Lejos de alabar la meritocracia, podemos ver que lxs dueñxs de la pelota suelen ser siempre lxs mismxs angurrientxs. Gente que hereda la pelota, “hijxs de, nietxs de”, apellidos que se repiten y generalmente muy poco solidarixs a la hora de pasarla. Acá lo filosofan dos laburantes, que algo no les cierra.

 

– Escuchá.

– Qué.

– ¿Viste cuando se arma el partido en la olla?

– Sí, no sé, yo no juego hace mucho.

– Bueno, pero viste que siempre hay uno que lleva la pelota. Un dueño de la pelota.

– El Molleja. O Brian.

– Bueno, decime si no es así. Molleja cae con la pelota abajo del brazo y dice quién juega, quién no, de dónde a dónde son los arcos, dónde termina la cancha, cuánto dura el partido y hasta muchas veces tiene el poder de decir si la pelota salió o no salió de la cancha, porque como él es el dueño de la pelota, a las líneas las pone, las saca o las corre cuando y cómo se le cante.

– Sí. Sino, agarra la pelota, se la pone abajo del brazo, amenaza con llevársela y terminar el partido ahí mismo, todo para que todos le digamos, “Bueno, dale, está bien, no entró, no entró. Sacá vos”. Desde el arco manda, encima. Porque no puede correr ni una cortina. Menos pique que el riachuelo tiene Molleja.

– Bueno, ¿Y si la pelota fuera tuya, vos qué harías?

– Y, lo mismo que Molleja, capaz. Pero con la 10.

– ¿De dónde saca las pelotas Molleja? ¿Sabés?

– Ahora ni idea de qué labura, pero el gordo siempre fue un caprichoso, todos los cumpleaños, el viejo, que ni pintaba en todo el año, le traía una pelota de cuero. Ni le importaba si le iba bien en el colegio, si se había afanado algo, si ayudaba a la vieja en la casa. Nada. El tipo le traía una pelota y con eso estaba. Y él la cuidaba que parecía un diamante. Debía tener mil pelotas, porque solo no jugaba nunca, si era un desastre, todas guardadas en el cuarto debían estar, no sé dónde mierda le entraban tantas pelotas. Creo que hasta las limpiaba con un trapito húmedo después de los partidos.

– ¿Nunca entraste a la casa?

– No, la vieja no quería, decía él.

– Escuchá.

– Qué.

– Si vos te parás arriba de un satélite, o la luna o el espusnik ese… o desde un cohete espacial, una nave como las de las películas ponele, y te pones a mirar por la ventanilla y ves una pelota a lo lejos, flotando en el medio del espacio, una pelota como la de fútbol suspendida en el aire, ahí dando vueltas sin manija, ¿cómo esos pelotazos que pegan en el travesaño y salen derecho para arriba y parece que no van a bajar más? Bueno, así. Ves al planeta tierra como una pelota suspendida en el espacio exterior.

– Qué.

– Yo te pregunto, ¿de quién es la pelota?

– …

– El mundo, ¿de quién es?

– Qué se yo, de Dios.

– Dios… Ponele que la nave espacial se va acercando a la pelota y a medida que se acerca, vas viendo que está dividida como si fueran los gajos de la pelota de fútbol, pero en vez de estar cosidos con hilo, los gajos están alambrados, con alambre de púa. Como si el mundo fuera una pelota de fútbol pero con los gajos todos distintos, unidos, o separados mejor dicho, con alambre de púa, ¿me entendés?

– No sé, creo que no.

– Pero los gajos de esta pelota, que vendrían a ser los países, ¿sí tienen dueño?

– ¿Los países tienen dueño? ¿Los presidentes, decís?

– Claro, ponele, los presidentes. Pero no.

– No entiendo.

– Mirá, vos donde vivís, ¿es tuyo o alquilas?

– Alquilo, ¿qué va ser mío? ¿Y la pelota qué tiene que ver?

– ¿Y por qué pensás que tenés que alquilar? Si la tierra no es de nadie, o de Dios ponele. ¿Dios te cobra alquiler?

– Porque es la dueña, la tipa compró y tiene los papeles, o lo heredó, no sé, pero tiene los papeles que dicen que es suyo el departamento.

– ¿A quién se la compró? ¿A Dios se la compró?

– Y yo que sé quién era el dueño anterior. Sí, a Dios se la compró. Se la compró a Dios.

– ¿Y Dios vende con papeles?

– No sé a dónde querés ir con toda esta pelotudez.

– Cuchá, si mañana cierran el taller, ¿Qué hacés?

– Me busco otro, al lo del flaco Fornaci primero seguro que siempre tiene laburo.

– ¿Y si no conseguís? ¿Si el taller de Fornaci no tiene laburo, o ya son muchos, o cierra también por la pandemia o porque se patina las señas en el bingo?

– ¿Qué no voy a conseguir? Tengo un Currículum Vitale yo, ¿qué te crees? ¿Vos tenés? ¿Tenés currículum? Ahí en el locutorio te lo hacen.

– ¿Y qué querías ser cuando eras pibe?

– Yo llegué a la sexta de Tigre. Pero después se murió mi viejo y había que pagar el alquiler. Así que me dio laburo Horacio en el taller y acá estoy.

– ¿Te gusta el taller?

– Qué sé yo. No sé hacer otra cosa.

– ¿Nunca quisiste hacer otra cosa?

– Una vez quise entrenar a los pibitos en el Barrio Nuevo, pero se enfermó mi vieja. Eso estaba bueno también. Pero eran pocos horas.

– ¿Y si te quedás sin laburo y no podés pagar el alquiler? ¿A dónde te vas a vivir?

– ¿A dónde voy a ir? A ningún lado, me quedo ahí, ¿quién me va a sacar?

– Los dueños con la policía a patadas en el orto te van a sacar.

– Tas en pedo, ahí en los monoblock hay un montón amotinados que hace como mil años que no pagan alquiler. Los Tobares son como quince viviendo ahí en el dos ambientes. Andá a sacarlos. ¿Sabés las veces que los vinieron a sacar? Yo si fuera el dueño, los saco a patadas en el orto y los dejo a todos en la calle…

– Buen, no sé. Me perdí.

– Buen, ¿Vamos al río un rato a mojarnos las patas?

– Ah, dale joya, ¿dónde querés ir?

– Al río, ¿dónde te vas a mojar las patas en el río? ¿En Mar del plata?

– Ah, ¿te pagaste un pedacito de río? No sabía, qué famoso.

– Ahí en…

– …

– ¿A dónde podemos ir a mojarnos las patas en el río?

– Tiene dueños el río también Cacho, ¿no te enteraste?

– Qué embole.

– ¿Netflix tenés?

– Si, eso sí tengo. Me pasó la clave mi cuñado.

– Qué famoso.

 

 

 

Texto: Agustín Llorca

Ilustración: Joaquín Paolantonio

2 comentarios

  1. ¡Buen, buen texto! Me encantaría poder decir: ¡Qué imaginación!

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