Coseché unos limones del árbol frente al arroyo. En la punta de una rama había uno gigante, amarillo. Era bastante deforme, poroso, arrugado, con granos. Su belleza era su rareza. Coseché unos diez, la mayoría los puse adentro de la canoa. Pero ese me lo llevé en la mano, como pude. Remé, con el limón en la mano como pude. Crucé la costa, amarré la canoa, y me senté en el muelle a mirarlo. Tenía muchos poros, algunos negros que seguramente guardaban el barrito de la marea, algo de la tierrita que vuela todo el día en este aire, el que respiro. Lo coseché de la punta de una rama, el viento lo deformó bastante, eso es de cítrico del delta. No tenía muchas excusas para abrirlo, la verdad. El resto de los limones los guardé, pero me daban unas tremendas ganas de investigarlo, lo quería hacer. Lo iba a hacer. Me lo llevé a la mesa de cemento que está entre las cañas. Traté de hacer rodar el limón, pero no podía hacer más de diez centímetros derecho ese limón. Caía para un lado, caía para el otro. Alguno de sus increíbles granos que se le habían formado lo tiraba para un lado o para el otro. El movimiento era absolutamente caprichoso en cada intento, arbitrario y hermosamente armónico. Lo paré después, con la puntita hacia arriba, hacia al sol. Me acosté a mirarlo de frente, a imaginarlo por dentro. Detrás de ese amarillo, por momentos opaco, había un cuero gigante, tan tan grueso. Tan blanco como la luna. Una corteza robusta que protegía la pulpa, el corazón pequeño y frágil que latía. Después de unos minutos, tal vez horas, lo mordí. Le entré al limón con cáscara, con corteza, con barro, con semilla, con jugo, con luna, con río, con la fibra, con la punta del árbol de la casa de algún vecinx. Lo mordí. Y lloré, lloré muchísimo. Me acordé de una apuesta con mi viejo. La consigna era chupar un limón entero sin agrietar el rostro. Gané. Me encanta el limón. Y desde ese día más porque con la plata que gané me fui de joda. Lo mordí, y lloré de emoción, de tristeza, de amor, de alegría. Lo mastiqué primero con los dientes, después con las muelas. Era dulce, un limón dulce. Hicimos el amor con el limón. De tanta corteza, el dulce de las heladas. Ese limón, del árbol de enfrente del arroyo, deforme. Ese limón, oscuro y brillante. Ese limón de pulpa jugosa, que de su gran tamaño esconde una tímida capa líquida. Ese limón medio luna, medio limón, me lo comí solo, sentadito sobre la mesa mirando el río. Llorando por nada, y por todo. Un perro me chupó la cara, y otro se acostó debajo de la mesa. Los pedacitos de cáscara los fui escupiendo sobre el albardón, las semillas al río para que se lo lleve el agua a no sé dónde. Lo saboreé con el paladar. Amargo y dulce. ¿Quién dijo que los limones no se comen con cáscara? Si son como nosotros, como el río. Un misterio que siempre se nos escapa.

Me paso la lengua por los labios.

Texto: Tito Dall’Occhio / Ilustración: Emiliana_cienfuegos.

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