En julio de 2016 conversamos con Ada. Ella se opuso tenazmente a que le hagamos una nota de color. Salió esta otra, más fiel a sus palabras, a su historia. La historia de una señora de San Fernando que hace 35 años hace teatro, hoy en la esquina de Pasteur y Lavalle en el Martín Fierro. Que forma y formó pibes y pibas junto con Juan Merello. Que escribió obras, dirigió, actuó y, fundamentalmente, que generó muchas de las inquietudes que tenemos los que habitamos la fauna de este ecosistema del teatro regional. La historia de Ada Parra, una mujer de teatro, una mujer de luz.

¿Te acordás de la primera vez que fuiste al teatro?

Me acuerdo muy poco porque mi viejo era actor de teatro independiente y me llevaba de muy chiquita. Cuando tenía tres o cuatro años, recuerdo que uno de sus directores me ofreció un personaje, yo no entendía nada pero me interesaba. Y mi papá decía: “No, no”. Él no quería que sea actriz, no quería que me muera de hambre. Mi viejo también era periodista, así de inquieto como ustedes. Esa fue la primera vez que recuerdo de ir a ver algo y que me ofrecieron actuar. Ahora yo hago lo mismo con los hijos de mis compañeros. Después, con el colegio, fuimos a una carpa y vimos Mariana Pineda, la de García Lorca. Era muy chiquita también pero me había gustado mucho. Después iba con mi viejo a ver ballet, a lo que hoy sería el UNA (Universidad Nacional de las Artes), yo estudié ahí. Lo que más recuerdo es el Parque Centenario, en aquel tiempo funcionaba muchísimo con espectáculos y cosas. Había ballet. Yo debía tener entre seis o siete años. Estudié en la escuela de danza que se hacía en el teatro Cervantes —era hermoso con la mayólica española, las barras de bronce, todo hecho a mano—. Había un pasillo que conducía a uno de los palcos de la sala de teatro y me escapaba siempre para ver algún ensayo. Recuerdo más de haber leído teatro. Vivíamos en un departamento de dos ambientes mis viejos, mi hermano y yo. No se usaba tener cuarto y con mi hermano dormíamos en el comedor. Mi viejo era periodista, locutor, tenía un programa de radio y le gustaba mucho la cultura. Entonces en casa había una biblioteca llena de libros de teatro, y de ahí tomé un libro de teatro infantil de María Luisa Rubertino que se llamaba Rebotín. Yo tendría ya diez años. Lo leí, lo releí y siempre quise hacerla. Me quedó guardada.

En el barrio traté de armar algo para hacerla, esas cosas de los chicos, pero no salía. Después, cuando fui a la universidad —estudié abogacía en la Universidad de Belgrano y dejé—, lo mejor que hice ahí fue armar un grupo de teatro. Invitábamos a los profesores, qué sé yo. Ahí intenté hacer Rebotín pero no puede. Anduve un tiempo por una parroquia de Mitre y Suipacha. Pudimos armar un teatrito pero no salió Rebotín. Finalmente, una de las primeras obras que hicimos cuando yo ya venía seguido para San Fernando fue Rebotín. Trabajaron Fideo, Daniel Ferrer, Paula, Alejandra Blanco, Marina Merello. Tuve que pedir permiso a la autora y ahí la conocí. Le conté toda esta historia y a partir de ahí comenzó una amistad hermosa. Luego hicimos todas sus obras, eran muy especiales, y esas eran interesantes.

¿Y de tu vieja, qué recuerdos tenés?

A mi vieja le gustaba todo eso pero nunca hizo nada. Tenía un talento natural impresionante, una gran madre. Los dos fueron muy buenos. Yo tuve una infancia hermosa, todo lo que soy se lo debo a ellos. Al mismo tiempo que me controlaban mucho, que me inculcaban lo de estudiar o lo que sea, me criaron con una libertad interior increíble. Los amo, los extraño y los dejo en paz. Ideológicamente me formé distinta porque mi viejo era antiperonista no sé porqué. Él se crió en un conventillo bien conventillo con mi abuela. Mi mamá en una casa de Flores. Los dos, para un sainete. En el barrio éramos muy tontos los chicos. Mi marido era un vago que jugaba a la pelota en la esquina y yo era la nenita que estudiaba de todo. En el primario y secundario me aburría, me gustaba la danza, la música clásica, me discriminaban de esa forma que lo hacen los chicos. Yo usaba pollera corta, mi viejo me dejaba, porque al mismo tiempo era controlador y liberal.

¿Dónde estudiaste teatro?

Mi recorrido por el teatro tuvo cuatro referentes. Primero Nina Cortese. Una profesora muy académica, alumna de una alumna directa de Stanislavski. Ella me enseñó a amar el teatro, cosas muy buenas de muy buena calidad, pero era muy académica. Hacía cosas para pocas personas. Y en un estreno en el teatro Payró vino Rodolfo Graciano y me ofreció trabajar con él. Él trabajaba en un lugar de la Boca que se llamaba El Galpón de Garibaldi, que era la casa de los Cedrón, del Tata Cedrón y los hermanos, que estaba exiliado y toda esa historia. Era una antigua carpintería. Ahí pasé mi segunda etapa con el teatro, empecé a trabajar con Graciano, que todavía vive. Aprendí un montón de él, hice clases, estrené obras, hay cosas que todavía sigo aplicando. Graciano hacía puestas hermosas en espacios muy chicos. Era un loco: hicimos Sueño de una noche de verano y quería que nos paseemos en bicicleta por el aire, nos tirábamos por trapecios entremedio del público. Yo aprendí acrobacia. Él me dio la confianza de creer que todo lo que uno imagina lo puede hacer prácticamente sin elementos. Trabajamos todos los días, lleno, muchos turistas. Sería año setenta y pico, época del Proceso. Se podían hacer solo las obras clásicas, pero buscábamos la vuelta para decir algo dentro de ellas. Tuve de compañera a Cristina Banegas por ejemplo, a Miglioranza, y así y todo salíamos, nos bajaban de los coches, nos revisaban, nos ponían contra la pared.

Esta segunda etapa fue más de trabajadora profesional del teatro.

Sí. En realidad yo tenía compañeros que estudiaron en el Conservatorio Nacional de Artes Dramáticos, y al verlos actuar y al tratarlos decidí trabajar con buenos profesores. Lo otro estaba bueno también pero era más técnico. Así conocí a Alberto Durán, que es mi tercer referente. Fue maestro de Gené. Con él aprendí lo que es organicidad, sentimientos, poner el alma, una hermosura de profesor. Trabajamos con textos fuertes, teatro griego, de todo. En esa época fue cuando lo conocí a Juan Merello, los dos estábamos convocados para trabajar en un infantil que se hacía allá en Capital. Dos o tres años después de que nos conocimos, me empezó hablar de lo que hacían acá. Yo estaba bien, ya estábamos ensayando con Graciano en el Cervantes y me vine para acá. Juan estaba haciendo trabajos en la Biblioteca de Martínez. Es como que conocí otra cosa, porque el teatro independiente que yo había conocido era el del centro, todo era allá, en la Boca siempre lleno, el teatro era eso. Me iba bien, vivía de eso… pero pasó esto.

Ahí estaba dirigiendo el Negrito Carella e hicimos Corazón de tango en el teatro Stella Maris de San isidro. Eso me cambió la vida. Me sorprendí de ver unos pibes que andaban dando vueltas, que era Marina Merello, Jorge Córdoba, otro chico más, Paula. Daban vueltas, nos hacían de acomodadores, ellos querían hacer teatro y acá no había nada, no había. Ahí entendí cuál era mi vocación, mi lugar en el mundo, eso era lo que yo quería. Por eso mi cuarto referente fue Juan Merello, porque no es que era profesor, éramos compañeros, pero me hizo descubrir que el teatro no era solo arte, sino llegar al público y transformarlo.


¿Y qué es para vos el teatro?

Yo creo que el teatro es el modo más primitivo y genuino de comunicación y de expresión que pueda existir porque pasa en el momento. No hay instrumentos en el medio, no hay pasaje real en el tiempo entre la producción y la puesta, como en el cine, que es hermoso. Es esa comunión actor-público, ahí pasa todo de un lado y del otro. Yo antes creía que con actuar bien y ser buena y bonita era suficiente, pero después descubrí que esa comunicación es una herramienta maravillosa. Poder crear de la nada en comunicación con el público… donde funciona la fe, la mente, la inteligencia, lo orgánico, lo de acá, lo del cuerpo, los sentimientos, el alma, la energía del espíritu. Yo siempre salgo para el lado ese. Digo “espíritu” porque lo siento así, de esa manera, y la fe en lo que uno hace te permite crear. Nosotros somos todos creadores de la vida y si trabajamos de esa manera, así lo recibe el público, “a eso vine”. Descubrí eso gracias a una persona tan talentosa y un ser de luz como Juan Merello. Lo digo porque es así y no por ser compañeros. Empecé a ver de otra manera las necesidades de las personas, de los niños, es otra vida. Desde mis viejos hasta hoy, yo estoy muy agradecida, me pusieron en un camino y me encontré con personas maravillosas.

¿En esta última etapa se puede pensar que te acercaste más al público que a lo técnico?

Pero no yo sola, fue Juan el que me mostró el camino. Y no estoy arrepentida. A esos pibes que daban vueltas decidimos darle clases. Nosotros tenemos muchas cosas acá y no nos damos cuenta, no está mal laburar en el centro pero acá es diferente. Tenemos mucho, y sostener un grupo de teatro independiente es muy difícil. Allá abrís el teatro, difundís y que entre el que pasa, van todos de todos lados.

Con Juan Merello y los alumnos forman el Teatro de la Luz. ¿Qué obras representaron? ¿Qué cosas decidieron contar?

Lo primero que hicimos fue La Tinaja, de Pirandello, con actores que hacía un año que estaban en teatro, y salió muy linda. Todos chiquitos, una felicidad. Todos los que hoy son directores cuando tenían dieciocho años. Esa la hicimos en la Biblioteca, después ya en la salita, siempre llamándonos Teatro de la Luz, que tiene que ver con la luz, con lo que uno transmite de bueno, de bondad, y con la creación, con la inspiración, pero con luz que sirve. Y era eso, teníamos un logo que era una velita formado por personas y de ahí salía una llama. Me acuerdo en la época de Malvinas que había mucho miedo en los chicos; entonces en el teatro que hacíamos con Juan nos abrazábamos mucho y trabajábamos ese tipo de cosas. Después de eso, hicimos Rebotín, después trabajamos Soledad para Cuatro, de Halac. Trabajaban Alejandro Sáenz, Marina Merello, Paula, Jorge Córdoba, Anselmi, yo. Con esa nos fuimos al sur. Después los chicos empezaban a crecer e iban haciendo sus propias obras, escribían. Siempre queríamos hacer algo especial. Ahí escribimos Lucecitas de las Islas, la primera obra. Hoy haríamos seis obras con eso, porque queríamos poner todo. Era muy representativa, era algo regional, de las cosas que nos pasaban, los turistas invadían las islas del Delta y las arruinaban. Paralelamente sucedía lo de las Malvinas, entonces yo hacía una especia de turista que se parecía a Margaret Thatcher. Era muy divertida esa obra.

La otra que hicimos de esa manera fue Malaventura. Era una obra hermosa porque pudimos transmitir todo lo que nos estaba pasando. Ahí todos los personajes nefastos aparecían, esos que nos están rodeando de vuelta en el país. Nos inspiramos en un cuento muy chiquito que se llama Frutillas Silvestres. Un día tuvimos función en una escuela llena de pibes y había una escena en que Marina hacía un desnudo muy cuidado. Había cierto nerviosismo en ella por lo que podía pasar y, al contrario de lo que uno podía suponer, se hizo un silencio espectacular. A todos les encantó. No podemos subestimar al público, no puede ser. Eso también lo aprendí después. El público necesita que le den lo mejor, la gente lo necesita… Hoy nos quieren sacar la dignidad. Yo estoy muy enojada. Esto no tiene que ver con lo que estamos hablando… pero nos tiraron una bolsa de caca encima para que la comamos y la respiremos y entonces eso me produce mucha bronca.

¿Cómo te está afectando el gobierno de Macri y la coyuntura política?

Tenemos que resistir y aguantar un poco, porque si no reventamos mal. Me parece que hay que juntarnos y de algún modo encontrar un camino para que las cosas se caigan. La historia se repite y se repite… Todo esto que estamos charlando, que es una vida sencilla de una señora que está dando teatro en San Fernando, tiene un valor, y de pronto viene un tipo estúpido, cruel, indiferente, hipócrita, ¡un tipo no, un sistema! que tira todo a la miércoles. Como pasó en otro momento. La vida de esa señora que da clase, la de los espectadores, todo cambió. Nos enfermamos. Estábamos haciendo obras para crecer porque nos sentíamos dignos —no digo que era todo ideal, pero nos sentíamos dignos—, y de pronto ahora tenemos que empezar de nuevo a pelear desde el teatro, a insultar, y la gente vuelve otra vez para atrás. ¿Por qué? No hay derecho.

¿Cómo es la situación del Teatro Martín Fierro?, ¿reciben apoyo municipal?

Tenemos algo de apoyo del municipio. Hay un impuesto muy caro del que nos eximen, pero no nos dan otra cosa. No puedo negar tampoco que estoy bien como vecina con respecto a las obras, no lo puedo negar. Pero con respecto a la cultura no sé qué pasa, hay cosas pero siento que no nos dan mucha bola a los artistas. A nosotros nunca nos llamaron para actuar en ningún lado, tampoco es que nos movimos mucho para eso. Yo estoy un poco descreída con algunas cosas en lo cultural, no sé cómo funciona la escuela de teatro. A Juan y a mí nos llamaron hace un tiempo como asesores, hicimos programas para primero y segundo nivel que se usaron. Después basta. Ya no queríamos participar más. Hoy el teatro se mantiene con la colaboración de los grupos que participan y con el esfuerzo de todos los que participamos acá. Esperamos que pronto salga el subsidio del INT. Es muy difícil, el año pasado era una cosa y este año es otra muy distinta.

¿Podés reconstruir el recorrido que hicieron por los teatros de San Fernando desde que se conformó el Teatro de la Luz?

Las primeras clases, hace como 35 años, fueron en una oficina donde Juan trabajaba. Después alquilamos un lugar en la calle Rivadavia, un depósito de fruta, un galponcito. No daba para hacer funciones, pero sí ensayábamos, lo arreglamos lindo. De ahí nos fuimos a la calle Alvear, entre Perón y Constitución, que es el mismo edificio de la Sociedad Italiana, entrando por el costado. Había sido la cantina del teatro de la Sociedad Italiana cuando funcionaba. Ahí tuvimos el primer teatrito. Después abrimos el de la Sociedad Italiana mismo, un teatro grande, estuvimos unos cuantos años. Pasamos un año por el local de la calle 9 de julio 1555 (luego convertido en Laburatorio), que nos prestaban las chicas de danza. Finalmente, vinimos acá en el 2000 y pasamos a llamarnos Teatro Martín Fierro. Cuando estábamos en la Sociedad Italiana, todavía éramos Teatro de la Luz, después nos pusimos Martín Fierro por el gaucho perseguido. En el medio de todo eso fue cuando nos separamos de algunos compañeros, empezamos a pensar distintos, a hacer diferentes cosas, a crecer. En ese momento yo misma pregunté si les parecía seguir con el mismo nombre, y uno de los chicos dijo que no, “Si nos vamos nosotros, no”. Juan aceptó y yo me quedé un poco mal porque el Teatro de la Luz era algo que nació adentro mío y, bueno, creo que sigue siendo el Teatro de la Luz para mí. Yo me quedé mal, porque tiene que ver con nuestra forma de hacer, nuestra forma actual de ser. Al grupo le pusimos Agrupación Artística San Fernando, porque se iban formando grupos distintos con otras formas, grupos de acá, pero seguía siendo la agrupación.

Texto y fotografías: Timbó

Contacto:

Clases, obras, talleres.

FB: Teatro Martín Fierro

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *