COMPOSTAR CIUDADES

 

 

 

Texto: Matías Lockhart

Ilustración: Marina Mantoan

 

 

 

Muchas historias comienzan a partir de una serie de preguntas que definen: “¿de dónde sos?, ¿qué estudiás?, ¿qué vas a ser/hacer por el resto de tu vida?”. En general se espera una respuesta concreta que regule y fije un determinado rumbo. A medida que crecí fui encontrando supuestos escalones de donde impulsarme para seguir. Fui aprendiendo seguridades y certezas.

Hay otras preguntas que no tienen una forma definida sino que más bien son como reminiscencias que se prenden por breves momentos pero dejan el eco de la incertidumbre ahí. Van de a poco cuestionando esos dogmas que nos creamos creímos crearon. De niño siempre pensé que crecer se trataba de encontrar un camino que fuera el indicado, el único posible y que eso siempre iba a sentirse bien.

Hace no demasiado tiempo, ya adulto, ya con una compañera de vida y con hijos, escuchaba esas incertidumbres más fuertes; y no sólo las escuchaba, estaban presentes de una forma diferente y difícil de definir, como un aire en el pecho o un sueño que no recordaba claramente. No había voz externa que me hablara, ni dudas sobre mí, pero sí tenía la necesidad de cuestionar/cuestionarme la supuesta normalidad.

Soy de aquí y soy de allá. Aprendí a borrar mis fronteras. Me crié en un lugar con calles de tierra, terrenos baldíos, el panadero en camioneta. El barrio de Beccar fue mi niñez y mi mundo. Cada rincón era conocido por todos, sabíamos de memoria el camino de los árboles, entrábamos a bañarnos llenos de barro y verde. Jugábamos con alguaciles, tata dioses, cascarudos, hormigas. Nos metíamos en las zanjas a agarrar renacuajos. Los autos casi tenían que pedirnos permiso para circular por las calles.

Hoy vivo en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y mis hijos aprendieron en otros caminos, más áridos y menos verdes. También yo los recorro, añoro sacarme tierra y pasto del cuerpo cuando me baño. El espacio verde parece algo que nos contaron nuestros mayores, algo de antes. Encontrar una mariposa es todo un acontecimiento.

Observo algunos ciclos naturales y me entiendo mejor. Pasé por distintas carreras universitarias, incorporé otros ámbitos de saberes, transité un trabajo tradicional por más de veinte años y ahora soy independiente. Por eso a veces siento que estoy compostándome: me nutro de partes de mi recorrido, las bacterias de mi pensamiento procesan el material y lo transforman. Cada tanto puedo palpar y oler ese producto hermoso que es el compost, que tuvo que ser tragado y digerido para existir. 

Cultura también es cambiar la forma, la forma de habitar, la forma de comer, cambiar de forma, descomponerse, recomponerse, rearmarse, reamarse.

Y yo también aprendí a rearmarme. Como el compost es el resultado de descomposición y muerte de las antiguas formas, yo también me rearmé a partir de desechos y mandatos. Cuando dejé la vida prolija del trabajo en oficina para dedicarme a mi propio emprendimiento gastronómico, pude reencontrarme con las preguntas, con la incertidumbre. Quería conectar la materia prima que uso en la cocina con sus orígenes, entender que las verduras no vienen del supermercado. A partir de una charla en la feria de Agronomía en 2018 conocí a Carlos Briganti, El Reciclador Urbano, que recibía y aún recibe voluntarias y voluntarios en su terraza de 60 m2 en Chacarita y nos comparte conocimientos sobre huerta. Así llegué a ensuciarme las manos en la tierra y a recordar mi amor por las lombrices e insectos y pude encontrar una mirada más para agregar y cuestionar mandatos. Ya en pandemia, esas preguntas nos llevaron a las veredas porteñas, a cultivar alimentos en plena ciudad, a usar cubiertas de autos y rescatarlas del relleno sanitario (anualmente se tiran alrededor de 18.000.000). Ese grupo de gente con ganas también creció y hoy tenemos 2 escuelas de agricultura urbana: la primera en la casa de Carlos; y la segunda está en el barrio de Constitución, en la sede de la murga Les Verdes de Monserrat. El Colectivo Reciclador se ocupa de las huertas en las veredas, de plantar verdaderos montes frutales en plena urbanidad, de abrir clubes de compostaje; en definitiva nos ocupamos de difundir las verdaderas prácticas del buen vivir.

 

Decía que soy de aquí y soy de allá. Desde el aquí de ahora viajo a San Isidro, al territorio de antes, y voy al río, que también procesa y transforma todo. Mezclado con lo que desechamos con desidia los humanos, nos deposita en la orilla la resaca, una harina marrón hermosa con olor a felicidad húmeda. Este tesoro ayuda a alivianar el sustrato para la huerta. Claro, la huerta en la ciudad, la huerta en las veredas de una ciudad que cada vez parece renegar más del hábitat donde está emplazada. Y así como los microorganismos digieren los desechos, los transforman y se multiplican, así también es el crecimiento de estas huertas urbanas. En el año y medio que lleva la pandemia, los emprendimientos de huertas en las veredas casi llegan a treinta.

Hace tiempo yo me pensaba en fragmentos y ahora no puedo ni quiero encontrar la frontera entre una parte y otra. Por eso me gusta pensar en el compost como símbolo, un resultado heterogéneo y casi azaroso de múltiples experiencias y procesos.

 

 

 

 

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– Sí, ¡banco a la Timbó!

– ¿Sí? ¿Posta?? ¡Qué GRANDE!!!

– Bueno, sí, tampoco para tanto…

– Perdón, me emocioné un toque.


– …

 

– Che, mirá, sabés que si nos querés bancar un poco más, fijate… fijate este T Ú N E L

 

– ¿El qué…?

– Este T Ú N E L

 

– Pero ¿qué onda…?, ¿la palabra esta magenta…?

– $í $í, mirá, la tocá$
y ahí nomá$
de una
va$ derecho por un túnel
parecido al de Alicia.

 

– ¿Alicia? ¿ese no era pozo?

– Pozo, madriguera,
no nos desconcentremos
que se cierra el T Ú N E L, eh.
Mirá… mirá que e$tá abierto ahora.
De$pué$, ¡chau!
¿Entrá$ o no?

 

– Y bue, ya que estoy…
A ver el T Ú N E L ese….

 

 

 

 

 

 

Un comentario

  1. Te admiro Matías. Esa capacidad de compostarse concientemente. Muchos hacen huerta y adentro no les pasa nada. Sin embargo hay quienes pueden observar esos procesos dentro suyo y recordar también que todas las hojas miran al cielo siempre y recordar que para ser planta hay que romperse y luego dejar de ser para volver a ser. Super profundo.

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