CASA MARABUNTA: NINGUNA COMPAÑERA SOBRA

 

Así funciona el primer espacio comunitario convivencial del partido de San Martín para mujeres,
lesbianas, travestis y trans que atraviesan situaciones de consumo problemático.

 

 

Texto: Emmanuel Lorenzo

Fotografías: Casa Marabunta

 

 

“Ni las organizaciones sociales ni el Estado pueden abordar en soledad el consumo problemático”. Este paradigma es la hoja de ruta para comprender la identidad de La Marabunta, la primera casa comunitaria convivencial del partido de San Martín para mujeres, lesbianas, travestis y trans que atraviesan situaciones de consumo problemático de sustancias.

 

En rigor, La Marabunta fue inaugurada el pasado 30 de septiembre a través de un breve acto que contó con la presencia de la secretaria de Políticas Integrales sobre Drogas de la Nación Argentina, Gabriela Torres, y el intendente de San Martín, Fernando Moreira. Tras las formalidades del caso, Torres manifestó que “desde Sedronar hemos aprendido que con los problemas de consumo es muy necesario acompañar toda la vida, con tratamiento
psicológico, con restablecimiento de lazos, con entusiasmarse con algo en la vida de nuevo, con volver a entablar entornos afectivos. Y eso no es posible si nosotros no estamos en los territorios”. La Casa Marabunta ya forma parte de la red de 50 establecimientos de alojamiento distribuidos a lo largo del mapa argentino, aunque es la primera localizada en el partido de Gral. San Martín.

 

Pero el recorrido de las organizaciones sociales que llevan adelante el espacio comenzó años atrás en Costa Esperanza, en la localidad de José León Suárez. “Teníamos un dispositivo de prevención en consumo llamado Kuña Guapa, donde empezamos con esta población por una decisión política: su consumo está invisibilizado por el estigma que recae sobre nosotras. Si sos consumidora, sos mala madre, mala hija, sos un desastre; cosa que a
los varones no les pasa, nunca se pone en discusión su rol de cuidado hacia sus hijxs”, interpela Manuela Orellano, la coordinadora de La Marabunta.

 

La apertura fue posible gracias a un acuerdo firmado por la Iglesia Evangélica Luterana Unida –propietaria del espacio edilicio en Villa Lynch− y la propia Sedronar (Secretaría de Políticas Integrales sobre Drogas de la Nación Argentina).

 

La creación de espacios de tránsito y acogida que den lugar a este grupo específico es clave: a menudo las mujeres y la población LGBTIQ+ son invisibilizadxs de las estadísticas nacionales y regionales en relación al consumo problemático de sustancias a raíz del rol social y las obligaciones que todavía se atribuyen a la mujer. Las sanciones morales que la sociedad impone sobre las mujeres han minimizado su presencia en los márgenes que trabajan las agencias estatales, lo que proporcionalmente reduce la cantidad de políticas públicas emanadas específicamente hacia esa comunidad. “Hay una política de Estado que está dirigida hacia varones, hay muy pocos espacios mixtos y escasos que sean para mujeres travestis y trans, y muchos menos para quienes tienen hijxs”, amplía Manuela.

 

La casa tiene la capacidad para acoger a veinte mujeres, lesbianas, travestis y trans junto a sus hijxs. Ya sea permaneciendo durante varias semanas o de forma ambulatoria, las compañeras reciben el acompañamiento de un equipo multidisciplinario de psicólogas y promotoras a la par que cursan talleres de oficios y artísticos, además de contar con una huerta comunitaria y una biblio-ludoteca, una cocina equipada y otros espacios comunes a su disposición.

 

Que las puertas permanezcan abiertas para todas las identidades disidentes es clave en un país en el que las personas transgénero todavía tienen una expectativa de vida que no supera los 40 años.

 

Nadie como Lohana Berkins pudo narrar con tanta furia y ternura el empoderamiento trans de la pasada década, aunque todavía queda un amplio territorio de derechos por conquistar: “Muchos son los triunfos que obtuvimos en estos años. Ahora es tiempo de resistir, de luchar por su continuidad. El tiempo de la revolución es ahora, porque a la cárcel no volvemos nunca más. Estoy convencida de que el motor de cambio es el amor. El amor que nos negaron es nuestro impulso para cambiar el mundo. Todos los golpes y el desprecio que sufrí no se comparan con el amor infinito que me rodea en estos momentos”, escribía de puño y letra en 2016.

 

Las palabras de Lohana hacen inmediato eco en las de Manuela, que enfatiza que La Marabunta no trabaja bajo una línea punitivista del consumo ni tipifica como “enfermas” a las mujeres que llegan padeciendo situaciones de adicción: “Cuando estábamos en el Kuña recibíamos compañeras que habían atravesado procesos en otros  dispositivos estatales o privados, pero habían sido nefastos porque trabajan con métodos que rozan los mecanismos de tortura, como impedirles hablar entre ellas, limitar las salidas o la obligación de permanecer durante uno o dos años. Nosotras lo planteamos amorosamente, garantizamos derechos y trabajamos en diálogo constante con la comunidad. No manejamos una línea abstencionista: somos muy respetuosas si la compañera prefiere seguir consumiendo, pero intentamos que, si se repite, ese consumo sea más cuidado, que no la encuentre en una situación tan vulnerable”.

 

La Marabunta toma como base operativa a la casona de Villa Lynch, pero su red de articulación se extiende a través de organizaciones sociales y dispositivos a lo largo de San Martín y del barrio donde viva cada compañera. El carácter entramado de la estrategia tiene como propósito que al momento de regresar a su entorno de residencia, las compañeras se sientan contenidas y logren un proceso de reinserción ordenado.

 

En este sentido, Manuela explica que el trabajo en red facilita el seguimiento de las mujeres, tanto de forma previa a su llegada a la casa como posteriormente: “Acompañamos todo el trayecto. Es una mirada comunitaria integral: las compañeras no son cosas que pasan”.

 

“Nosotras no tenemos recetas ni respuestas, pero estamos convencidas de que el abordaje es comunitario e integral. Nadie sale del consumo solx, nadie puede estar bien sin trabajo, salud y una red afectiva. Y esto es imposible pensarlo sin la comunidad, sin la salita, sin la cooperativa, los centros culturales y las escuelas”, insiste Manuela. La Marabunta no da respuestas, pero abre un espacio para la construcción de preguntas que promuevan la autonomía de las compañeras y les ayuden a pensar qué proyecto de vida desean.

 

Sabemos que nadie se salva solx; quizás sea hora de comprender que tampoco el Estado puede asistirnos en soledad. “Se trata de tejer una red territorial. Estamos convencidas de que es por ahí y celebramos que sean las organizaciones sociales las que construyan una alternativa. Queremos que se multipliquen estos espacios”, apunta Manuela. No hay respuestas ni recetas, acaso sólo una pregunta que se abre a una salida comunitaria,
integral y transfeminista.

 

 

 

 

 

 

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