Estaba escrito en cursiva.
En letras negras de corta altura, un texto sobre un cartel que se apoyaba con dignidad contra la pared. ¡Parecía sostener al edificio y no al revés!
Había caído del estupor de vuelta a mi mundo. Había caminado cuadras y cuadras adoquinadas aún bañadas por la lluvia de la noche anterior. Había cuantiosamente pensado en mi amor perdido, el cual habíase marchitado y marchado con galopante trote.
Inconscientemente he estado buscando un techo que resguarde mis heridas internas, un abrazo materno. No sólo saludos de intercambios de palabras banales.
Me había sentado en un banco de la plaza frente a aquel detestable y, a la vez, magnánimo edificio. Dejándome llevar por las caricias de la brisa de primavera y mirando al cielo entre las hojas de las altísimas copas de los árboles, me dormí. Viajé por muchos lugares antes, he de admitir que amo viajar y conocer lugares nuevos. Pero en este sueño no sentí algo parecido a esos viajes de placer.
Flotaba hacia ese cielo que ahora era más brillante y vivo, por decir algún adjetivo que se anime a describir y representar (lo que se supone que tiene que hacer). Una orquesta muy leve acompañaba el viaje onírico junto a un coro que parecía celestial. ¡Benditos los que puedan soñar así aunque sea alguna vez en sus vidas!
Debo confesar un gran pecado: el de no poder recordar el contenido sobrante de este sueño, o lo que fuese. Pero si puedo recordar que al despertar me sentía tremendamente vivo y con un júbilo sin orígenes. Frente a mis ojos tenía a ese edificio reacio a retirarse de ese terreno. Posiblemente sea la causa de tal bella eventualidad. Como una fragancia hechizada habrá influenciado mis sueños.
Junté valor y empecé a caminar con miedo, debo admitir, pero con el empuje de una cierta valentía y gigantesca curiosidad.
¡Oh, amada, si mi fin se encuentra dentro de ese edificio maldito, que así sea, pues! ¿No es acaso una verdad que nos acercamos a lo que nos daña (por alguna tendencia patológica, que como un demonio que domina al nuevo poseído lo conduce a su pecaminoso y vergonzoso viaje)? ¡Si este es mi castigo por fallarte, que así sea, repito! ¡Maldición! Y no voy a hablar más sobre vos. El tiempo apremia y mis pasos no son lentos.
La antigua catedral cubierta casi en su totalidad por hollín, y de columnas larguísimas, se paraba erguida como con ganas de devorar al que se parase como idiota a verla. La gente que pasaba cerca ni la miraba. Aunque sabían que estaba ahí, desde vaya a saber uno cuántos años.
Llegué al fin, después de tanto tiempo pasado en mi mente, después de millones de pensamientos. Me paré frente a la catedral y miré hacia arriba con mucho miedo y humildad. La luz del sol me cegó los ojos como si fuese un castigo por osar ver más allá, donde habitan los dioses. La punta del edificio apenas se podía ver allá arriba, donde solo viven las aves vigilantes de la ciudad. “¡Oh, mi querido Dios! ¿qué quieres de mi frente a esta oscura catedral cubierta de hollín? Guía mis pasos como si fuese uno de tus apóstoles o esos personajes bíblicos a quienes tanto beneficiaste”.
Frente a la inmensa puerta de madera por donde solo parecían pasar bestias de inconmensurable fealdad y malicia, se hallaba un cartel con palabras escritas en cursiva. ¡Las maldigo a cada una de ellas!

El mensaje era el siguiente: ¿Por qué has tardado tanto en venir, idiota?

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Texto: Alan Morales / Ilustración: Valeria Caamaño

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