EL MARKETING DE LA SONRISA

 

 

 

 

Texto: Agustín Llorca

Collage: Caro Go

 

 

 

Esta historia del carnaval de mi barrio es sobre un personaje que se repite en todos los barrios y todos los carnavales. Lo encontramos camuflado en la fiesta entre los personajes que se pasan de escabio, los que se pelean, los que no quieren meterse en las peleas, los que separan las peleas, los que usan máscaras y los que van a cara lavada. El personaje de esta historia es, para mí, uno de los peores de todxs: el que esconde detrás de su sonrisa amplia, hermosa y complaciente la monstruosidad toda que la humanidad padece. Sobre uno de estos se trata esta historia.

 

 

 

No voy a dar ni su nombre ni el de su local con el fin de tratar de poner en práctica la convivencia pacífica con quienes son diferente que yo, porque claro está, yo muchas veces en el fondo, también soy facho con lxs fachxs. Aunque haga algunos esfuerzos por aceptarlxs. Esto que me pasó me pasó mil veces en la vida, esta vez fue en una verdulería y pollería en mi barrio. Puedo agregar en mi cobarde defensa que no voy más a comprar ahí. No lo decidí conscientemente, es decir, nunca dije “no voy más”, pero después de lo que voy a contar, fui una sola vez más y se ve que la incomodidad no me dejó seguir yendo. Incluso ahora paso por la vereda de enfrente. Y sí, en los carnavales de mi barrio, también hay gente que ni se disfraza de demonio y con una gran pero gran sonrisa y amabilidad lo es. Una de esas demonias, para mí, es la señora que atiende una de las verdulerías de mi barrio, negocio del cual también es dueña junto con su marido (dato no menor). Le bajo un poco la perilla de lo romántico a mi barrio, no todo es humildad y humanidad entre los pequeños comerciantes y trabajadores de la clase media, como en todos los barrios . Que a su vez, me imagino hay otros barrios muy parecidos en el resto del mundo. Gente del bien mezclada con gente del mal. Y me voy a permitir usar las etiquetas “del bien” y “del mal”. Porque esta señora de la verdulería me caía super bien, siempre de buen humor (ahora que lo pienso es algo que debería haberme despertado alguna sospecha). Sabía mi nombre, el de mis hijxs y el de mi compañera, me preguntaba por ellxs cuando iba sólo, me dejaba llevar verduras y pagar después, todo con una gran sonrisa y la charla siempre dispuesta. Su marido también muy amable pero no tan sonriente, de vez en cuando tira algún que otro comentario machista intentando ser gracioso, ella prefiere los chistes de temática que rondan la gordofobia. Lxs perdonamos cuando lxs escuchamos todas las veces. “Es una pareja grande, ojalá algún día podamos hacerle algún comentario acerca de lo nocivo de esos chistes”, nos decimos con mi compañera. Pero lo que pasó ese día con la señora cortó toda posibilidad de que nuestro vínculo comercial algún día se profundice a la confianza que nos permita decirnos: “Che, ¿viste ese chiste? Bueno, para mí que no va más, es machista y/o gordofóbico” o cosas así.

 

Paso a relatar la historia que quiero contar. Estábamos con mi compañera esperando a ser atendidxs en la vereda de la verdulería. A la altura de la puerta del local contra el cordón de la vereda, el palo de luz, y a sus pies apoyadas en el piso había unas cajas vacías; dentro de las cajas, una bolsa negra, desperdicios de verduras y otras cosas que eran básicamente la basura que había sacado nuestra verdulería hasta ese momento amiga; todo a menos de un metro de donde estábamos esperando. Una persona que estaba revolviendo las bolsas de basura de la cuadra deja su carro con cartones y bolsas colgando a unos metros de nosotrxs y se acerca a los desechos estos al pie del palo de luz. Se agacha, abre la bolsa negra, busca entre la basura, no me acuerdo bien si le sirvió algo de lo que encontró pero se volvió en poco tiempo a su carro y siguió su camino. La verdulera esperó que se vaya la persona que le acababa de revolver su basura y empezó un monólogo que no podría reproducir textualmente ahora, pero sí su contenido que quedó grabado en mi emoción.

 

Estaba indignada. Le parecía una barbaridad el desorden que dejaba esa persona después de revolver su basura, que tuviera que usar ahora otra bolsa extra para juntar lo que había dejado tirado, que por qué no se buscaba un trabajo, que era una persona joven y sana y que seguro no trabajaba porque no quería, que ella se mataba trabajando todo el día y no tenía por qué estar poniendo de su bolsillo bolsas extras (se ve que eran bastante caras porque nombró las bolsas varias veces) porque esta persona dejaba todo desordenado. Indignadísima estaba. Tengo la sensación de que nombró algo acerca de cortarse con un vidrio roto revolviendo la basura, pero no tengo claro si es una exageración grotesca de mi emocionalidad o si realmente dijo algo del estilo acerca de poner su propio sufrimiento por encima del de la persona que revuelve la basura. No más ni menos que eso, dijo la señora mientras escuchábamos en silencio. La compra siguió incómoda. Con mi compañera dialogamos telepáticamente y fue todo lo que pudimos hacer frente al discurso de la verdulera indignada. “No puede ser lo que está diciendo esta señora”, pensábamos lxs dos al mismo tiempo. Como en un cambio veloz de antifaz, ella volvió sin esfuerzo a su sonrisa reluciente de siempre, nos vendió sus verduras, las compramos, pagamos y nos fuimos. A media cuadra ya alejadxs de la verdulería, empezamos a hablar. ¿Por qué no le pudimos decir nada? Tenemos miles de hipótesis y reflexiones. Por ahora lo único que pudimos hacer es dejar de comprarle y hacernos cargo de que íbamos por lo simpática que nos parecía la señora, pero que los precios no eran para nada baratos. Ni los precios de las verduras, ni los ideológicos; una genia del marketing la señora. Mientras volvíamos sin poder creer lo que acababamos de escuchar, mencionamos como con disimulo una conversación en la que la señora se había manifestado tiempo atrás, en contra del aborto y que mi compañera un poco había podido intercambiar. Pero esto había sido inmanejable, como cuando alguien en la fiesta de carnaval se pasa con el vino tinto y ya sus actos y sus palabras expulsan a toda persona que le pase por al lado. Este caso nos pareció peor, la señora estaba sobria, o quizá ebria de resentimiento convertido en su verdad, pero expulsivo también al fin. El asco con el que se despachó contra la persona que revolvía la basura, vomitó sobre nosotrxs una sopa ardiente condimentada con argumentos de aparente “superioridad” que vacían al supuestamente “inferior” con la metálica cuchara de la ignorancia y lo rellenan todos los días con el pimentón dulce de los medios de comunicación; sopa que se viene cocinando durante siglos al fuego lento del racismo y la meritocracia violenta. No pudimos hacerle frente, no pudimos decirle nada, no tuvimos lucidez, valor, herramientas, lo que sea. Pero el silencio fue cómplice de esa manifestación que tenía la fuerza de mil voces repitiendo el mismo discurso que a su vez repiten las propagandas, los noticieros, lxs gobernantes, las revistas, las redes sociales y los altoparlantes a un volumen altísimo. No pudimos más que huir aturdidxs. Esta simple y cotidiana historia convive también con toda la poesía en el carnaval de mi barrio.

 

 

No hay comentarios en on EL MARKETING DE LA SONRISA

¿Qué te pareció lo que recién viste/leíste? Tu comentario sincero es un abrazo compañere, no lo dudes.

Tu email no será visible
Tu email no será visible