— Buen día, Carlos, ¿pueden ser cien de mortadela?

— ¿Mortadelita? Sí, claro, ahí te corto cien de mortadelita… mirá que esta es buena, eh.

Y sí, porque con Carlos al fondo cortando el fiambre no hay Burrito Ortega ni hay gambeta, mirá si te vas a animar a tirar un caño cuando atrás de la heladera te espera un bostero que es, ni más ni menos, el heredero del gesto y la palabra, porque no cualquiera te transforma el término “mortadela” en “mortadelita”, tan amistosamente y así como si nada. ¿Cuál es la necesidad de Carlos de romper espontáneamente la rutina y devolver con la sorpresa poética del fiambrero? ¿Qué necesidad de convertir el salame en salamito, el queso en quesito?

Es el don en la palabra, mis amigos, el gesto hecho acción.

En el pasaje a diminutivo del fiambre se esconde una palmada compañera, un empujoncito sobre la certeza en la elección… Efectivamente, hoy sale mortadelita, porque en los pagos que habitamos, la mortadela sufre de mala prensa, pero si cuando te la cortan en tajadas te la presentan como “mortadelita”, ahí la cosa se va poniendo animosa y mucho más si Carlos te canta el retruco, Mirá que esta es buena, eh. Ahí se evaporan las dudas, no existe posibilidad alguna de error en la elección porque quien te la sirve te la tira así, Mortadelita, tomá. Y sí, porque sí. Cien de mortadelita es el augurio de un almuerzo contento, acompañado del pan, pancito que todas las mañanas fracciona en bolsitas Marina.

El pasaje a diminutivo de la mortadela, además de una realidad, es el recurso elegido por este narrador para describir el concepto que ilustra tan certeramente a este autoservicio amigo que ya cuenta con más de 50 años de historia en el pueblo de San Fernando. Por ejemplo, para continuar coloreando la situación, en este mercadito no hay hasta el momento ningún cartel que diga “NO SE FÍA”, aunque tampoco haya uno que diga lo contrario y, como la confianza la construimos entre todos, sobre la caja hay decenas de papelitos y anotaciones con Pepas, Normas, Martas, Teresas, Juancitos, Pedritos y Jorgitos que adeudan dos, tres, diez pesitos, La próxima te lo pago / Pero sí, no te preocupes.

Que al fondo esté Carlos con los fiambres y los comentarios bosteros, implica que también exista un medio campo y una delantera, indicio de un equipo de trabajo aguerrido. Por eso, a su lado, acompañan en los quesitos Antonia y Antonella, y más adelante la Patri, yendo y viniendo, y también la Normi sentadita, firme, en la caja cobrando y aconsejando sobre la medicina del alma a aquellas señoras que están buscando algo más que un detergente y yogur. Por caso, los productos no están ubicados a libre albedrío por el espacio, claro que no, por eso está Daniel, que se las vive entrando y saliendo del campo de juego con mercadería al hombro y colocando los vinitos en oferta en las cabeceras de góndola para aquellos vecinos sensibles al aroma de la uva y los brindis amistosos.

Bienvenido, don, bienvenida doña,

Autoservicio 9 de Julio, ¡y muchas gracias por su compra!

Argentinos, todos. Descendientes de italianos, todos

En la comuna de Sarnano, provincia de Macerata (Italia) sellaron su amor Lino Bombardi y Flavia Monaldi. Lo que probablemente no anticiparon era una Segunda Guerra Mundial y un contexto que obligó a Lino dejar a su mujer y familia para viajar —como tantos otros italianos— hacia el sur de un continente desconocido llamado América. En 1953 Lino llegó a la Argentina con la fuerza del trabajo. Así fue que pocos años más tarde (1957) y asociado con un amigo, abrió el Autoservicio 9 de Julio en el entonces pueblo de San Fernando. Pasó el tiempo hasta que le tocó a Flavia abandonar su tierra y a los suyos para reencontrarse con aquel hombre que había despedido años atrás. De ese reencuentro nacieron Carlos y Patricia, hoy los responsables de ponerle el cuerpo a este mercadito de barrio que convoca a los antiguos y nuevos vecinos. “Imaginate, hay algunos pocos que tienen 90 años y vienen desde que abrió mi papá”, cuenta Patri y agrega Carlos: “Yo desde los 2 años que camino por acá”. Es que cuando Lino y Flavia se fueron al cielo, ellos, sus hijos, siguieron los pasos de aquellos padres que dieron su vida por el trabajo y la familia, familia hoy integrada por Antonia (esposa de Carlos), Norma, Marina y Betty (hermanas de Antonia), Antonella y Franco (hijos de Norma), Marco (marido de Antonella), Renato (hijito de Antonella y Marco) y Dani (Marido de Patricia). Argentinos, todos. Descendientes de italianos, todos.

Por el autoservicio ubicado al 1575 de la calle 9 de Julio, pegadito a la estación de Sanfer, pasaron decenas de empleados, pero como escribió la historia argentina la década del noventa hizo estragos y el advenimiento de los supermercados los obligó, como a tantos otros almacenes y mercaditos de barrio, a reducirse para consolidarse como el actual negocio familiar. Con el esfuerzo y el trabajo diario, esta simpática familia recibe calurosamente a los clientes que siguen eligiendo dónde y cómo comprar. Es por esto que desde Timbó elegimos retratarlos en estas páginas, como homenaje y agradecimiento, por ser clientes diarios y reconocer en la cotidianeidad el gesto del sincero saludo y la mirada. En este autoservicio, se construyen lazos de confianza y amistad, donde además de encontrar los corrientes abastos, hay quesos, pan y fiambres frescos trabajados por las manos pesadas de Carlos que dan cuenta de la historia de una familia laburante que la mortadela te la sirve como mortadelita, el jamón, jamoncito y el queso, quesito.

.

Texto: Guido Zappacosta / Fotografías: Facundo Nívolo

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *