
Conversación con Marcela Guerra sobre la Cosmovisión Andina
Texto: Agustín Llorca, Héctor Serres y Valeria Caamaño
Ilustración: Sofía Chaskita
Fotografía: Gabriela Sorbi
¿Cómo es un día cotidiano tuyo?
Los rituales para mí son muy importantes. Lo primero que tengo que hacer yo es conectarme con la tierra y con el sol. Fundamental. Despertarme, saber que estoy viva y que estoy sobre otro ser viviente, que es la tierra y un sol que me sostiene desde arriba. Y eso es un pensamiento diferente en los originarios, porque nosotros crecemos sin la seguridad de que sale el sol. Eso lo marcan las ceremonias, lo que le falta a veces, me parece, a la persona que vive en una ciudad, son las ceremonias, porque las ceremonias te arman un movimiento en la estructura de pensamiento. Entonces, como nosotros estamos siempre esperando el día de la fiesta del sol, que es cuando sabemos que vuelve su ciclo completo, cada día, nadie nos asegura que sale el sol. Vos no te acostás con la certeza de que el sol va a salir. Entonces a la mañana cuando ves el sol es una alegría que te da. Ni siquiera es que yo salgo y me siento a recibir el sol, no. Eso es una ceremonia una vez al año. Es ponerme en la ventana que da al pajonal, allá por donde sale el sol y saludar al sol. Es muy sencillo. Y en ese mientras tanto es que voy a preparar el agua… Bueno, ves, el agua es un ser vivo. Lo tenemos que saludar. A mí me lleva un buen tiempo. Yo saludo a la la lechuza que tengo ahí adentro que es mi guardiana (en la cocina). Es saludar cada cosa que tenés, que habita con vos, esa es la idea. Yo no los llamo códigos porque no los aprendí como códigos. Hoy los llaman códigos, los famosos códigos andinos, que relatan parte de nuestra vida y es una forma de transmitir a gente de la ciudad. Y el primero es la existencia. Salir a reconocer la existencia de todo. Ese álamo es un ser vivo que tiene una forma, que habla de determinada manera. Cada planta, cada animal. Se saluda a cada animal. Es eso. Tal vez no saludás tanto a los humanos como al resto de los seres.
Cuando te vas a dormir, ¿no tenés la certeza que al otro día vaya a salir el sol?
No. Si no hay algo que lo convoque al sol, y somos todos los que a la mañana lo saludamos, puede no volver el sol. A mí ningún científico me puede asegurar nada, porque un día algo sale de la estructura y cae la tierra.
Y cuando te despertás, ¿te despertás con despertador?
No, acá no. Salvo que tuviera algo como hoy (un taller), por ejemplo, que la gente desde las 6 ya me empieza a mandar mensajes, porque no llega o porque no se acuerda o cosas así. Ahí sí me pongo el despertador para ir respondiendo, pero si no no lo pongo. Acá me despiertan los sonidos de los animales, porque tienen hambre, porque se están correteando, porque están nadando. Siempre esos sonidos son los que te van a despertar.
¿Y la duda es realmente que no salga el sol o que nosotros no pasemos la noche?
No, que no salga el sol. No pasaría nada si yo no paso la noche, estaría en otro lado. Pero si no saliera el sol, se complejizaría la vida. ¿Cómo hago yo sin el sol? Porque vos no estás pensando solamente en tu vida, estás pensando en la vida del árbol, en la vida del sembrado, en la vida de los animales. Y no es miedo, es una duda. Es algo que no es certero y que yo agradezco cuando veo que el sol me reconoce otra vez. El sol no está dando la vuelta porque sí, me está reconociendo como un ser vivo. Es como la luna. ¿Por qué las mujeres ciclamos con la luna? Porque la luna nos reconoce a nosotras y nosotras la reconocemos. Hay algunas mujeres que llegan a trabajar su útero y les digo:
– Mirá, vamos a tener que empezar a mirar la luna. ¿Vos mirás la luna?
– No.
– ¿Hoy en qué luna estamos?
– No sé.
– ¿Nunca mirás la luna?
– No.
– Entonces la luna no existe para vos. ¿De qué ciclicidad estamos hablando?, ¿con qué ciclás? Con un calendario gregoriano entonces.
Y vamos aprendiendo. Llega un momento que ya el sangrado no lo llevamos por el calendario, lo llevamos por la luna. Ahí le diste existencia a la luna. Ahí la luna existe en tu realidad. Y vos existís en la realidad de ella. Ahí le podés pedir algo. No cuando te fuiste a pescar y había una luna llena y te encantó. Ahí no. La luna te dice: “No, acá se necesita laburo”.
¿Cómo sigue el día?
Y acá es totalmente diferente porque acá tenés una prioridad que son los animales que tenés que ver que estén todos, que estén todos bien, tenés que prepararles la comida para darle, tenés que ponerles agua, hay animales que soltamos por ejemplo. Yo tengo que regar porque si regué a la mitad la noche, acá se riega mitad a la noche y mitad de día, entonces a la mañana tengo que regar,
es otra las dinámicas. Y sí que en el medio estoy con el teléfono, yo tengo millones de alumnos. Que me mandan “Marcela me duele la cabeza” o “Marcela se me paspó el upite” y yo voy contestando. Yo contesto, entonces ando con el teléfono, a veces lo llevamos al corral. Y si estuviera viviendo en Martinez, estaría más abocada a atender las necesidades de lo que las personas requieren. Y también viajo mucho. Tampoco estoy tanto. Estoy moviendome permanentemente. Me voy a Córdoba, a Salta, a Bahía Blanca, Mar del Plata, Rosario.
¿Hacés más talleres cuando estás en Martínez?
En cantidad no. Porque acá hago también algunos en forma virtual. Pero acá aprovecho mucho más el tiempo. Y también la cuestión virtual nos da mucho más tiempo. Igual yo en Martinez, tengo gallinas, plantas, perros; también me ocupo de eso.
¿Qué sería conectar?
Es cambiar la mirada. Cuando vos te conectás con la tierra, hay un montón de cosas que se empiezan a despertar que vos antes no considerabas. Vos por ahí estás con la computadora, y empieza a correr viento y ya te conectaste con otra armonía. Y eso yo lo compruebo con la gente que empieza los talleres, que viviendo en un departamento en la ciudad, empiezan a tener relación con un montón de cosas que antes no consideraban. Por ejemplo, en el círculo de mujeres, en el primer encuentro trabajamos con algo que se llama la guiguia, que es como un manto, como una pashmina; yo las hago consagrar y un trabajo con la luna. La guiguia como manto, es el mismo manto que le ven a la virgen y es un manto que está en las cosmovisiones de todo el mundo, en todo el mundo las mujeres han usado manto, en la cabeza, en los hombros, etc. Siempre existió el manto, incluso en las ciudades, le llamaban las mañanitas, pero es una tela. Pero cuando uno empieza a conectarse con el mundo sutil, con una mirada más amplia, deja de ser solamente una tela. Las cosas empiezan a tener otra energía. Y eso lo crea uno. ¿Qué es la sanación? La sanación es modificar la energía. ¿Que modifica la energía? La persona. El otro guía, acompaña, activa, ese movimiento. Entonces creo que cualquiera puede tener esta forma de vida, hablando de lo vibracional; en la medida en que se conecta con el mundo sutil y creo que la ciudad te lleva a la experiencia de vida cerrada de lo material y te olvidas de lo sutil. Te olvidás que si te golpeaste y viene un ser y te pone la mano encima es posible que te cure. ¿Por qué? Porque lo primero que haces es agarrar una crema antiinflamatoria y te la pasaste. No preguntaste “¿hay una mujer que cura en este barrio?”. No preguntaste eso. Entonces también eso se hace cotidiano. Cómo se hace cotidiano que vos me digas “me duele el ojo” y yo te diga “pará que busco un yuyo”. Es lo mismo.
¿Qué desayunás? ¿Hay diferencias en eso?
Hay diferencias porque como yo doy ruedas de plantas, trabajo mucho con las plantas. Entonces yo tomo primero limón, porque me gusta limpiar mi intestino, hago una especie de ayuno intermitente, qué tiene que ver con no consumir nada sólido hasta el mediodía. Entonces tomo mate, tomo una infusión, yo me hago un litro de infusión de planta por día.
Y la elección de esas plantas ¿de qué depende?, ¿de cómo te sentís vos o de la época del año?
Si, hay un poco de todo. Porque en este momento por ejemplo (fin de febrero) nosotros ya empezamos a trabajar con plantas por un lado desparasitarias, porque vamos a cambiar de ciclo, estamos por entrar al otoño. Hay que desparasitarse, nos desparasitamos dos veces al año.
¿Con qué?
Y con lo que tengas, puede ser artemisa, paico, suiko, aguaribay que acá hay mucho, cualquiera de esas, ajo también puede ser.
También tomamos más cerca de la llegada del otoño ambay, para fortalecer el sistema respiratorio. Pero aparte vos tenés que ver cómo estás, en realidad con todo esto que está pasando, el coronavirus, yo sugiero que se trabaje con uña de gato o equinacea para levantar defensas. En esta época hay que trabajar con alguna de esas para levantar defensas porque lo peor es el miedo. La gente tiene mucho miedo que cuando vuelva frío se enferme, entonces primero levantar defensas y después trabajar con la planta para pulmones.
Respecto a la alimentación, en la ciudad lo más fácil y accesible es acudir a la harina blanca, fideos, pan, etc. ¿El maíz fue en la época precolombina la base de la alimentación?
Sí, el maíz es la base de la alimentación de todos los pueblos del abya yala en cualquiera de sus formatos. Y en lo que va variando es el tipo de maíz que se utiliza y el tipo de preparación que se utiliza. Pero aparte de esto que yo digo que para mí lo más diferente en mí es la mañana, después sí como harina blanca, tengo mi hija que es chica y compramos papas fritas. No es que no tenga ese tipo de alimentación. Nosotros comemos mucha carne y eso sí es andino. Una de las cosas que explico en los talleres cuando trabajamos con cuero, es que nosotros no creemos en la matanza de animales, sino en la ofrenda. Y cuando se ofrenda ofrenda todo, se ofrenda el cuero, ofrenda la carne, todo. Es un concepto diferente de la muerte. No obviamente la crianza para la matanza. Porque yo les cuento, que cuando ellas utilizan el cuero, el cuero que usan es un cuero que viene de Salta, de una familiar mía que se llama la chivera; que ella los cría, los chivos tienen tropas y ella va ofrendando. Cuando el animal está listo, se comunica con ella, está listo para la ofrenda y se usa todo no habría posibilidad de no usar la carne. Sería como una falta de respeto al animal.
¿Vos consumís carne de frigorífico?
Sí, como carne de frigorífico. Yo no como los chivos. Porque cuando está chivera qué es quién me provee los chivos, que me va enseñando todo eso, no me habilitó para hacer ofrenda de chivo, me habilitó para criar los chivos. Yo tengo que criarlos, cuidarlos, darles de comer, porque por otro lado yo estoy usando ese cuero. Entonces la forma de la reciprocidad, el ayni como le llamamos nosotros es, bueno así como yo uso el cuero, también los cuido, les doy de comer. Esa es la reciprocidad. En algún momento ella me habilitará para poder hacer ofrenda. Mi marido por ejemplo, que no es andino, come carne pero no quiere comer a los bichos que viven acá. Nosotros no comemos las gallinas que viven acá, solamente los huevos. Recién ahora, a una gallina que no sabemos de qué se murió la revisamos toda y no tenía nada (que si fuera una peste se hubieran muerto más de una) y yo le dije “¿la pelo?”. Porque degollar a un animal, no. Hasta ahora los que se morían los teníamos que ofrendar a la tierra y yo decía: “No está bien”. No está bien cuando el animal se te ofrenda, porque si no se te ofrenda, se va a morir al monte y vos no lo ves. Pero si se te murió ahí, las plumas son tuyas, la carne es tuya, los huesos son tuyos. Pero bueno, a él le costó entender eso.
Otra cosa de la que nos gustaría preguntarte, son cuestiones referidas a la actividad física. Al menos yo (Agustín), desde mi experiencia, relaciono a la actividad física con el deporte competitivo o la educación física para satisfacer esas necesidades naturales de movimiento que tiene el cuerpo; yo me doy cuenta que cuando estoy más sedentario no me siento tan bien. Pero no encontré o no tuve voluntad de buscar formas de movimiento fuera de ese circuito donde o es para lo competitivo o es para para algo más estético en un gimnasio ¿no? Desde la cosmovisión andina ¿cómo transita esto?
Y lo que pasa es que por acá por eso es un poco más difícil, pero cuando vos estás viviendo en la quebrada o en los valles se camina mucho, se anda mucho. No necesitas mucha actividad física.
¿Levantar leña o cosechar vendrían a ser las actividades físicas?
Claro, no necesitas hacer específicamente actividad física. Vos fijate que cuando vos vivís en la isla, empieza a haber todo eso también, lo que no tenés es la distancia, eso yo a veces extraño un poco la distancia, no tenés grandes trayectos. Pero si tenés, que cortar leña, tenés que subirla, yo todo lo que compro tengo que subirlo al bote allá (en continente), bajarlo del bote acá (en su casa). Y eso te lleva a una actividad física. Sí el tema la distancia, si bien no me complejiza; veo gente que no puede vivir en la isla por el hecho de que no ve el más allá digamos, como que se le termina ahí, y a mí no me pone mal eso, pero sí siento que a veces falta el poder caminar. Sí puedo remar, ahora estamos remando más, pero te falta un cachito. El remo te deja la parte de abajo inmóvil, pero empezamos a hacer trayectos más largos; cómo habitar más el agua desde ese lugar. Sí nosotros nos metemos mucho al agua, nadamos a cada rato. Como que se transforma. Y yo creo que el ser humano se adapta fácilmente, yo podría volver a vivir en la montaña, vivir en lo seco de tilcara, me adapto y como que voy encontrando qué tiene de positivo ese lugar donde estoy viviendo.
Como que el diálogo con la naturaleza te demanda ese movimiento físico.
Y si, porque es natural. ¿Por qué dejás el gimnasio? Porque no es natural. Ahora cuando vos te acostumbras a ir a buscar las flores a 200 metros, los membrillos a 100, la leña… es orgánico. No estás pensando en cuánto estás caminando o en cuántas horas tendrías que caminar. Estás pensando en ir a buscar eso que necesitás.
¿Y te acordás juegos físicos de cuando eras chica?
Jugaba mucho con el barro. Es muy común a la orilla del río jugar a eso. A hacer charcos de barro y jugar con eso. Pero de meternos en el barro, no de chapotear con las patitas, no. Se hunden en el barro.

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¿Querés seguir leyendo la Conversa? En 2 semanas sale la continuación de esta Conversa sobre la cosmovisión andina. Mientras podés leer la Conversa anterior: Rituales
Cosmovisión Andina es una serie de conversaciones con Marcela Guerra que nos gustaría seguir publicando. Contale de estas conversas a alguien o podés apoyarnos tocando estas palabras
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