Corren los espermas a gran velocidad, el útero selecciona al mejor, el elegido pasa el túnel, sale a la cancha, cada día es una competencia, a ver quién llega primero, más alto, a ver quién gana más, quién logra más, ¿quién está más aptx para ser el producto estrella de la vidriera?

 

 

Lo primero que te tengo que aclarar es que no me especializo en nada. No seguí ninguna carrera, ni académica ni empírica; no es un mérito ni mucho menos un orgullo. Simplemente no logré desarrollar un gran vínculo con la frustración de perder cada carrera que corrí en mi infancia. Así que si captás un tinte de resentimiento en este texto que continúa, que no te extrañe.

Lo segundo pareciera una obviedad, pero entre medio de tanto surgimiento de corrientes terraplanistas, antiderechos y anti cuarentenas; siento aclararlo: la educación a mi modo de ver, es una necesidad básica indiscutible (a qué llamamos educación, ese es otro tema).

Pero cómo voy a hablar de arte, me permito correr algunos riesgos. No creo que nadie vaya a sufrir por permitirme hablar de alguna ignorancia técnica.

 

Ya desde la panza seguramente aunque no nos acordemos, percibimos la competencia. Que si es el primer embarazo; que todo va a ser más fácil o más difícil, que la panza más redonda o más puntiaguda que la de la vecina, que tuvo que pedir licencia o seguir trabajando como si no tuviera un humanx adentro del vientre, etc, etc.

Después en la primera infancia ya empezamos a escuchar más claramente, aunque todavía sin entender que “el bebito de mi hermana no hace caca tan bien como el tuyo” o “qué rápido le salió el primer diente” o “qué lástima que no se prendió a la teta” y cosas por el estilo.

En el jardín de infantes, la cosa se va haciendo más directa: abanderadxs, mejor amigx, lxs que empiezan a leer, lxs que ayudan a la maestra, lxs que se portan mal y lxs que son terribles.

La primaria ya es una cosa más alevosa. Empiezan a haber medallas, calificaciones numéricas, grupos separados entre ganadorxs y perdedorxs, premios y castigos sin ninguna sutileza, posicionando a quienes mejor se portan por encima o adelante de lxs desastres. Lxs lindxs se juntan “naturalmente” con lxs lindxs, lxs fexs con lxs fexs (nadie sabe porque misterio es que todxs coincidimos en quiénes son lxs lindxs y lxs fexs) y así vamos ya vislumbrando qué futuro nos augura a cada unx, avalado por las propagandas de las pantallas y las posibilidades que el mundo tiene preparadas para cada unx de nosotrxs, según si somos más o menos competentes. Vamos intuyendo de a poco a quién les va a ser más fácil o más difícil que nos vaya “bien” o “mal” en la vida.

El campo de batalla ya tiene preparado de antemano nuestro posicionamiento. Somos más o menos competentes para hacer una carrera terciaria, universitaria o laboral. Todas basadas más o menos en lo mismo: hay que correr con plazos, entregas, cumplir exigencias, ganar tiempo, optimizar los recursos, sistematizar nuestra naturaleza para poder estar en carrera. De atrás nos persigue el miedo, nos empuja amenazante. Miedo a perder, a no conseguirlo, a no tener. Podemos hacer una lista y todo, de lo que vamos a necesitar tener: papeles, documentos, materiales, novixs, trabajo, tiempo, hijxs, reconocimiento, seguidorxs, electrodomésticos, amigxs, casas, autos, trofeos, premios, medallas, participaciones, habilidad, personalidad, etc, etc. Y cuanto más se tenga, más y más podemos sentirnos segurxs de haber cumplido con nuestro rol. Pocas cosas o situaciones en la vida nos alientan a preguntarnos si esos eran realmente deseos nuestros o heredados. La competencia suele mantenernos tan tensos y en movimiento, que nos resulta casi imposible detectar qué es lo que estamos sintiendo en cada momento que logramos enfrentar con el cuerpo y el alma.

 

Pero por suerte existe el arte. O al menos, esa es su misión primordial según puedo experimentar a veces yo. Toda la vida estuve seguro que no tengo habilidades, ni dotes, ni talento, por ende no tengo ejercitado el arte del dibujo (entre miles de cosas). En consecuencia, no soy competente para las artes plásticas, es decir; no podría competir en esa carrera (otra más). Tampoco podría competir en la música, ni en la actuación, ni en la danza, ni en ninguna otra actividad sin pretender ganar o tener algo a cambio.

Sin embargo, hace un tiempo que dedico algunos momentos de mi vida a dibujar mandalas. Este que comparto acá, me llevó algo más de una mañana entera. Claramente no voy a competir con nadie, menos con la gente que va a la universidad de arte o dedica su vida a las artes plásticas, la cual admiro profundamente. Pero hoy el dibujar logró captar mi concentración y puedo asegurar que sentí las emociones revolverse en mi cuerpo, a tal punto que logré destrabar este escrito, que claramente tampoco tiene intenciones de competir.

Solamente sentí compartir esta revalorización del arte que se me remueve en el cuerpo cada vez que me concentro dibujando uno de esos mandalas o tocando un poco la guitarra sin pretender salir en la tapa de la Rolling Stone. Esa es para mi humilde modo de verlo, la misión primordial del arte: tocar y remover nuestras emociones más íntimas para no olvidarnos que estamos vivos sin la necesidad de competir, sino de compartir.

 

En síntesis, puedo humildemente asegurar que el campeón de saber vivir la vida soy yo y lxs demás son todxs unxs perdedorxs.

 

 

 

Texto e imagen: Agustín Llorca

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