Texto: Tito Dall’Occhio / @titodallocchio
Ilustración: Melisa Lozano / @melisalzn
Hay cosas que por obvias no nos cuestionamos y que producto de esa obviedad se naturalizan. Naturalizar es el camino más eficaz para no pensar en cada una de las cosas que decimos o hacemos. Paranoica sería aquella persona que desconfía de todo. Que de todo duda, que todo lo cuestiona, que no cree en nada más que en su propia paranoia. Paranoica y obstinada, agrego. Por lo tanto es razonable naturalizar la mayor parte de nuestras acciones cotidianas para gestionar la vida cotidiana. Pero no podemos destapar la birra con la boca más de tres veces sin perder un pedazo de diente (en el mejor de los casos) aunque tengamos una dentadura menthoplus ultra. Y ante la fisura de lo cotidiano viene la advertencia de la experiencia y, por lo tanto, para quien lo quiera ver, se destapa la botella de la sabiduría.
En ese ida y vuelta la sabiduría despliega una hipótesis de verdad que podríamos resumir con la siguiente figura: la vida es un partidito de Pin Pon entre “tener la posta” y “hacerse el boludo”. Ambas son importantes. Pero lo más importante es estar dispuestos a perder un punto cada tanto, a rendirse cuanto la situación lo amerita. Es decir, hacerse bien el boludo cuando el contexto viene favorable y a jugar fuerte cuando estamos abajo para disputarle la utopía a la hegemonía. No hay nada malo en especular, no hay nada humano en la pureza.
Como dijo el profeta, nadie sabe cómo ganarse la vida, a lo sumo logra empatar, y ese don se adquiere cuando aprendemos a aplicar la insolencia controlada. Saber que todas las cosas que hacemos en lo más profundo de su acervo no tienen ningún sentido, pero que debemos hacerlas como si fueran lo más importante del mundo. Es entonces que se vuelve posible encontrar a un grupo de gente dispuesta a hacer con vos algo sin sentido y no solo eso, sino apoyarte para que lo sigas haciendo y a dedicarse en conjunto al desatino sólo por placer. ¿Quién dijo que es más coherente trabajar en relación de dependencia, aspirar a una casa, a una familia y a una prepaga, que administrar un centro cultural, montarse en glitters o hacer canciones en décimas con metáforas sobre la berenjena? Y en todos estos años Timbó se dedicó a reunir gente insolente. Que se retroalimenta en su vaguedad semántica hasta construir un verosímil lo suficientemente sólido para protegerse a sí misma contra las siempre cómodas amenazas de la vida institucional. Sería algo así como que este microemporio cultural durante sus 100 números se dedicó a alimentar y difundir el paraíso aristotélico donde el poeta es rey; donde regar, ofrendar y beber un vinito antes del show de la vida se debe respetar siempre aunque venga picado.
Esta pandilla de poetas y poetisas de la ribera norte surgió de un duelo y creció arriba de una pescadería, literalmente. En un viejo salón de danza en situación judicial posdesalojo que podría asemejarse a uno de esos loft neoyorkinos con piso de paqué pero en San Fernando de la Buena Vista. Esta suerte de búnker editorial no tenía espacio al aire libre, había que imaginarlo entre las habitaciones montadas con durlock en las que no pasaba el sol pero sí los sonidos de varios seres humanos y de un perro. Había que imaginarlo tirando abajo el techo de un vestuario en desuso rehén de la humedad rioplatense. Había que suponerlo sobre las goteras. Y por añadidura, las fronteras del búnker se extendían hacia la placita denfrente, la estación de tren, hacia el río. Y allí se encuentra la médula del árbol. Cada una de las personas insolentes que pusieron de pie a Timbó en todos estos años atravesaron el paisaje ribereño en tren, en bondi, en canoa o en bici para reunirse frente a la mesa de Pin Pon a crear una publicación inerte hasta el enter final que mes a mes le diera vida.

Pasó el tiempo. Y lo que era improductivo en 2010 cuando se imprimió el primer número se volvió un desafío. Repartir miles de revistas puerta a puerta, ponerles a mano brillantina, semillas, carteles que digan “hola”. Viajar en bondi hasta la imprenta en Pompeya, cargar las cajas en mochila, perseguir las pautas municipales fueron insumo de lo que hoy podemos llamar nuestra base poética. Pero como todo ser viviente, el sentido, las personas, los contenidos se fueron transformando. Y se transformaron. Como hablamos de una base ideológica anticapitalista, lo naturalizado aunque sea positivo necesitó romperse. La generación del canasto de plástico en la bicicleta pasó a ser una generación de profesionales del sinsentido o de marginados exitosos. En la escritura, en la fotografía, en la música, en la pintura, en la rosca política, en la gestión, en la producción porque al fin y al cabo todos los seres humanos también vivimos de nuestras historias.
A mí, en agosto de 2023, noventa y nueve números después me encuentran en una ciudad en el centro norte de Italia trabajando en educación y cultura. Lejos quedó aquel diciembre de 2009, meses antes del primer número de la revista, cuando era un estudiante promedio de Ciencias de la Comunicación, redactor pasante de una revista multinacional. No tenía que pagar alquiler, tenía una playera amarilla contrapedal y un Renault 11 modelo 88 que quemaba aceite. Ahora hace más de un año que estoy hablando una lengua que no heredé, encontrando nuevas formas de expresión pero no en el arte o la escritura, sino en lo cotidiano. Con otra red de sentido, desde los nombres de las personas hasta la distribución de las ciudades, del transporte público y demás lógicas totalmente ajenas a la mía. Un cambio que no se trata de una búsqueda interna de creatividad sino como experiencia real, palpable, para entrar en un sistema.
Como escritor, el oficio que se me abrió inmediatamente fue el de profesor de español. Me encontré buceando por los intersticios de una lengua que usaba pero que no conocía. Explorando aquellas formas que estaban naturalizadas para reabrir sus sentidos. Por ejemplo, en Italia es muy difícil explicar la diferencia entre el por y el para dado que en el italiano ambos se traducen como per. Esto genera frustración en muchos estudiantes que, aún en su nivel más avanzado, los confunden sistemáticamente. Por más que estudien de memoria la tablita de usos, en el momento de producir discurso esta parte invariable de la oración se vuelve inasequible y se comete la hermosa torpeza de reemplazar uno por el otro. Nada más bello que oír cómo el sentido de una lengua se desarma frente a mis oídos de una manera tan genuina, tan viva. Ubicar esta siempre vaga diferencia nunca me lo había preguntado. ¿Cómo transmitirías esa diferencia? Cierto es que lingüísticamente, luego de una serie de razonamientos, podemos aproximarnos ¿pero en su sentido más profundo? ¿Cuándo es por y cuándo es para? ¿Cuándo es motivo y cuándo es fin? ¿Cuándo es objetivo y cuándo es recorrido? De por qué hacemos lo que hacemos, y para qué hacemos lo que hacemos. Al fin y al cabo son dos preguntas que no tienen respuestas porque la lengua, como en la vida, no se aprende respondiendo y memorizando, sino creando y haciendo nuevas preguntas. Y aquí llegamos entonces a lo que es el agua, el abono, el fertilizante para que esta revista siga existiendo luego de 100 números. Las preguntas. Escuchar del entorno con “oreja de negro” las múltiples respuestas para volver a preguntarnos. Hasta que el fruto se seque. Hasta que deje las semillas que van a repoblar de nuevas incógnitas nuestra ribera. Esas plantas que oxigenan el aire viciado del sentido común que nos permiten seguir disputando la utopía, la insolente utopía del por y del para qué seguir haciendo una revista cultural. Ya van 100 números, cientos de personas, millones y millones de caracteres arrojados al papel, ahora a la web. Cuidado, la insolencia se transforma pero sigue de pie.

Juan Carlos “Tito” Dall’Occhio es uno de los fundadores de la Revista Timbó y actual integrante de la Cooperativa. Desde Bolonia, Italia, además de dar clases de español y morfar pizza con pesto, aporta como redactor y también se encarga de la administración, ¿qué tal?