Cómo está costando armar un picado de fútbol un martes o juntarnos a morfar y que estemos todos. Es que hoy día la juntada, aquella magia que sucedía tan naturalmente en la niñez y adolescencia, está baqueteada por revoques de virulana con mordiscos de cocodrilo,  ketchup y algún que otro clavo, logrando así que aquella inmediata espontaneidad, hoy, sea un quilombo. Che, parece que nos juntamos el lunes / No, yo el lunes tengo Danza Jazz / Bueno está bien, miércoles / No, el miércoles tengo el concert de Kevin y Trebor.

¿Resultado final?

Los amigos no se juntan. Por esto, en estados como Michigan y Misuri, como obreros de las tendencias que son y a partir del reconocimiento de la vida adulta y las ocupaciones, los grupos de amigos ya no se juntan en cuerpo y presencia, sino que, en el calor de sus hogares, realizan una videoconferencia por Skype y listo. No tienen que trasladarse ni fumarse a Carol, la pareja de Peter que siempre se queja de que los malvaviscos están pasados.

Alguien dijo alguna vez, y creo que fue el amigo de un amigo, “La amistad es una sucesión de anécdotas”. Uno genera vínculos profundos con las personas que comparte momentos inolvidables o que, ritualizados, están condenados a la repetición de una grande de muzza hasta el hartazgo. Jorge Luis “el bichi” Borghi decía: “Las amistades más profundas no necesitan la reafirmación cotidiana, yo tengo grandes amigos con los que nos juntamos una sola vez al año a comer salame de Colonia Caroya”. Las anécdotas se reinventan, se exageran, se desplazan y se condensan unas con otras en el inconsciente cada vez que son contadas. Esas anécdotas que incluso tienen a un encargado de reproducir lo vivido con su relato cautivador, un maestro de la trama, un mago de la palabra, una especie de médium sagrado que nos conecta con el epifánico momento y que empieza a rememorar, en medio de un asado, aquella noche de verano en que los pibes estaban en la casa del Turco cuando Lalo vio a la hermana del Turco completamente desnuda salir de la ducha. También está, afortunadamente, el eterno acotador que enfatiza las situaciones y festeja todos los giros narrativos del relator por más absurdos que sean “y después qué pasó, Lalo, ¿qué pasó…? Contá, contá, que es tremendo, ¿es cierto que, así desnudita, te invitó a su cuarto?”, hasta el remate final que solo comprenden ellos y la afirmación de “que eijodeuta”, “involvidable”, “chupete bombón”. Pero la teoría es tan cruel como certera. Existen esas amistades que no generan nuevas anécdotas. Esa es una amistad congelada, amistad de la nostalgia sostenida por los pilares de los buenos recuerdos pero cada vez más deteriorados, alejándose en el tiempo como polvo de cenicienta.

Las amistades deben cuidarse, regarse, alimentarse. Las amistades son la militancia de los llamados a tiempo, de las invitaciones a compartir superando la individualidad de la fiaca o las ocupaciones al pedo para entregarse al dulce montón de la joda y de la vida entendida como juego. Los buenos amigos son como los buenos vinos, más se conservan, más ricos. Una amistad sincera es la que percibe en la semilla de la invitación los frutos de los buenos momentos, del pasado que también es presente y brindemos porque haya futuro.

-¿Y, Lalo, qué pasó al final con la hermana del Turco? ¿Se besaron?

(Lalo responde con un gesto a espaldas del Turco, que está sacando los choris.)

-¡Eijodeuta!

(Aplausos.)

 

 

 

Texto: Tito Dall´Occhio –  Guido Zappacosta

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