Tiempo antes de cumplirse los diez años de la tragedia de Cromañón, con el compañero y fotógrafo Facundo Nívolo, comenzamos a trabajar en la recopilación de testimonios de sobrevivientes con el deseo de publicar un libro. Ese proyecto quedó inconcluso sobre todo por motivos económicos aunque hoy encontramos en este medio la manera de compartir el material al mundo, para que esté vivo y circule. Nos aferramos a la pregunta de por qué seguir, quiénes éramos antes de la tragedia y quiénes somos hoy. Porque amamos la vida y recordamos. A los pibes y pibas de Cromañón, a lxs que están y lxs que no, a lxs familiares y amigxs, no olvidar. Recordar es pensar.

KATIANA BROGGI

24-01-1989 / Munro

Tenía 15 años, estaba en plena adolescencia, muy en descubrir el mundo, de creerme que todo se puede.  Iba al colegio doble turno así que me pasaba gran parte del día ahí. Era un colegio bastante abierto, liberal: el Raggio. Ahí ya experimentaba mis primeras búsquedas y aventuras. De irnos a pasar tardes enteras al río, ratearnos. Una mezcla de curtir naturaleza, escabio, marihuana, tabaco. Empezar a curtir esas cosas. El ámbito en el que me movía era súper abierto. Mis amigas eran: una punky, una alternativa, una nerd y yo súper rolinga. Así era la cosa. Todas juntas con amigos metaleros. Me gustaba mucho salir de noche, a pleno, a los boliches rolingas o al boliche alternativo con mis amigas. Iba a recitales bastante influenciada siempre por mi hermana Erika, que me llevaba cuatro años. Nos encontrábamos escuchando las mismas músicas. Yo la seguía a ella, me llevaba a recitales desde los once años. Nos encontramos en esa cultura del rock. Yo era la hermanita menor y la seguía para todos lados. Ella me abrazó, me maternizó un poco. Me llevaba y me mostraba ese mundo desde un lugar cuidado. Después yo me mandaba las mías también… en esa estaba.

Vivía en Munro. En la casa estaba bastante sola. Mis viejos se habían separado y laburaban mucho. Nunca aparecía el viejo. Mi otra hermana ya no vivía en esa casa. Mi vieja laburaba y estudiaba, no la veía. Mi hermana era un poco la guía, la que estaba. Por ella empecé a escuchar Callejeros. Ella tenía un novio, El Colo, que tenía una banda de rock y eran bastante fanas de Callejeros. Me acuerdo que la banda tenía el nombre de una canción de Callejeros: “Invisibles” y después se llamaron “Sonando”. Tenían el mismo estilo, los seguían a todos lados. Cuando empezaron a seguirlos, eran bastante under, los conocían. Entré en esa. Me sumé a seguirlos. Bocha de fechas, a casi todas las que podíamos íbamos. Yo venía con Los Piojos, La Renga, pero no tocaban tan seguido. Después apareció Callejeros y como estaba esta relación con todo el grupo, me metí en esa. Era la más peque del grupete.

Bueno, si yo estoy acá, si me toca vivir es para disfrutar, para vivir bien. Eso me lo tomé como misión. Así como casi se me termina ayer, se me puede terminar mañana. Si hoy estoy sufriendo, nada tuvo sentido. Mientras estemos acá, estemos bien.

Todo esto tiene una parte de esas donde yo le presto atención, pongo el foco. Sabía que estaban esas tres noches de Cromañón y nosotras veníamos en ese tren de ir a todas las fechas. Acababan de tocar hace re poco y era Bueno, ¿qué hacemos, a cuál vamos? Como mi hermana era amiga del chabón que laburaba en Locuras de Munro, le pasó un par de entradas para el primer día y fuimos. Para el tercer día “manijeamos”, Ya fue, vamos a comprarnos la entrada. Justo en ese momento mientras caminábamos por Munro a comprar la entrada, las cinco cuadras que había de casa a Locuras, saltó la ficha de que nuestra otra hermana, Giselle, estaba embarazada, de que venía de un par de abortos pero que esta vez decidió seguir adelante con el embarazo. Nos enteramos ese día y lo charlamos yendo a Locuras a comprar la entrada.

Me voló la cabeza enterarme que mi hermana estaba embarazada mientras caminábamos a comprar la entrada porque estábamos hablando de que llega un integrante a la familia mientras estábamos yendo a comprar el pase a Cromañón a donde se iba a ir otro integrante de la familia. Eso me voló la peluca, me dejó regulando.

El 30 de diciembre de 2004 hay una segunda escena que también me voló la peluca. Antes de entrar estábamos yendo las dos solas. Generalmente nos juntábamos en Saavedra para ir en grupo. Ese día pintó que íbamos las dos solas y nos encontrábamos allá. Antes de entrar a Cromañón pasamos por un puestito de panchos, ¿Qué hacemos: comemos ahora o comemos después? Salió compremos uno, lo compartimos y a la salida compramos otro. Esa secuencia me vuela la peluca. No sé, como que dejamos algo pendiente, como dicho de que iba a pasar, un algo a realizar, pero no éramos de hacer eso. Comés un pancho, chau, te vas y seguís, pero ese día pintó esa, como dejar algo para después, juntas, un pancho cortado a la mitad, una parte cada una y dejar pendiente la segunda mitad. Que no suceda, que no pueda suceder, eso es algo que me quedó.

Entramos solas y empezamos a buscar a los nuestros que sabíamos que iban a estar a la izquierda adelante. Me acuerdo algo particular. Yo era re piba, tenía 15 años, siempre iba en jogging y remera. Para ese día me había pintado una remera con dibujos de Callejeros. Una amiga me había prestado un jean. Secuencia. Me fui en jean. Nunca iba en jean. Me acuerdo que ese día me metieron una mano asquerosamente, secuencia que nada que ver, me di vuelta y revoleo una piña. Yo no mato ni un mosquito, me había sentido abusada. Eso fue al final de la banda anterior.

Lo primero cuando pude volver a mí, fue valorar y agradecer. A mí me sacaron, me hicieron respiración boca a boca. Estoy eternamente agradecida a un alguien, un incógnito, eternamente agradecida de que yo esté aquí hoy. Las dos nos desmayamos. Las dos estábamos a punto de morir y una sobrevivió. Entonces me quedo como que Bueno, si yo estoy acá, si me toca vivir es para disfrutar, para vivir bien. Eso me lo tomé como misión. Así como casi se me termina ayer, se me puede terminar mañana. Si hoy estoy sufriendo, nada tuvo sentido. Mientras estemos acá, estemos bien. De eso me agarré y eso me dio mucho valor, marcó todos mis comportamientos posteriores.

Lo primero que hice fue decirle a este chabón que supuestamente era mi padre, decirle que no es mi padre. Nunca lo fue, nunca estuvo. No me interesaba caretear ninguna situación, juntarme con un “x”, no saber de qué hablar y no decirse un montón de cosas guardadas en la garganta y dije: No, yo a esta careteada no voy más, ¿sabes qué?, nos vemos… y eso me hizo súper bien, me liberó una mochila grosa.

Después me hizo animarme a un montón de cosas, a salir a explorar el mundo, a explorarme a mí, reconocerme, viajar. Me animé a viajar sola, a dedo, toda la gente que me levantaba alucinaba. Yo era re piba, viajando, exponiéndome a un montón de situaciones. Venía de padecerla, de curtirla y si no me exponía, no me iba a animar. No me sentía expuesta en ese momento, sentía que me estaba animando, conectada en una buena energía, un buen camino. Ahora, después de unos cuantos años y tantas experiencias alrededor, lo veo desde otro lado y digo: Bueno, sí, me exponía. En ese momento me hizo muy bien.

Después de los muchos años pasados, pude empezar a ver la partida, la muerte como algo natural. Sabemos que nos vamos a morir, claro, que cuando se da de esta manera tan súbita, tan inesperada genera un shock que es fuerte, realmente la muerte es parte de la vida, así como la vida es parte de la muerte.

Empecé a tomar más conciencia de los espacios. De a dónde me meto y con quién. Empecé a cuidar las relaciones, un montón. Aprender a amar, compartir y abrazar. Toda mi vida, mis pensamientos, acciones y movimientos fueron marcados por ese suceso. Es algo que llevo a todos los ámbitos, me hace ser quien soy.

Hay mucho de entender un poco esto del yin y el yang, de todo lo bueno hay algo malo, en todo lo malo hay algo bueno. Me trajo muchas cosas buenas en cuanto a mi personalidad y forma de ser, un empoderamiento, fuerte, una personalidad que me gusta ser. Me despertó de muchas situaciones que estaba re dormida y a la vez me sacó de una adolescencia, hueveándola todo el día, me bajó de un hondazo, crecer de golpe.

Lo primero que me trajo fue Basta de careteadas. Disfrutemos la vida, me voy a hacer lo que me hace bien, eso lo llevé como bandera. Estoy donde quiero estar, si no estoy cómoda acá, Chau, me voy. En esto de hacer lo que me hace bien, empecé a construir vínculos que hacen bien, vínculos sanos. Me interesa mucho profundizar en la forma en que me vinculo con las personas, vínculos reales, transparentes… me ocupo mucho de eso. Ser lo más auténtica que puedo conmigo misma. Intentar mostrarme tal cual soy, elegir dónde estar. Hay mucha gente que no se la banca ni en pedo, mucha gente no puede relacionarse conmigo, yo me doy cuenta, porque soy cruda, frontal, te digo las cosas que te tengo que decir en la cara, no me voy a callar. Me trajo muchos problemas ser así también, tampoco me hago rollo, soy así.

Hoy vivo en la Patagonia, un lugar que está muy en contacto con la naturaleza, rodeada de montañas, de aire fresco, de agua pura y de personas con una búsqueda similar. Buscando ese tipo de lazos, ambientes sanos, lindos, divertidos.  En el medio apareció un camino artístico, el mundo del circo que me acercó muchísimas disciplinas: malabares, acrobacias, clown, teatro, danza, contorsión. El arte ayuda un montón, es un canal para todo, para las emociones. Me doy cuenta que me mantengo lejos de un montón de situaciones, al margen de esta ciudad, Buenos Aires. Venir dos días de pasada lo veo como una película y sonrío, pero vivir en este lugar me afecta. Mismo ayer. Volví y lo primero que hice fue tomarme el tren y pensaba: Guau, sigue pasando lo mismo que hace años. La gente se pone en la puerta haciendo un tapón y no dejan salir y pretenden subir. ¿A donde está mirando esa gente? ¿No ven que hay una persona que quiere salir, que se tiene que correr para poder entrar? Algo tan básico, ¿no lo están viendo?, guau, no evolucionamos más… Y lo que genera eso, se empiezan a empujar, a putear, todo un ambiente nocivo. Y me alejo de esos lugares, me mantengo al margen.

Después de Cromañón no puedo habitar lugares multitudinarios. Lugares tan cerrados tampoco, no me siento cómoda. A cada lugar que voy observo a dónde me ubico, la estructura, donde están las puertas, las ventanas, cómo es el aire, el techo y la cantidad de gente hay. De eso me di cuenta que lo tengo instalado a partir de Cromañón.

 “La muerte y la vida”, me alucina ese tema, me rompe la cabeza. Después de los muchos años pasados, pude empezar a ver la partida, la muerte como algo natural. Sabemos que nos vamos a morir, claro, que cuando se da de esta manera tan súbita, tan inesperada genera un shock que es fuerte, realmente la muerte es parte de la vida, así como la vida es parte de la muerte. En el momento de estar embarazada y traer un ser al mundo y que mi cuerpo es el canal para que este Ser llegue, es muy fuerte. Me trajo también la sutileza de la vida. Tuve y tengo la responsabilidad y el cuidado de un Ser, de una persona. Cuando son bebés, son tan frágiles, dependen tanto del cuidado de una madre, de un ser adulto, es alucinante. El microsegundo desde el momento que hacés el amor y se conecta una célula con otra y se genera una nueva persona, o el microsegundo en que se desata una catástrofe y una persona se va. La sutileza de la vida y de la muerte y que esa sutileza está en todo momento, flasheo. Veo a la muerte en muchos lugares, muchas situaciones, donde puede aparecer y llevarnos. Me trae también a verme más allá de hoy. Existimos hace millones de años, millones de formas de llegar e irse, después de un tiempo voy a ser una más, cuando sea el momento. Me trae también a la sutileza de este momento, me vuela un poco la peluca. Me gustaría que se difunda este mensaje de apreciar la vida hoy. Apreciar la oportunidad que tenemos de estar acá y desde ese aprecio, cuidarse una misma, cuidar al entorno y a los demás.

Nota e investigación: Facundo Nívolo y Guido Zappacosta

Fotografías: Facundo Nívolo

SOBREVIVIENTES (primera nota)

Los Pibes de Cromañon

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