¿Por qué hacer teatro?, ¿dónde hacer?, ¿para quién? ¿Qué tengo para decir?, ¿cómo lo hago? Preguntas con muchas posibles respuestas, todas transitorias, nunca definitivas. Preguntas que nos acercan al universo compartido con Luciano y Hermes, compañeros trabajadores del arte que se iniciaron en San Fernando y que se propusieron trascender la ribera norte. Laburos que hoy circulan por el mundo como Urraka y Un Poyo Rojo, que nacieron en 9 de julio y Belgrano, frente a la plaza San Martín en el eterno Laburatorio (imposible de definir en palabras). Con su propia identidad, con su propio método: el caos. “Nosotros salimos a faltarle el respeto al público, pero desnudándonos”, dice Hermes. Cosas que hoy siguen vivas, que se renuevan constantemente y que los mantienen unidos. En San Fernando, en una quinta de Maquinista Savio, en un hotel en Turquía, en un hospital de Alemania o en un ph de Parque Centenario.

¿Cómo fue que arrancaron a laburar juntos con Urraka y con Un Poyo Rojo?

Luchi: Cuando arrancamos, estábamos los dos sin laburo, luego de que nos fuimos de Choque Urbano, y medio que fue un “hagamos algo porque si no…”.

Hermes: Estábamos sin laburo y necesitando contención afectiva. Necesitábamos gente que te quiera para trabajar y no sólo como empleados que repiten lo que pedís.

Luchi: No daba salir de un lugar y repetir la misma historia, entrar en una donde contratan gente y te digan “que hagan esto, esto y esto” y les pago dos mangos. Sentíamos que ir por ese camino no estaba bueno. Queríamos formar un grupo humano en el que nos juntemos y podamos cruzar lenguajes, que es un poco lo que pasó en la experiencia del Laburatorio. Me acuerdo que hablamos, en el caso de Urraka, de hacer una banda pero no podíamos ni comprar instrumentos. Y con Un Poyo fue más raro aún. Yo lo conocí a Nico Poggi en el Laburatorio también.

Hermes: Veníamos un poco boqueteando con hacer algo de teatro físico, primero con Andrés Cárdenas en un proyecto que se llamaba Despobladores y eso se quedó… y después con Nico empezó a fluir. Ya desde antes de Urraka que veníamos con esto, estábamos con la idea de hacer algo que no solo tenga que ver con instrumentos reciclados y eso…

Nosotros los consideramos una dupla creativa que viene laburando hace muchos años en San Fernando, hoy con mayor trascendencia y en otros lugares. ¿En qué se basa su proceso de laburo, de creación?

Luchi: Para mí, lo importante siempre fue tener una idea, y después que eso que te imaginaste sea solo un disparador que se desdibuje y pase a una forma más genuina o verdadera. Me parece que es un poco eso… Con Nico queríamos armar una obra de danza contemporánea, no importaba si se entendía la historia o no. Danza contemporánea y ya. Por ahí con algunos matices de humor, pero la idea era contar la relación y el vínculo real, y después, cuando empezamos a ponerle el cuerpo, se empezó a transformar. Laburando los tres juntos, la idea de hacer danza contemporánea murió automáticamente.

Hermes: Vos tenés un hijo y no sabés cómo va a salir. Es eso, es copular y ver qué sale y no pelearte con la dirección que se propone. Tuvimos bastante responsabilidad en no decirle “no” a las cosas que fueron sucediendo en los ensayos por tener una idea preconcebida de lo que buscábamos. Siempre fuimos muy generosos en ese sentido. Nunca nos planteamos un objetivo que no sea cambiable por nada, no somos así, somos más caóticos y no hay ningún problema con eso.

Esa forma de laburo implica un vínculo más profundo entre las personas, que también lo hace más perdurable.

Hermes: Es que uno puede trabajar con alguien por un período, pero se termina. Nosotros seguimos funcionando, y se va modificando. Los últimos ocho años vivimos juntos, yo pensé que iban a cambiar mucho las cosas cuando nos separamos, pero es como si viviésemos juntos igual, no nos peleamos con esos cambios. Digo, el vínculo no es algo que se da solo en lo artístico, sino que es parte de todo. Lo artístico sería una excusa para tener algo que hacer juntos, pero también podría ser cocinar.

Luchi: Hay pocos factores que pueden sostener un espectáculo tanto tiempo. Uno es mucho dinero y el otro es la amistad, que es el nuestro. La amistad es la que te mantiene cerca de la gente con la que querés laburar, ponerle el cuerpo cuando no hay nada qué hacer. En estos ocho años, nos cagamos de hambre un montón. Si laburás con alguien en quien no confiás plenamente, en algún momento te abrís.

lo importante siempre fue tener una idea, y después que eso que te imaginaste sea solo un disparador que se desdibuje y pase a una forma más genuina

LUCIANO ROSSO.

Hermes: Con un amigo podés estar un día comiendo el mejor plato y al otro día estar secando la yerba del día de ayer, y no importa, porque es tu amigo. Si empiezan a jugar otras cosas, como los egos, se vuelve difícil. Creo que el secreto fue un porcentaje de azar, un porcentaje de talento, pero esos son porcentajes mínimos comparados con la amistad.

Tanto Un Poyo Rojo como Urraka, fundamentalmente, son laburos muy precisos. ¿Tienen mucho tiempo de ensayo?

Hermes: Un Poyo Rojo fue mucho ensayo en escena. Hemos cometido los papelones más grandes por salir a escena sin saber qué iba a pasar o no habiendo ensayado o habiendo cambiado cosas que no se ensayaron.

Luchi: Eso quedó un poco por la dinámica del Laburatorio, donde hacíamos y mostrábamos todo el tiempo. Organizábamos una varieté donde íbamos a presentar algo todos y ninguno sabía exactamente lo que iba a hacer. Y, mientras colgabas un tacho de luz o acomodando el lugar, decías: “Bueno, voy a hacer una escena de este modo y le voy a decir a Ema que me ayude con esto, y tal me va a hacer las luces”. Entonces, se armaba ahí la escena, el número, algo, pero era exponerse así. Esa dinámica fue quedando. Tal vez con Urraka se ensaya un poco más porque es un grupo grande, hay que componer música y ensamblar y escuchar y poner la escena. Pero con Un Poyo fue más de charlar las correcciones de la función anterior un rato antes de la función siguiente y luego las hacemos con público. Obviamente que hay una base que ya está sólida. Estuvimos mucho tiempo trabajando juntos. Pero se da esa dinámica porque nos sirve.

Hermes: También tener todo ensayado no nos gusta. Nosotros salimos a faltarle el respeto al público, pero desnudándonos. Acá no vas a ver a los acróbatas chinos que entrenan toda su vida en un calvario de sufrimiento y frustraciones para hacer una mortal y no fallar nunca. Es esto, soy solo un ser humano tal cual vos, y podemos faltarte el respeto, y vos tenés derecho a no aplaudir. Si al fin de cuentas vos terminás aplaudiendo, es porque se dio la magia del encuentro.

Es intensa la devolución tanto en las funciones como en los medios, en las propuestas de giras… ¿Cómo se convive con eso? ¿Les angustia?, ¿les da miedo?

Hermes: El miedo sería que deje de pasar. Mientras siga pasando, no va a ser nada malo, estemos donde estemos. Si deja de pasar, y se pierde esa magia increíble y que no sabemos cómo pasa, eso daría miedo. Que se acabe esto que le llaman el cuarto de hora.

¿Pero pesa a la hora de encarar algo nuevo? 

Hermes: A mí me pesa un montón lo nuevo. En última instancia no me va a frenar, pero pienso en eso y siento la presión. Te podes ir por la puerta grande y no hacer nada más o… bueno, “la puerta grande” ¿de qué? Ahí se ve de qué madera estamos hechos. Da miedo, sí. No creo que cambiemos mucho el paradigma de la búsqueda estética que tenemos, que compartimos, que disfrutamos, que sentimos, que es nuestra y de nadie más. Todo tiene un sello bastante personal, pero sí, si viene un productor, como el que nos produce en Francia, y nos dice “les producimos un espectáculo” y nos dan la guita…

¿No les pasó eso en Europa ya?

Hermes: No tan así, pero sí. Son todos desafíos. El año pasado dirigimos una obra de un elenco de un grupo de teatro físico egresado de una escuela. Fue un trabajo de tres meses, intenso, de todos los días y también estaba la presión de hacer algo nuevo y bien. Lo hicimos. Se estrenó, sucedió, después se atomizó porque los actores son muy jóvenes y tenían ganas de hacer otras cosas, querían viajar por Latinoamérica. Bueno, son europeos y tienen la posibilidad de hacerlo.

Luchi: Tienen otro concepto del hacer, de la permanencia, distinto al nuestro.

Hermes: Cuantas más cosas puedas hacer en un año, cuanta más gente con la que puedas laburar y ganar experiencia, mejor. Y nosotros somos más testarudos, sigamos con esto que ya lo van a ver. Creo que estamos muy enfrente. Imaginate si Sófocles hubiese sido hecho una sola vez, o Shakespeare. Si eran seres humanos, no tenían nada especial. Bah, nada especial con respecto a otros seres humanos. 


¿Cómo fue esa experiencia accidentada de gira en Europa?

Luchi: Este último año fue intenso. Antes de arrancar la gira, nos fuimos tres meses a armar esta obra con los chicos y, cuando terminamos, ellos empezaron una minigira de ocho o nueve fechas, y nosotros empezábamos una gira grande de Un Poyo Rojo de 87 funciones. El primer día de gira nos encontramos las dos compañías: Un Poyo Rojo y Un Poyo Furioso en un festival en Alemania. Y, bueno, ese día Hermes tuvo un accidente que lo obligó a quedarse en Alemania. Nosotros al otro día seguimos nuestro viaje con el resto de la gira. Fue re duro, porque esto pasó un martes y un miércoles nos fuimos de viaje. Seguimos la gira, y él se quedó en Alemania en un hospital, fue una situación bastante densa. Y a los tres meses nos pudimos volver a encontrar en París para unas funciones en un teatro muy prestigioso de allá. Hermes ya estaba recuperándose y arrancamos, hicimos cinco funciones y a la sexta me lastimé yo… tuvimos que cortar la gira, me rompí un ligamento y me tuve que operar. Fue en el medio de una función, literal, quedé tirado en el escenario. Médico, manager, productor, todos arriba del escenario; yo desgarrándome en el piso y la pierna allá.

Hermes: Después Luchi tenía la sensación de “cagué todo”, en ese momento no había otra cosa que le ocupe la cabeza. Lo operaron, pasaron quince días y Luchi tenía la sensación de “le cagué el laburo a los pibes”, toda una cosa que parecía que no había salida. Una situación laberíntica, kafkiana, y después salís, hay que pasarla, pero se sale. Y esa es la clave de la duración. En ese momento hay que atarse al palo mayor, vendarse los ojos, ponerse cera en los oídos y seguir para adelante.

Y volvieron para acá. ¿Tuviste mucho laburo de recuperación?

Luchi: Me estoy recuperando, y me estoy recuperando en escena. Nos quedamos allá un mes y nos volvimos, y fue también horrible porque nos volvimos cada uno en un vuelo diferente. Yo volví en silla de ruedas y con muletas.

Hermes: Yo dejé las muletas en el aeropuerto.

Luchi: Fue muy chocante porque nos fuimos a una gira mundial de seis meses y volvimos a la mitad y todo rotos. Fue devastador.

Hermes: Lo positivo fue que las críticas han sido excelentes, incluso de revistas que suelen darle con un caño a todo el mundo. Sin embargo, sentimos haber fallado a nuestro compromiso con la gira y nos quedó pendiente. Ahora vamos a una nueva gira con más funciones que se sumaron.

¿Con qué docentes conocieron el teatro, la danza?

Hermes: En mi caso, fue conocer a Fideo, el caso de Luchi a Analía González, que tenía su estudio de danza. Yo a Fideo lo conocí cuando tenía trece años, en el 91 o algo así, en el Colegio Estrada de Don Torcuato. Había un grupo de teatro como actividad extraprogramática. Él me vinculó a gente que estaba haciendo cosas u organizándose para un fin común y no sólo por algo estético, sino una cuestión de aprender a querer, algo que a mí me faltaba mucho. Ese aprendizaje a querer hacer algo, a poner ideas en el territorio de la praxis y no solamente en un debate o en una charla de café. Ahí dije: “Este es un lugar en el que yo puedo estar”. Nunca fui bueno para los deportes y no tenía nada en lo que me destaque. En esto no hacía falta destacarse, solamente siendo yo ya era algo, y todos eran así medio como yo, disfuncionales. Estuvo bueno, era un espacio que nos contenía a todos y sentí comodidad instantáneamente, una sensación hogareña.

Luchi: Yo de pibe tenía todas las inquietudes, sabía que era el arte, pero de grande me empezó a picar concretamente. La danza, por ejemplo, arranqué a bailar a los dieciocho, que es grande para la vida “activa” de un bailarín, que arranca a los seis. Arranqué danza porque era lo más inmediato y era algo que me estaba latiendo muy fuerte. Al toque entré en dos compañías y eso me abrió un poco más el abanico de posibilidades. Empecé a usar la danza como una herramienta, una parte de algo que podía ser más grande. Pero recién en la época del Laburatorio fue cuando empecé a entender que había tantas formas de mezclar disciplinas como personas en el mundo. Cada uno tiene su visión, y yo lo estaba buscando desde ese lugar. También lo traigo en los genes: mis viejos eran artistas en potencia, nunca profundizaron pero estaba ahí re latente. Estuve a punto de entrar a laburar en Tribunales, donde laburó mi viejo y todos mis hermanos. Yo era el próximo, el menor, estaba por cumplir 18. Cuando estuvo lista mi vacante, pegué un laburo en la tele como cuerpo de baile de Operación Triunfo y entonces pude decirle a mis viejos: “Mirá, estoy acá, este es mi laburo”, y ahí fue un “bueno, ta, te vas a dedicar profesionalmente”. Entré también en Choque Urbano ese mismo año. Estuve muy cerca de ponerme a laburar en Tribunales, quedarme pelado, echar panza y, bueno, todo eso fue una herramienta fuerte para decir: “No, che, yo voy a hacer esto”, que no era exactamente lo que quería pero era la forma de empezar un camino.

Al teatro se lo suele acompañar con muchos adjetivos, en este caso mencionan el teatro “físico”. ¿Cómo trabajan esta disciplina?

Hermes: Nosotros empezamos con la idea de hacer teatro físico hace muchos años, veíamos videos de muchas compañías grandes y nos parecía un código copado y que lo podíamos abarcar. Plausible de ser renovado, de ser reinterpretado, con menos intelectualidad de “trabajamos con textos de no sé quién” y todas esas cosas que siempre se agrega como justificación “escrita” y que no están en el espectáculo en sí. Por ejemplo, la idea fónica de la ópera no está hecha para que el hombre moderno entienda lo que se está diciendo, se deforman las palabras en algún punto intencionalmente. Tenés que conocer el código o una inclinación para poder entender todos los sonidos guturales, pero no es la idea entender todo.

A mí me pesa un montón lo nuevo. En última instancia no me va a frenar, pero pienso en eso y siento la presión. Te podes ir por la puerta grande y no hacer nada más o… bueno, “la puerta grande” ¿de qué? Ahí se ve de qué madera estamos hechos.

HERMES GAIDO.

¿Hay una moda en esto?

Hermes: Sí, pero yo no lo llamaría moda. En realidad, es una crisis que está sucediendo, una crisis creativa. Ciertos paradigmas del teatro y la danza se empiezan a romper, entonces estos dos lenguajes quedan pidiendo una soga. A la música le pasa lo mismo. Es un una crisis cultural que en definitiva es una oportunidad para volver al principio, donde todo estaba mezclado, era ritual. Obviamente que estamos en un mercado y nunca va a ser lo mismo pero, bueno, se acercaron un poco esas cosas. Es una moda si a eso se le puede llamar moda, pero no está forzado el tema. Alguien puede decir: “Esto es lo mismo que Chaplin y no tiene nada de nuevo”. En realidad, lo que tiene de nuevo es hacer lo que a uno le parece sin la necesidad de estar autorizado desde un lugar. En el estreno de Un Poyo, tenía mucho miedo de que la gente piense que le estábamos tomando el pelo por hacer algo tan simple, pero, bueno, al final no pasó eso. Esa honestidad fue bien recibida. 

¿Dónde está el deseo hoy?

Hermes: Seguir viendo qué sale de todo esto. Todos estos vínculos que generamos y de los que nos rodeamos se transformaron en algo que se parece más a una familia que a otra cosa. Así es. El deseo está acá. Después, lo que se haga o no se haga… podrían ser unas pizzas en la playa u obras de teatro en París. Es lo mismo.

Texto y fotografías: Timbó.

Ig: Un Poyo Rojo (Argentina) / Un Poyo Rojo Tour (giras)

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