LA CAJA COPLERA

 

 

Guiadxs por el deseo de profundizar en el verdadero descubrimiento de la cosmovisión andina, nos embarcamos hacia los adentros del arroyo Esperita en el delta de Tigre a fines de febrero del 2021 y continuamos la charla que había empezado 2 años atrás. La encontramos a Marcela terminando de dar un taller de construcción de caja coplera en su casa a orillas del arroyo, rodeada de animales, plantas, familia y hasta una lechuza viviendo en un rincón de su cocina.

 

 

Conversación con Marcela Guerra sobre la Cosmovisión Andina

Texto: Agus Llorca 

Ilustración: Sofía Chaskita

Fotografía: Gabriela Sorbi

 

 

 

¿Podés darnos un pantallazo general sobre el Taller de construcción de caja?

Dale. Es un taller para energía femenina porque la caja representa el útero y la fuerza femenina de la luna. Dentro de la cosmovisión andina, un hombre puede tocar la vagina o la vulva de la mujer pero nunca va a poder tocar el útero. Entonces no podría tocar una caja. Esa sería la explicación de por qué, pero también tenemos que tener en cuenta que todas las cosmovisiones y experiencias de vida van transformándose y hoy la energía masculina y femenina de una persona está mucho más activada que antes. Antes una mujer expandía su energía femenina y un hombre su energía masculina al máximo.

 

¿Antes cuándo?

Tiempos atrás. Podríamos hablar de un pachacutec atrás. Pachacutec es una era de tiempo que nosotros definimos como eras de luz y eras de oscuridad. Después de la colonización es una era de oscuridad que los andinos ya sabían que venía. Los pachacutec no tienen que ver con el hacer del hombre sino con la transformación cósmica. Esa era de oscuridad trajo cosas buenas y malas. La parte oscura fue todo lo que pasó con la colonización. Para mí lo bueno que trajo fue la expansión de la consciencia, la posibilidad de derribar muchas estructuras y justamente una gran diferencia en ese aspecto de la energía femenina y masculina. Cada persona empezó a activar más ambas energías y a poder elegir cuál quería expandir, que también es una gran diferencia. Y que esa expansión puede ser no continua, puede cambiar. Uno lo ve en la experiencia de vida. Por ejemplo, lo veo acá, que las mujeres tenemos que sacar fuerza masculina porque se nos cae un árbol y no hay un hombre y lo tengo que hachar yo; no me arranca el motor, tengo que hacer la fuerza yo; viene viento, empieza a tirar los corrales, tengo que salir yo. Cuando hay un hombre, tengo la posibilidad de darle ese espacio al hombre y yo dedicarme a mi energía femenina. Esa posibilidad antes no estaba tan clara. Y creo que el pachacutec en todo ese reacomodamiento que hubo nos trajo esa nueva posibilidad y eso es una apertura de conciencia. Nosotros vamos hacia la unidad a donde lo femenino y masculino va a ser una unidad. Estamos atrapados en una experiencia de vida. Algunos llegamos a ver que hay algo más que esta materia y otros no.

 

De hecho, en este momento estamos trabajando el ciclo de la abundancia, en el mal llamado Carnaval, que es el Pujllay, el momento en que la tierra muestra la abundancia. La muestra para que nosotros reconozcamos nuestra propia abundancia; y hay muchas personas que solo entienden como abundancia, lo material. No hay un reconocimiento diferente de lo abundante. Y eso tiene que ver mucho con la presión externa, el cartel de lo que significa la abundancia: el auto, la casa, la mujer, los chicos, el perro, etc. Y de repente, no es eso la abundancia. Puede ser para esa persona, pero no para todos.

 

Entonces, la caja, si bien el taller lo doy para mujeres, acepto varones, porque el varón lo que está haciendo ahí es expandir su energía femenina y en algún momento solito va a sentir que la caja no resuena con su energía o sí, y cantará con la caja toda la vida. Antes yo no dejaba a los varones, porque estaba en ese entendimiento de qué está pasando con esas energías. Creo que a partir de tener un hijo varón se me despertó eso de ¿por qué no me dejan poner Huaman?, ¿por qué suena femenino? ¿A quién le suena femenino, carajo? ¿Lo femenino se marca con una “a” y lo masculino con una “o”? ¿Y por qué quieren que le ponga Huaman José? Es muy gracioso lo que me pasó a mí con el registro civil. El del registro me decía: “Dale, dejate de joder, ponele Huaman José”. Yo le ponía Huaman Quilla, las dos a ellos les sonaban femenino (se ríe). Ahí dije: ¿Y si suena femenino qué, no puede? De ahí me parece que empezó un camino en mí de ¿qué pasa con la conciencia, con las creencias, con lo que llamamos cosmovisión? ¿Tiene que ser fijo? Y me acordaba de mi abuela. Cuando me transmitía sus saberes de sanación, yo la perseguía para aprender. Y ella me frenaba y me decía: “No aprenda, hijita, porque usted va a cambiar todo”. Yo decía: “No, yo tengo que aprender tal cual lo que ella hace”. Tenía razón la vieja. Todo iba a cambiar. Yo ya no hago las sanaciones que hace la gente. La lectura de hoja de coca ya no es adivinatoria. No existe la adivinación. Lo que estás haciendo es reconocer qué estás creando. A eso te ayuda la hoja de coca. Y eso debería hacer cualquier oráculo.

 

¿Y la caja se construye todos los años?

Todos los años uno se hace una caja en esta época del Pujllay.  Eso se fue perdiendo porque el material ya no estaba tan disponible. Antes tu vecina, vos misma tenías chivo, los cueros andaban por todas las casas, la madera se conseguía. Hoy tenés que comprar, no se consigue. Yo en Tilcara no conseguía cuero de chivo por ejemplo. Entonces se fue atesorando más la caja, de que te dure más tiempo. 

 

Cuando hago mi caja pongo una intención, que puede tener cualquier aspecto de mi vida. Y eso no se repite al otro año. Ya no va a ser lo mismo. Todo cambia. Lo más importante en los pensamientos, en las ideas, en las cosmovisiones es el movimiento, todo se mueve constantemente. Eso estaba en la ancestralidad. Si bien en el discurso se perdió, no se perdió en la práctica. Nosotros tenemos un paño, que es la unkuña, que es un paño en general antiguo, que viene de generación en generación. Sin embargo, cuando vos lo armás, lo primero que te dicen es que si se pierde, si se quema, no pasa nada. Y ahí te vas dando cuenta de eso. A veces no es tan explícito pero sí está en la práctica.

 

¿El taller lo hacés una vez al año?

No, lo hago seguido.

 

¿Pero la época en la que se haría es esta?

La consagración de las cajas real es en esta época. Lo que más la consagra es el uso, el canto. Cuesta mucho que las mujeres —y los hombres ni te cuento— canten. Y más que canten lo propio. Porque lo que aprenden es a repetir. Por eso a mi taller de canto le dicen “destruyendo letras”, porque yo le cambio las letras a todo (risas). Me cago en Calamaro, en cualquiera (risas). Porque cuando vos vas a cantar no puede ser que te pase exactamente lo mismo que le pasó a él. Es imposible. Hay algo que tenés que cambiar de esa historia.

 

De hecho, en una charla que tuvimos vos me mencionaste Pobrecita mi fortuna. Yo la escuché de la grabación que tenías vos, busqué la letra en internet y hay 25 millones de versiones.

Sí, claro. Es que así debe ser.

 

Hay un montón de letras distintas de la misma canción.

Sí, porque cambia. Yo no puedo cantar lo mismo que cantaba mi abuela. Es imposible. Por eso a los originarios no les gustan las fotos. Mi abuela te decía: “La foto es algo que ya no existe. ¿Por qué miran eso si ya no existe? ¿Cuál es el sentido de mirarlo?”. Yo creo que el sentido es esta imposibilidad de dejar que las cosas se transformen y se vayan. Y lo más hermoso que te puede pasar es que las cosas se transformen y se vayan, porque hacés lugar a algo nuevo. Pero nos cuesta un montón. 

Así que eso es un poco la caja. 

 

¿Hay una edad para empezar a construir la caja?

A partir de los siete años una nena ya tiene que tener su caja. Eso igual yo lo he extendido. Porque estas nenas por ejemplo (habla de hijas de algunas mujeres que participan del taller) tenían 5 o 6 años creo, pero vos las ves tan entusiasmadas por hacer la caja. Y si estuviéramos en una comunidad donde todas las niñas van viendo a las otras crecer y desarrollar su ciclo es más fácil, pero cuando no está eso, esa nena si no lo hace hoy tal vez no lo haga nunca más. Porque no está en su cultura, no está en su familia esa tradición. Entonces ¿vamos a perder esa oportunidad de que ella entre en ese mundo maravilloso de lo que es un útero, su útero, el canto, la medicina? No. Entonces eso sí va variando.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Querés seguir leyendo la Conversa? 

 

En 2 semanas sale la continuación de esta Conversa sobre la cosmovisión andina. Mientras podés leer la Conversa anterior: Un choque cultural.

 

Cosmovisión Andina es una serie de conversaciones con Marcela Guerra que nos gustaría seguir difundiendo. Pasale esta conversa a alguien o podés apoyarnos tocando estas palabras.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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