Frontera entre dos tipos de saberes y conocimientos, unos ecosistémicos, populares, locales y otros reproductores del colonialismo, el capitalismo y el patriarcado. De un lado los tiempos del agua, de las mareas y las sudestadas, una vida en diálogo con el humedal, tiempos de la naturaleza, tiempos lentos a la vista de la ciudad. Del otro, el control, la violencia, la política del sistema, la ciudad, el occidentalismo.

Una frontera entre percepciones del mundo. El supuesto “progreso”, el avance de los proyectos inmobiliarios, la recaudación, los motores, las máquinas, la velocidad, el individualismo y el Estado de un lado.

La huerta, el palafito, los peces, la nutria, el junco, la apicultura, las botas de goma, la solidaridad militante, la comunidad, del otro.

Frontera también entre “indispensables”, en esta pandemia, y los “no indispensables” que nos tenemos que “quedar en casa”, mientras el poder se devora todo. “¡Yo soy indispensable y ustedes no!”, gritó con revanchismo, luciendo su cuota de poder el secretario del Consejo Deliberante a la gente que pedía entrar, pero la gente del humedal, no se enojó, sino que la calle entera llena de isleñes, niñes, vecines, explotó en risa… ”pobre tipo” decían en el tumulto. Esa soberbia también quedaba junto al jefe de seguridad y les polítiques de turno. Del otro, las manos curtidas del junqueo, de cortar leña, de construir con madera y de amasar pan, junto a niños y niñas que pintaban carteles y dibujaban en el piso con muchos colores “Amarras gratuitas”, porque saben bien que para ir al hospital, a la escuela, a visitar familiares, necesitan la amarra como la usan hace más de 50 años cientos de isleñes y ribereñes en forma gratuita.

Un remo solamente, una frontera ardiente, un límite al atropello del poder de una lucha bien de abajo, desde el agua, desde el humedal, que como la marea a veces se calma, pero ¡ojo! Cuando suba… ¡Las amarras van a ser públicas y gratuitas las 24 horas del día!

 

 

 

Texto y fotografías: Mariano Algava

1 comentario

  1. HErmoso texto! Hermosas fotografias!
    Recorde de inmediato la lineas de Paulo Freire “Sin embargo, es importante destacar que hay una diferencia fundamental entre quien se acomoda perdidamente desesperanzado, sometido de tal manera a la asfixia de la necesidad que obstaculiza la aventura de la libertad y la lucha por ella, y quien, en el discurso del acomodamiento, encuentra un instrumento eficaz para su lucha: impedir el cambio.”

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