TENEMOS QUE ACTUAR (y no por las redes)

 

 

 

 

Texto: Tito Dall’Occhio

 

 

 

No hace falta ser un experto en semiótica para entender que el intento de magnicidio se estaba cocinando hace rato. Porque más allá de que haya un responsable penal del atentado fallido contra Cristina Fernández de Kirchner, hay una serie de responsabilidades desde el campo de lo simbólico, y no tanto, que es importante seguir señalando desde los medios de comunicación no hegemónicos y que son tan complejos como lo es aún reflexionar sobre las responsabilidades en la tragedia de Cromañón.

 

Desde la campaña de 2015, que terminó con la victoria de Macri en el ballotage, el discurso de la derecha se fue endureciendo tanto como se consolidaron las redes sociales digitales y el engañoso concepto de posverdad. Intervinieron los trolls en el campo virtual para completar la misión de territorializar lo que se decía desde las tapas y en los canales de TV. Se creó el fantasma de que Cristina era la jefa que “manejaba a todos”. Se pasteurizó. Se buscó confundir peronismo con progresismos, populismo con militancia, republicanismo con democracia. Desde aquellas personas que simplemente simpatizaban por una serie de derechos reconocidos, pasando por todo el arco militante, las organizaciones sociales, piqueteras y estudiantiles (sobre todo lxs jóvenes que “son los más fáciles de influenciar”), e incluso los propios funcionarios como el candidato a presidente por el entonces Frente para la Victoria, Daniel Scioli, al que Macri le dijo en la misma transmisión en vivo del debate “en que te han convertido”.

 

Esta configuración del discurso del odio sostenida, sincronizada y mafiosa ubicó como zombis a todas aquellas personas que nos diferenciamos activamente del pensamiento liberal desde el punto de vista de la derecha. Actualizó la idea de una sociedad de seres no-pensantes a los que se persuade con un plan, con promesas o ilusiones ante cualquier discurso emotivo para después ir a votar. Y claro, la malvada de la película, a la que había que exterminar como un tumor para terminar con esa enfermedad llamada justicia social, a la que se la empezó a perseguir desde todos los frentes: político, mediático y judicial era a Cristina.

 

Con perdón de la digresión y la autorreferencia, en esa misma elección, la del 2015, junto a una serie de compañerxs de distintas fuerzas políticas nos tocó fiscalizar en una escuela de Villa Hall, un barrio de San Fernando oeste. Barrio que todxs los estábamos allí (Peronistas, Kirchneristas, Massistas y militantes de izquierda) conocíamos bien. Algunx por habitarlo, otrxs por trabajar con las mujeres emprendedoras desde el Ministerio de Desarrollo Social, otrxs por resistir a la demolición del Centro Cultural que estaba en la plaza frente a la escuela, o por participar de la Radio Pocas Pulgas de San Roque, barrio vecino, que se había construido con años de esfuerzo pero cuya señal se vio opacada porque compartía la Frecuencia con la radio Bitbox de Boby Flores.

 

En aquella elección nos encontramos con una gran cantidad de fiscales de Cambiemos por primera vez en nuestra vida en el conurbano. Promediaban dos por mesa. Fácticamente eran personas que jamás habían pisado ese barrio e, incluso, San Fernando. Como sucede en cada elección, a medida que avanza la jornada se va creando un pequeño vínculo con las autoridades de mesa y, en este caso, lxs fiscalxs de Cambiemos se sorprendieron porque: no nos pagaban, porque además de decirnos compañeros, éramos amigxs que compartíamos otros espacios, porque convivíamos a pesar de participar de distintas fuerzas políticas y porque una buena parte éramos profesionales, o teníamos estudios completos. La anécdota resuena hoy en la mediáticamente sorprendida “vecina de Cristina” que desfila por los canales afirmando su inclinación libertaria pero desmitificando, consciente o no, la versión plebeyisante de las personas que fueron a bancarla.

 

Esta pequeña comparación es solo una señal un poco más clara de la ausencia de empatía que hay en los sectores más radicalizados de lo que entendemos como derecha y que, con la potencia del algoritmo, escala hacia todos los sectores de la sociedad.

Pero… ¿por qué entonces nos sorprendemos en el encuentro cara a cara?

 

Evidentemente los medios de comunicación estamos fallando, pero también estamos fallando como usuarios de las redes sociales digitales que no logramos transpolar al cotidiano aquel pensamiento que desafía al discurso del odio. En muchos casos de manera intencionada, se gira la rueda y es imposible pararla porque, como un juego de atracciones, una vez que la sinergia comienza es prácticamente imposible de detenerla. Desde el silencio, desde la duda si compartir o no un pensamiento con ribetes políticos con desconocidxs, o sobre esa idea tan absurda de que “de política no se habla” entre familiares, entre amigxs, entre compañexs de trabajo y que termina naturalizando el pensamiento conservador como único, alimentado la más de las veces por las redes sociales digitales donde nos indignamos de forma anónima y descontextualizada hasta el hartazgo. Cargándonos de violencia cuando en realidad, como sucedió en aquella fiscalización, o como sucede con la vecina de Cristina (o con tantos miles de ejemplos más que cada lector podría citar), somos personas que podemos estar o no de acuerdo pero eso no impide un vínculo sano de discusión y diferencias.

 

Tenemos que hablar, cara a cara. De lo que pensamos. Con necesidad de desentramar el discurso mecánico. De lo que pensamos aun cuando somos conscientes de que se trata de una posición ideológica prácticamente imposible de redimir. En el campo artístico y cultural nos sucede a diario. Nos encontramos dentro de un mismo lugar con pensamientos, poéticas, estéticas, construcciones de sentido diferentes. Pero el trabajo desde allí es necesariamente empático, es humano. Y cuando es desde lo humano, es real. El arte y la cultura nos enseñan a romper con cierta idea cerrada del otrx. Por eso, cuando miramos un poco hacia atrás y vemos que los algoritmos sociales nos ubican en ese pensamiento único y nos enfrentan sin pasar por el filtro de la empatía, por la arbolada vereda de la conversación cara a cara, nos sorprendemos de encontrarnos con marchas que muestran bolsas mortuorias, guillotinas y leyendas cargadas de un odio reprimido.

 

Ni la vecina de Cristina se hizo la desentendida cuando vio a una persona descomponerse, ni los militantes le tomaron su casa. Lo que se hizo ese rato fue sentarse a conversar cara a cara. Y el odio no sólo disminuyó, sino que se convirtió en amor.

Y gracias a ese amor hoy tenemos una vida más para seguir torciendo la historia.

 

 

 

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