Comienzo, desarrollo y fin. Cuántas cosas pueden haber encerradas en tan pocas palabras, en un espacio finito. El infinito en lo finito. La Música. Esa caricia suave, esa compañía, esa sensación de plenitud, las dicotomías que puede generar en nosotros y en los otros, los recuerdos, el apoyo incondicional. Muchos en la calle nos “enchufamos” a ella.

Todos nos queremos sentir importantes y que las escenas de nuestra vida estén musicalizadas. Todos necesitamos entendernos un poco más aún. Y a veces queremos distraernos, no pensar, que nadie nos moleste, ni nos mire, ni nada. Otros queremos exhibir nuestro “yo” en el río, en el camping; y tocamos la guitarra sin que nos importe si estamos invadiendo a otros. Pocas veces nos sentamos en una butaca a escuchar a una orquesta sinfónica.

La música es un campo tan amplio que nos puede marear y, como en la mayoría de las cosas, se instaló una saturación por el sobreuso. Es utilizada para publicidades en las que nos venden cosas que no necesitamos, la imponen en boliches y en los medios de transporte, está presente en el celular para avisarnos que alguien nos llama. Este sobreuso le quita importancia real, la achata, la aplana; al igual que a nosotros y a nuestros gustos y preferencias. No olvidemos el camino que la música recorrió hasta acá. Tenemos a Bach, Mozart y Beethoven. Y a muchos más. Tenemos a Liszt, Dvorak y a Brahms. Y a muchos más. A Rachmaninov y a Debussy. Y a muchos más. A De Caro, Troilo y Piazzolla. Y a muchos más. A Miles Davis, Coltrane y Chet Baker. Nos tenemos a nosotros.

Encerrémonos en nuestras habitaciones solos a escuchar música a un volumen bajo. Saltemos en la oscuridad, giremos la perilla hasta casi no escuchar nada, sólo a nuestras sensaciones, y caigamos en el abismo de nuestro ser. Amiguémonos con nosotros mismos. Lo demás viene solo.

*Texto publicado en la primera edición impresa de Timbó, marzo de 2010.

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Texto: Nicolás Batinic / Ilustración: Florencia Hidalgo

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