
Entrevista a una de las doce fundadoras de Abuelas de Plaza de Mayo.
Texto: Emmanuel Lorenzo
Fotografías: Evelyn Schonfeld
−Hola, Emmanuel. Habla Delia, la Abuela.
Así se presenta por teléfono. No hace falta decir más. Del mismo modo en que alguien podría presentarse como poeta, periodista, contador o carpintero, ella dice “la Abuela”. Y es suficiente. Sólo en esta parte del mundo sabemos traducir el significado histórico de la palabra. La militancia, el llanto y la memoria. La abuela de Martín, su nieto recuperado, pero también la abuela de 45 millones de argentinxs.



Delia Giovanola es una de las doce fundadoras de Abuelas de Plaza de Mayo y una de las primeras en empezar a manifestarse durante la dictadura que comandaba la Triple Junta. Antes de recalar en el partido de San Martín, en 1945 ya ejercía como docente en distintas escuelas de La Plata y en 1946 se casaría con Jorge Narciso Ogando. De ese amor nacería su único hijo, Jorge Oscar Ogando.
La llamada llegó a su casa de Ballester, adonde se había mudado con su segundo esposo, Pablo Califano. Corría octubre de 1976 y los lobos Falcon del espanto derribaban puertas a medianoche. Se llevaron a los chicos, le dijeron del otro lado del tubo. Los chicos eran Jorge y su esposa embarazada Stella Maris. ¿Quiénes? ¿A dónde? Se los llevaron. No había más respuestas. Solamente una búsqueda que apenas comenzaba.
En 1977, Alicia Zubasnabar de De la Cuadra, que por entonces también participaba de las rondas de las Madres, la convocó para formar un grupo especial centrado en buscar a los nietos desaparecidos. Caminaron en círculos pero hacia adelante, desafiando a la física y al terror, pero el coraje tuvo recompensa: desde entonces restituyeron la identidad de 130 nietos.
“Al principio éramos tres o cuatro madres, entre ellas Azucena Villaflor, frente a un banco, a metros de la pirámide de Plaza de Mayo. Cuando llegan los soldados a buscarnos, vienen con las armas largas en las manos. Tienen que circular, nos dicen, hay estado de sitio, no pueden estar paradas hablando. Empiecen a circular. Y nosotras nos tomamos del brazo y empezamos a circular. Pero no nos fuimos, circulamos en redondo. Ellos habrán pensando “las espantamos”. Pero no nos fuimos. Nadie se fue. Eso es historia”, recuerda Delia desde su departamento en el centro de Villa Ballester. Estamos en vísperas del Día Nacional de la Memoria, por la Verdad y la Justicia y en su casa reina un caos sereno de llamadas e invitaciones, como si a sus 96 años hubiera aprendido a domesticar el ruido.
¿Cómo recibís este nuevo 24 de marzo, el primero después de la cuarentena?
Este 24 no voy a ir a la plaza. Después de dos años de pandemia, la desconcentración para mí es un problema. Me agota. Todo lo que antes caminábamos, ya no lo podemos hacer. Prefiero sentirme útil desde casa, ahora ya no es nada, ya no gritamos, somos figuras en el escenario. Me siento más útil dando charlas en los colegios y todas las otras actividades. Yo quisiera que la gente entienda que ya no estamos para eso. Todo lo que tenga que ver con contar nuestra historia, me atrae más. Prefiero contar lo que he vivido, ¿me entendés? Soy la memoria viva. Pero no tiene sentido que gente grande como nosotras vaya a la plaza. A todas nos cuesta mucho.
¿No sentís que la gente las estará esperando?
La plaza llena es emocionante. Y sí, nos piden, nos convocan. Sé que la gente piensa que si vamos todo va estar mejor.
Es por lo que representan, Delia…
Sí, lo entiendo, pero nosotras estamos más allá de todo eso porque no somos nada del otro mundo. Yo soy exactamente igual que los demás. Hice exactamente lo que hubieras hecho vos, lo que hubiera hecho tu madre. Toda madre saldría a buscar a su hijo si se lo llevaran. Nosotras tuvimos suerte de seguir y poder resistir, suerte de no morirnos. Yo siempre digo que estoy en peligro de extinción. En algún momento tendré que decir “listo, me voy”, no tengo apuro ni nadie me apresura, pero lo sé.
…
El 5 de noviembre de 2015 no fue un día más para Delia. Después de 39 años, las Abuelas de Plaza de Mayo encontraron a su nieto Martín, hijo de Jorge Ogando y Stella Maris Montesano. Se había presentado en marzo de ese año para dejar una muestra de sangre en el Banco Nacional de Datos Genéticos. La ciencia y la esperanza hicieron el resto.
Radicado en Estados Unidos desde el 2000 y padre de familia, Martín viaja con frecuencia a Buenos Aires para disfrutar de su abuela. La historia quiso que no pudiera reencontrarse con su única hermana, Virginia, que se quitó la vida en 2011 luego de llevar adelante una implacable búsqueda por identificarlo y por sostener a Delia de pie.



“Ahí están mi nieto, mi nuera y mi hijo. Y Virginia, mi nieta. Ésa sería mi familia si no hubiera ocurrido lo que ocurrió. Ésa es mi familia que no pudo ser”, dice y señala un cuadro que emerge hacia nosotros desde la pared principal del living. Su hijo Jorge y su esposa figuran de perfil sobre el margen izquierdo, a su lado, los hermanos Virginia y Martín miran al frente atravesando el tiempo y sobre el otro extremo, con las manos recogidas de felicidad, Delia sonríe. El cuadro de la familia que no pudo ser, a la que no le dejaron ser. Acaso un recordatorio. Acaso un amuleto contra la historia.
¿Cómo es tu relación con Martín?
Mi nieto vive en Estados Unidos y recién volverá a mediados de abril. Viene, me saca a pasear y compartimos, pero tampoco puedo aferrarme a él, tiene una familia y tiene una juventud.
Siempre volvés a la palabra juventud: ¿ahí está la esperanza de la búsqueda?
Mirá, te cuento: ayer (por el 10 de marzo) visité la Universidad de San Martín, que tiene una población de más de 25 mil jóvenes estudiantes. Es justamente la gente que nosotros convocamos porque tienen la edad de nuestros nietos. Esa generación que buscamos está ahí. Encontramos 130 nietos, pero no es nada, faltan 350, son muchos más los que faltan. Hay que continuar convocando a la gente joven.
…
Como con Estela de Carlotto o Norita Cortiñas, la palabra de Delia es patrimonio del pueblo. Y no hay semana en que no la reclamen. A sus 96 años sorprende con una lucidez extraordinaria, como si la memoria le hubiera otorgado también un talento para el presente. Maneja redes sociales y aplicaciones de mensajería celular, responde sin
dilaciones y se agenda cada entrevista o acto a la que la convocan. En una hoja manuscrita nos enseña los más de quince compromisos que ya tiene confirmados para marzo, entre entrevistas, charlas y conferencias. Varias de esas citas tendrán lugar en San Martín, donde el Municipio organizó un ciclo de actividades, encuentros y muestras del 15 al 26 de marzo para reflexionar sobre el golpe cívico-militar de 1976.
La relación de Delia con el partido de San Martín parece arraigarse más y más cada año. Su nombre, geografía ineludible de la cultura local, ya empieza a emerger entre calles e instituciones. En marzo de 2019, Gabriel Katopodis inauguró el Centro de Cuidado Infantil “Delia Giovanola”, que brinda asistencia integral a chicos de los barrios 9 de Julio y Villa Lanzone. En 2021 fue el turno de la Universidad Nacional de San Martín, que le otorgó el título de doctora Honoris Causa a la Abuela de Plaza de Mayo que desde hace más de cuarenta años educa en memoria al territorio.


Aunque seas platense de nacimiento, ya te consideramos una sanmartinense más. ¿Cómo es tu vínculo con el partido y los barrios?
Sigo siendo platense porque nací en la prehistoria de la ciudad de la Plata. Mi abuelo, que era inglesito, vino de Milán para construir la Plata. Pero yo vivo acá desde 1968 y hoy me siento muy querida, muy reconocida y muy valorada, más de lo que yo me lo creo incluso. A veces hasta se acerca gente grande que me dice “Ahora sos mi abuela”. Es lindo sentirte mimado, aunque me haga la que no, es lindo que te cuiden. Con decirte que el otro día llegó una caravana de autos desde el Pozo de Banfield, a la que se agregó la gente de San Martín, para hacerme una serenata acá.
¿Y con la política local y nacional cómo te llevás? Porque en San Martín desde hace años gobierna el Peronismo…
Jamás me escucharán hablar de política partidaria, en 45 años de lucha jamás hablé de política partidaria. Y lo digo antes de empezar cada acto: “no me pregunten”. Yo no nací Madre de Plaza de Mayo, no nací Abuela; fui Madre porque se llevaron a mi hijo y soy Abuela porque se llevaron a mi nuera embarazada. A mí la vida me colocó en este lugar, no lo elegí y lo vengo haciendo desde entonces. Pero nunca hablé de política. Es mi forma de difundir y de hablar.
¿Desde el principio fue así?
En mi época no éramos políticas, no existía la política para las mujeres. Ahora los jóvenes tienen actividades partidarias y es lógico porque están viviendo todo eso que hemos ido sembrando a lo largo de una vida y ahora lo están recogiendo y, ustedes, los jóvenes, se han convertido sin buscarlo y sin quererlo en nuestros seguidores. Pero los derechos humanos no existían en nuestra época. Yo nunca fui peronista pero me tocó ser maestra cuando falleció Eva Perón y debí llevar el luto sobre el delantal blanco.
¿Y con el kirchnerismo fue distinto?
¿Te acordás cuando asumió Néstor Kirchner? Yo estaba al lado de él, codo a codo, cuando hizo bajar el cuadro de (Jorge Rafael) Videla. Y a partir de ahí lo voté a él sin ser política. Era un gesto que para una madre era importantísimo. Nosotros ya estábamos desde hace más de treinta años y seguíamos teniendo miedo. Lo voté a Kirchner y la voté a Cristina (Fernández de Kirchner) sin ser peronista ni kirchnerista. Ahora todo está complicado, no hay suficiente apoyo. Y el que apoya no lo hace como debe. Pero lo nuestro no es conocimiento sobre política, lo nuestro es vida y experiencia.
¿Siempre sostuvieron esa posición con las Abuelas?
Las Abuelas nunca debió ser algo partidario. Es el Estado el que debe cuidar a los derechos humanos, no los derechos humanos al Estado. Es el Estado el que tiene que cuidar y apoyar. No tenemos por qué cuidar a un partido. Es al revés.
¿Y ahora, Delia…? Después de 46 años de militancia y búsqueda, ¿hacia dónde mirás?
Tenía 50 años cuando sostenía el cartel que decía “¿Dónde está mi nieto?”. Éramos jóvenes y pasamos una vida haciendo eso, una vida haciendo lo mismo. No cambia la manera de ser, pero es inevitable pensar el antes y el después. Éramos tan poquitas antes y ahora ver a la plaza llena emociona.
Creo que cumplí con la promesa que le hice a mi hijo cuando se lo llevaron. Hice la promesa de buscarlo a él y a mi nuera. Cumplí la promesa y los busqué, aunque continúan siendo desaparecidos. Es una pendiente. Pero sí encontré a su hijo, él ahora sabe quién es, recuperó su identidad: se llama Diego Martín Ogando, hijo de Jorge y Stella Maris.


