MARTÍN, AFORTUNADAMENTE HOY LO CUENTO

 

 

 

 

Texto e Ilustración: Paula Aluap

 

 

 

 

 

Martín. Claro que sí. Recuerdo su nombre.

 

Eran las 4.30 am, siempre llegaba a esa hora los sábados. Había estado trabajando desde las 7 de la tarde en ese bar en el que solía trabajar. “El Taller”, así se llamaba. Ese fue el primer bar que se abrió en Plaza Serrano junto a Crónico. Ahí trabajaba yo desde 2007.

 

Ahora estábamos en 2009 y yo seguía trabajando ahí. Vivía en Florida Oeste, a un par de cuadras de la estación Florida. ¿La tenés? Sí. Esa. Bajaba del 41 en Mitre y caminaba unas cuadras hasta llegar a Alvear entre Francia e Italia. 3 años viví ahí y muchos años trabajé en el bar con intermitencias por viajes.

 

En fin, esa noche bajé del 41 y caminé por las sombras de la noche, siempre prefería caminar por las sombras para que si había alguien no me viera. Eran calles muy solitarias y si me llegaba a pasar algo no lo contaba. No me daba miedo, pero sí tenía estrategias. Una estrategia era llevar ropa suelta y de after bar, me la ponía al salir, pues esperaba el colectivo en Plaza Italia, que era otro lugar muy especial, y bajaba en la calle Yrigoyen para caminarla, cruzar las vías del tren y seguir caminando hasta casa. Muy peligroso, diría mi abuela, pero bueno, había que hacerlo, no tenía ni otro lugar donde vivir ni plata para pagar un remis o taxi todas las noches. Eso lo hacía cuando la intuición se ponía en rojísimo de DANGER.


Como decía, tenía estrategias. Tenía ropa particular muy poco sexy y más bien masculina y con capuchas que me ponía al salir del bar. Recuerdo un chaleco con capucha que me hacía sentir muy segura, como una capa invisible de superhéroe o algo así. También siempre separaba la plata y dejaba un cambio para dar, junto a cigarrillos en el bolsillo y bien a mano. Y, por otro lado, siempre me llevaba dos porroncitos de cerveza en la mochila por si algo surgía.

 

Vuelvo a la historia: Ésta noche era una noche como cualquier otra, eran las 4.30 hs y con la misma sensación de seguridad y vértigo que cada noche me abrazaba, ésta vez caminaba por las sombras contando los pasos, mirando el piso, jugando a esconderme en los árboles, con el silencio más silencioso de esa hora. La hora del negro más negro. Entre las 2.30 y las 4.30, ¿no?

 

Caminaba entonces en ese silencio y de repente escuché un eco en mis pasos. Al uno y dos, uno y dos, se le sumó un: un-un dos-dos a destiempo. Respirar profundo, diría mi amiga María de ese momento.
Cuando me di cuenta este pibe estaba atrás mío muy encima. Camisa blanca desabrochada al estilo Chayane o Ricky Martin, pelo corto, pantalones largos y creo que unos zapatos en los pies. Su pelo parecía con gel y no sé si estaría alcoholizado o drogado o simplemente ese era su estado natural.

 

Comenzó a perseguirme. Caminaba atrás mío a dos metros, a un metro, y cuando me di cuenta estaba encima. ¿Qué harías vos? Yo me paré, en un microsegundo pensé que quizá me pasaba y seguía su camino. La adrenalina dijo: NO. Sentí su presencia muy cerca y en el oído me dijo algo así como Te beso toda. A quien le haya sucedido algo así sabe de qué hablo, y seguramente sabe que en ese momento los sentidos se ponen en rojísimo y una especie de que todo se paraliza y todos los sentidos se ponen a flor de piel como un gato con pelos parados.

 

Yo me paré. Me paré con toda mi presencia del más allá y con la fuerza de una bomba por estallar, con toda la confianza de la tierra y lo miré. Lo miré a los ojos y con todo mi estado le dije: Hola, ¿Cómo te llamás? Efecto sorpresa. Así lo llamo. Se sorprendió. Obvio. Se lo repetí: ¿Cómo te llamas? Alejándolo, porque se me venía encima, así como cuando los pibes te avanzan sin tener en cuenta los centímetros de distancia que hacen al abuso y falta de respeto y límite. Avanzó y lo paré y le dije: 

 

— Pará, decime cómo te llamás. 

— Martín.

 

Martín, me dijo. Entonces le dije: Martín, ¿querés fumarte un cigarrillo? Dale, lo prendo, y prendí un cigarrillo. ¿Querés una cerveza? Y así, como quién saca una espada de poder, le puse en su mano un porrón de cerveza sin darle tiempo a pensar y sin darle tiempo a nada.


Su sorpresa creo que era más grande que la mía. Yo estaba en otro plano. No sé. Me salió eso. Le dije: Martín, estoy cansada, recién estoy volviendo de trabajar y quiero ir a dormir ya a mi casa. Ahí tenés una birra, dejame en paz y andá a dormir. Afortunadamente Martín no se puso violento, solo seguía avanzando pegajosamente sobre mí. Le volví a repetir, también en un tono muy tranquilo: Martín, recién salgo de trabajar, estoy muy cansada, me quiero ir a mi casa, dejame en paz. Y siguió avanzando. Entonces, cuando me di cuenta, estábamos casi en la puerta de mi casa. No me quedaba mucho lugar a donde ir. La noche seguía oscura. Estos momentos parece que duraran horas pero apenas si habrían pasado algunos minutos. Los minutos se hacen infinitos. Y los pasos se hacen larguísimos. Y mi casa ahí. Ahí detrás nuestro. Y yo jamás hubiera dicho que esa era mi casa. Seguí un poco más con este ser sobre mí hasta que me cansé y le dije: Está bien. Lo miré a los ojos y lo besé. Si. Va! Si puedo llamar a ese acto besar, porque la verdad fue como apoyar la boca en una pared para que me deje de molestar. No sé de repente hice eso y de repente lo separé de mí y le dije: Ya está! Ya tenés lo que querías. Ahora dejame en paz. El pibe se quedó boquiabierto y se fue. Y yo me fui para el otro lado. Y cuando doblé me metí corriendo en mi casa y no salí más. Me quedé espiando por la ventana del lado de adentro a ver si venía pero nunca volvió.

El otro día estaba hablando con un amigo y de repente le conté esta historia así al pasar y no podía creer. 

 

A veces siento que estas historias fueron videos o películas que nunca viví. Nunca las cuento. Obvio, ¿cómo voy a contar algo así? Lo cuento cuando ya entro muy en confianza. Ya casi que ni aparecen en mi memoria. Son sucesos como de la vida pasada. ¡Ya pasaron 14 años! Y el otro día hablaba con un amigo no sé de qué cosa y se apareció el nombre de este pibe y esas calles y la luz y los colores y todo eso asqueroso ahí. 

Afortunadamente hoy lo cuento.

 

 

 

 

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2 respuestas

  1. Un relato tremendo que me sorprendió, esa mezcla entre lo simple y lo inaudito que es cada día. Y por la tensión que vuelve a producirse en mi carne y sus memorias, renglón a renglón de lectura.
    Que arda maldito patriarcado.
    Celebrar la defensa intuitiva y la fuerza invisible que retorna en cada decisión que pudo ser tomada.

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