¿Cómo narrar bellamente algo que se siente tenso, incómodo y por momentos borroroso? Dejar huella escrita sobre lo que está pasando tal vez sea fruto fértil más adelante.

 

 

Seguir intentando escribir en cuarentena.

Forzada escritura,

obligada.

 

No va que te cruzás a un tipo por el feed de las redes que es ahora como una vereda virtual, y te dice… “Muy bueno lo que hacés, te ví el otro día. En una de esas, te pido solicitud y me cuento unos chistes. La verdad que el otro día casi me meto en la conversación a pelear cuando dijeron compañeres… Che, ¿quién es ese Leopoldo? ¿Existe?”.

Por ahí otro te guasapea y te dice media hora antes del vivo: “¿Sabés lo que me dijo Coso?” Y Coso dijo una barrabasada que hace que a mi me salga fileto por las sienes y me parezca a Pagani blandiendo el poncho de Güemes y arremeta contra todo lo que se aparezca… y camino por el filo de la vergüenza.

Crónicas de vida, diario poético y patético de mi existencia que hacía mucho, muchísimo que no escribía. Andaba mirando otros lados, otros mundos; no me daba la regalada ganas de narrarme metafóricamente.

La ficción hoy es ampliamente superada por la realidad, y mi mente aletargada no entiende cómo construir sentido. Para qué, desde dónde, hasta dónde y varias preguntas más que no puedo todavía responder.

¿Cómo narrar bellamente algo que se siente tenso, incómodo y por momentos borroroso? Porque esta pandemia es algo así: algo a medio camino entre borroso y horroroso.

Recuerdo… hace varias mudas atrás, en épocas de Necios, el programa radial que tuve con el Capitán Nemo y el Esdrújulo. Era aquel mítico año de la Asamblea Oscura. Entonces, escribía todas las semanas para leer en el espacio. Cuando arranqué con esto de los vivos, me propuse lo mismo: escribir periódicamente para leer en el espacio de “Qué embole que tengo”. De eso hace más de tres meses. Lo logré por primera vez la semana pasada y hoy es la segunda vez consecutiva.

Algo se movió definitivamente en esta pastosidad de cuarentena que da la sensación que nos tiene atrapados en una gelatina sanitizada como en una película de terror de los años 70.

Pero dejar huella escrita de lo que acontece en un momento así… calculo será fruto fértil en otros momentos apandémicos. Será testigo desgarrado de este enmierdado y único confinamiento social.

Así que aquí estoy, meta hostigar a esta vieja computadora, hasta hacerla parir una melodía frenética compuesta de: largos golpeteos seguidos de pequeñas interrupciones y, cada tanto, largas, larguísimas pausas. Pausa de días, noches de pausa y silencio.

 

Silencio que es roto, que arrastra textos como carros.

Letras que bailan y cantan y son las únicas que se divierten en este tintineo infernal. En este ruido sordo, en este encierro de almas que se escapan por una pantalla y se leen y se escuchan por dispositivos que lentamente se van transformando en la manera de encontrarnos.

En eso estamos.

Bailando palabras, añorando afectos, cuarenteneando la vida tras esa puerta.

 

 

*Texto leído en Qué embole que tengo, ciclo en vivo organizado por el autor desde su Instagram.

 

 

 

Texto: Esteban Bresolín

Imagen: Valeria Lamat

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