AIRE Y AGUA – Agus Castro

 

Flotamos por la vida como una hoja de laurel que flota en los arroyos del Delta. A veces por el centro, acaudalados, empujados por los vientos y cargados por las lluvias cálidas del trópico. Otras cargados de dudas, más bajos, nos refugiamos en el anchuroso margen de la incertidumbre. Somos capaces de destruir de un soplido con la misma fuerza con la que construimos. Y de los escombros hacernos más fuertes. De abandonarlo todo para jugarnos la vida con ascendencia en una certeza, aunque esta sea la más inútil de las certezas. Agustina Castro, artista del conurbano norte, mujer madre escorpiana, transita ese camino hace varios años. Con el cuerpo. En su vida las cosas nunca están quietas porque es la emoción, la terrible emoción, la figura de su sombra, el color de su tela. Se hace cargo de las transformaciones, y con esa energía alienta y multiplica las manos y las piernas que se atreven a subir más alto para despegarse de la tierra por un rato y sentirse más cerca del cielo. Flotando. Ululando. Vive con intensidad cada momento de insaciable inquietud escénica. Menos de un metro sesenta, miles de kilómetros de viajes. Aire y Agua, porque en la tierra las cosas nunca están quietas y nos emociona verlas subir.

 

 

 

Texto y foto de portada: Timbó.

 

 

 

Muchas personas vinculadas al circo y a la acrobacia en Zona Norte te nombran como referente. ¿Por qué pensás que sucede eso?

Me genera un abrazo inmenso a mi ego. Seguramente me mencionaron porque en un momento de mi vida sentí la necesidad de compartir una información que a mí me estaba abriendo muchas puertas.

 

¿Cómo te formaste?, ¿cómo llegaste a ser multiplicadora?

Hace poco hice una residencia en el Vicente López en escena que hablaba de la identidad. Nos pidieron que llevemos dos fotos, y yo llevé una bailando en El Lago de los Cisnes siendo ya una mujercita, que es muy tarde. Lo disfrutaba mucho, prepararme veinte trajes para estar en todos los numeritos de la función, poder bailar y compartir ese amor a la danza. Cuando me quise profesionalizar, me di cuenta que estaba completamente desfasada. Para el ballet era imposible, para estar en un cuerpo de danza profesional es recomendable medir más de un metro sesenta. Si sos chiquita y graciosa y tenés muchas ganas de bailar, que era el estado en que llegué yo, ni te miran. Venía de ser la que más bailes hacía en lo de Ani Miranda, que fue mi gran maestra espiritual. Fue muy duro porque a la vez tenía todo el formato de que había que estudiar una carrera. Yo iba a dos colegios, uno de turno mañana y otro de turno tarde, después me metí en el CBC, pero no funcionó. Todo ese año intenté entrar en el mercado de Capital y me acuerdo de ir a una audición de Comedia Musical de Pepe Cibrián y el chabón nos decía: “Bueno, tenés que hacer de prostituta”. Yo fui muy naíf, tenía 19 años. Quedó la bailarina que menos pensaba que iba a quedar. Me sentí muy «pichi» de vida, me faltaba realmente astucia para estar ahí. Después empecé a estudiar danza jazz con una mina que era «top» en el momento y yo me di cuenta que estaba en otro plano personal. Y eso hizo que no me sienta parte. El mundo más avanzado escénico era resexual y yo estaba en otra instancia, me quedó el registro de que era imposible para mí en mi realidad física, y que mi formación no era tan alta como pensaba.

 

¿Cuál fue la segunda foto de la residencia?

La segunda era yo volando con un chabón en Montañitas, Ecuador, en mi primer viaje de mochilas con unas amigas. Ahí ví por primera vez a una persona haciendo acrobacia en la calle. Se revoleaban, se trepaban en la estructura. Después nos hicimos amigos, nos conocimos, y el chabón me agarró y me hizo volar. Eso me abrió otra puerta artística. Cuando volví a Buenos Aires, me enteré que una muy amiga mía se había suicidado. Se juntaron todos en mi casa para contarme, mis amigas y mi mamá. Yo les contaba que me lavaba el pelo con huevo, que no me depilaba más, y de repente me dijeron eso. Era imposible, no entraba en mi cabeza. Para mí ese momento fue un despertar enorme, yo pensaba que le iba a pasar a ella toda esa data que me estaba atravesando, pero no estaba más… Ahí medio que el circo me salvó porque encontré un espacio vital que necesitaba vivir. Me metí en el Rojas. Me acuerdo que también vi en una varieté en el Criollo a dos pibas que se subían a una tela, hacían una coreografía juntas, y la sensación era: “No necesito medir un metro ochenta”. Posta fue: “Ahí no voy a quedar petiza” y me puse a hacer tela.

 

 

 

 

 

 

De alguna manera fue hacerse cargo de lo que te estaba pasando internamente.

Totalmente. Al poco tiempo me fui a Chile con la tela. Pasaba la gorra y la flasheé “Puedo vivir de lo que amo”. Cuando volví a los dos meses, me di cuenta que nadie hacía esto en Zona Norte. Me salió esa inteligencia económica de empezar con clases de tela, no había dudas de que eso iba a funcionar. Ahí estaba esa necesidad de compartir, de poner esa semilla, de multiplicar. Empecé a golpear puertas de distintos espacios y la gente no sabía qué era acrobacia en tela. Fui a un lugar en Olivos, que tenían unas súpervigas de madera y me decía que se le caía el techo si me colgaba. Les asustaba. Finalmente llegué al LyF, que se recoparon. Estaba Celina Alegría. Arranqué con acrobacia aérea en tela en 2002.

 

Plena Crisis.

Sí, había una energía impresionante. Por eso también me parece groso este momento que todos estamos contagiados por el enojo, viendo lo que se hace mal. Creo que si en este momento nos focalizamos y nos hacemos cargo de lo que queremos ser, está todo listo para que suceda. Porque no estamos tranquilos.

 

En el LyF fue donde terminó de explotar.

Fue una bomba. Muy loco, había lista de espera. En ese momento yo ganaba mucha plata, como si ahora ganara 15 mil pesos por mes por dar tres clases semanales. Yo tenía 25 años, ganaba esa plata, me iba muy bien con lo que amaba. Paralelamente, estuve en el Circo de las artes, también haciendo Salpicón Pop con Nanu y Croneta, una compañía independiente con la que hacíamos funciones en la calle. Era mi época dorada. El Lyf dio la posibilidad de que se generen propuestas más contenidas escénicamente. En las muestras se podían armar delirios. Yo además estaba estudiando en eI IUNA, estaba recibiendo mucha data, la energía se movía todo el tiempo y no quedaba otra que moverla yo también. Eran todas esas cosas que se complementaban para que me vaya bien. Era imposible que me vaya mal. Trabajaba con entradas en calor con técnicas de yoga, subíamos a la tela con el método Muller de danza contemporánea. Tenía muchas ganas. Es importante tener ganas. Hoy son clases que no puedo sostener porque no estoy entrenando todo eso.

 

Y en el mejor momento, ¡te fuiste!

Me salió la escorpiana que derrumba todo y me fui. Tenía la energía muy puesta en el dar y necesitaba ver quién era yo como artista. Mi cuerpo tenía claro que la energía esa ya no estaba ahí. Mismo dejé el IUNA porque si quería seguir creciendo, eso me iba a dilatar, me tenía que ir a trabajar en una oficina para combinar los horarios. Si yo quería hacer mi proyecto paralelo, no coincidían los tiempos. Iba a aprender más haciendo que estudiando. También pasó que ahí nos separamos con Salpicón Pop después de una temporada (las temporadas siempre son difíciles). Entonces era: «O me deprimo o me replanteo cómo sigo en Buenos Aires». Esto pasó hace ya 10 años más o menos. Ahí fue cuando decidí irme a Europa. 

 

¿Y por qué a Europa?

Cuando venía la temporada alta, los artistas de circo que conocía se iban a Europa a hacer sus funciones y volvían en el verano y hacían su temporada acá. Yo lo veía increíble, me parecía la fórmula perfecta y quería estar ahí. Pero siempre sentía que no, que yo no, que yo soy del palo de la danza teatro… y en una dije: «Tengo 25 años, mi compañía se separó, se me vence el contrato de alquiler». Se me vino una frase: “Cuando una puerta se cierra, se abre una ventana” y era eso o quedarme mirando la puerta cerrada. Ahí se me prendió la luz: “Me puedo ir a Europa”. Tenía la guita, me estaba yendo bien, pero había que soltar todo. Y así fue que le dejé todas las clases a Ceci, que después se las dejó a Ari. Y me fui a buscarme como artista, literal. Me fui a París porque tenía a mi hermana viviendo allá hacía unos años. Quería dejar de ver de afuera algo que a mí me generaba admiración. Yo quería actuar. No me podía hacer la boluda con todo eso, me exigía, era muy crítica, no podía hacer cualquier cosa. En Europa no me conocía nadie y podía. Bueno, también mi vieja me seguía pagando la obra social y yo no entendía… estaba en una nube de pedos. Cuando la gente estaba yendo a las marchas, yo iba porque iba mi amiga.

 

 

 

 

 

 

¿Cómo fue esa experiencia?

En un principio me costó mucho. En París fue difícil y estuve como dos años con ese chip de sufrimiento cuando salía a la calle. Así empecé. Después viajé a Barcelona. Estaba muy expuesta a situaciones que no estaban tan buenas. Eran tantas las ganas que después me exponía a situaciones que terminaban siendo conflictivas o no tan positivas en lo inmediato. Era un poco encontrar la sensación de que esto que estaba buscando era que me entre el dinero laburando en escena. Haciendo lo que me gustaba. Empecé a hacer terraza (bares), me quedé en Barcelona, tenía una muy amiga ahí que me ayudaba. Barcelona era un remolino que siempre que caía ahí, me disparaba. En ese remolino conocía gente. Armé un numerito que hoy sigo usando. Hoy lo veo de afuera y digo era muy guerrera, con un nivel de certeza tremendo. En el momento tenía una duda gigante, pero hoy lo veo y era certeza. Hay algo que me lleva. Un día de crisis existencial, porque todo bien pero hacer seis terrazas por día con el mismo formato te la quema, una amiga me dice: “Estoy en Bélgica haciendo una residencia artística”. Me explica que estaba en un proyecto que se llamaba “Joven Proyecto Emergente», donde podías ir con tu proyecto de lo que querías crear o generar para clown, danza, teatro. Llego a la residencia y me dicen que lo modificaron. Yo no entendía nada pero quería hacerlo igual.  Ya no te ponían un director como tutor como le había pasado a mi amiga, y yo no conocía a nadie para que me dirija. Empecé un proyecto sola, sin tener formación teatral. Tenía una basecita pero no como para armar una obra. Trabajando me di cuenta que necesitaba otras cosas. Contrato a una directora, pido plata y de ese primer año salió Alfosina y el mar, que fue una de las cosas más profundas que hice en mi camino. Pude terminar el proceso de gestación, creación y funciona. Cada vez que la hago pasan cosas. Bailo. No tengo que hacer reír, solo tengo que estar en presente y concentrarme, mover el espacio y estar con el cuerpo disfrutando, gozoso. En esta obra se habla del suicidio, de poder salir de ese lugar y estar agobiada, de cuando no ves, cuando estás ahogado y sentís que no ves.

 

¿Y con Juanas Gaviotas?

Con Juanas me pasó algo parecido. La obra la hicimos en el Laboratorio escénico del año pasado. Sentí que fue una Alfonsina pero como directora, donde pude contar un poco la simpleza de las cosas que me atraviesan. Estaba inspirado en Juan Salvador Gaviota, que es un libro que cualquier persona intelectual o que estudia Letras diría que es básico. Quizás es un prejuicio, pero era hacerme cargo de algo que elijo yo. Entonces fue tranzar con esa Agustina inteligente e intelectual que en el fondo lee Juan Salvador Gaviota y le suma, le es transformador.

 

En vacaciones de invierno estuviste en varios espacios con Marilin Mambou. ¿Lo estás trabajando como infantil?

Marilin Mambou es la parte más delirio, locura, más el rulo de Agustina, que se complica, que es dubitativa, que es enroscada, que piensa todo veinte veces, que es insegura pero que después va. Una cosa muy compleja y muy fuerte, más desprolija, más cachivachera que Alfonsina y Juanas Gaviotas. Estoy tomando decisiones con respecto a si es o no un infantil. Marilin presenta varietés, me río, es mi “negocio” digamos. Es el producto que me dio de comer en Europa.

 

Subyace más tu personalidad.

A mí de chica mi viejo me decía «enana fachista». Y para mí siempre fue una gran carga esta necesidad de autoritarismo, de dar órdenes. Lo mejor que puede hacer un fachista autoritario es un artista escénico. Marilin Mambou es la Agustina fachista que necesita que la miren una vez por mes, riendo, existiendo, haciéndose la idiota.

 

IG: Marilin Mambou