EL TRABAJO DIGNIFICA

 

“El trabajo dignifica”. Una frase bordada en el inconsciente colectivo con el mismo hilo que “Los que se pelean se aman”, “Al que madruga dios lo ayuda”, “Sandía con vino mata”, “Porque te quiero te aporreo” y muchas otras más que crecemos repitiendo sin cuestionar.

Y ¿a quién le gusta vivir la vida sin dignidad, hambrientxs, abajo de un puente, junto con lxs putxs, enfermxs, negrxs, vagxs, chorrxs y travestis? A nadie, dignidad ante todo por favor. Trabajar es una acción infinitamente más importante que la propia salud o la de un pariente. No te podés ni enfermar. Hay que arremangarse y salir a “ganar el pan”… Ojalá fuera solo eso. En medio de ese pan hay una lista de mandados que nunca se vacía. El trabajo y la guita se descuartizan en una batalla infinita que siempre da el mismo resultado, un despertador taladrando un cráneo en el final de un sueño que siempre tiene gusto a poco. Somos trapos estrujados por las torsiones enredadas entre la necesidad y la obediencia.

La clase trabajadora es claramente la que mueve el mundo, pero las ganancias de ese movimiento siempre se las quedan lxs mismxs. Una clase a la que lo único que le preocupa es mantener encendido el juego de ajedrez que enfrenta a peones blancos contra peones negros. 

 

—¿Otra vez perdiendo el tiempo? Ponete a laburar por favor.

—Sisi, ya va, ya va, señor, estaba sacando un turno con el médico.

—Vas a tener que recuperar esas horas.

—Sisi, me quedo hasta las 7.

—Ok. Ah, y feliz día el lunes.

—Feliz día, señor.

 

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